La irrelevancia de la ideología política

Vengo de una familia religiosa ortodoxa, de una comunidad ortodoxa donde diferenciábamos al mundo entre pecadores y no-pecadores. Claro que la exclusión del otro era, en realidad, una forma de lograr cohesión interna por falta de cuestiones propositivas, después de todo, todos éramos pecadores en algún punto pero resultaba mucho más eficiente enfocarnos en la paja en el ojo ajeno. Salvo que alguien de la comunidad nos hiciese algo que nos molestara, en cuyo caso algún pastor o algún otro interlocutor válido lo dejaba en descrédito y el resto de la manada nos lo comíamos. Así se mantuvo la ideología de mi comunidad muchos años, repeliendo gente para consolidarse, como en la película «La Aldea«.

Alguna vez pregunté para qué era que hacíamos todo lo que hacíamos. O sea, la finalidad detrás de esa cosa llamada fé. A parte de amar a Dios por sobre todas las cosas, había un mandato concreto, terrenal, orientado a los otros: «amar a tu prójimo como a ti mismo». Esto, claramente, no es un mandato matemático porque esto sería técnicamente imposible. Esto responde a una vocación, a una tendencia, a un ánimo, a una intención. Empieza por un acto de humildad de aceptar la propia posibilidad de falla.

Casualmente el maestro más grande que tuvimos los liberales en términos epistemológicos fue, a mi entender, Popper (más allá de la posterior evolución de sus postulados y de la obra de su discípulo Fayerabend). Popper sostuvo un modelo epistemológico que se centraba en el principio de la eterna duda, de la transitoriedad de las premisas, de la humildad cognitiva. Porque precisamente esta humildad es la que nos evita de tomar juicios taxativos, absolutos, sobre los otros. Hasta la Biblia, libro dogmático si los hay, pone un par de válvulas de escape:

Romanos 2:14-16

2:14 Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos,
2:15 mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos,
2:16 en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

El mensaje siempre fue «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat 28:19). O sea, hasta el más rígido de los libros nos enseñó a abordar al otro con una actitud docente, de escucha, de diálogo.

Pero existen también quienes los interpretaron a una verdad como la negación del otro. Perdiendo de vista la humildad popperiana, el principio de la eterna duda, recurrieron a las inquisiciones. A juzgar en la Tierra a lo que correspondía a nuestro Señor en lo alto.

Entendamos la cuestión religiosa como una simple alegoría. La ideología es intrascendente. Lo único que finalmente trasciende son las obras (Mateo 7.16: Por los frutos los conoceréis. Lo cual excede la mera acción directa, el fruto tiene una relación mediata con quien lo siembra). Y la gente no interpreta con la misma vara que uno. Desde esta perspectiva, las ideologías que inspiran a las acciones son anecdóticas, sirven cuanto mucho para entender como va a razonar determinada persona pero no ofrece una garantía unívoca del resultado esperable (salvo que sea un dogma cerrado con puros preceptos objetivos o rituales).

Así, alguien que se llama a si mismo socialista puede hacer cosas que tiendan a crear una sociedad abierta. Y alguien que se inspira en el liberalismo como doctrina puede terminar esclavizando un pueblo. Evidentemente, el resultado es muy distinto a lo que inspire a cada uno. Entonces, la ideología es irrelevante. Es sólo un input más en la compleja maquinaria que opera en nuestras cabezas y en nuestros corazones. Pero ojo, hay una trampa final. Para poder juzgar a alguien tiene que haber frutos, cosas. De hecho, las ideologías son intrascendentes en tanto no se transfieren con las acciones. Comunicar y hacer son dos dimensiones completamente diferentes, complementarias, pero diferentes.

Quien se centre únicamente en la acción tendrá la ventaja de tener comida, pero no siembra nada sustentable. Siembra en el campo de su vecino, quien luego cosechará sus frutos.

Quien se centre en la comunicación solamente, es como quien escribe libros sobre cultivar plantas sin nunca haberse embarrado.

La política se construye combinando acciones con comunicación. El que habla sin hacer es un chanta y al que sólo hace lo madruga alguien que comunique mejor.

Decir y hacer.

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