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Actualidad Política

Repensando a los Estados Fallidos

 

 

   “Acting on your best behaviour,

Turn your back on mother nature

Everybody wants to rule the world”

Tears for Fears, del album “Songs from the big chair”

La razón impera, la inteligencia resiste. Este fue el título con el que bauticé, tiempo atrás, a mi primer artículo académico. En él intenté, no con mucho éxito, llamar la atención de mis colegas sobre la necesidad de repensar el paradigma racionalista que reinaba en nuestro campo -las Relaciones Internacionales-, intentado no abandonarlo definitivamente, sino compensarlo en una perspectiva interdisciplinaria con los aportes de otras escuelas de pensamiento, que se encontraban mucho más avanzadas -y concientes- en el estudio de sus limitaciones. Tal vez debido a mi falta de esfuerzo, tal vez debido a la intrínseca característica de todo paradigma, el intento fue vano.

Y es que todo paradigma imperante posee una “virtud” intrínseca que lo protege y es la de encontrarse tan enraizado en el sentido común que no siempre es percibido, ni mucho menos puesto en consideración, al menos hasta que el mismo comienza a fallar internamente.

Muchos podrán decirme en este punto, que nada de novedoso puede llegar a tener intentar una crítica a la Razón. De algún modo, claro está, uno de los pilares fundamentales del posmodernismo es justamente esa crítica. Pero la pregunta es, ¿cuan exitosos han sido esos embates hasta el momento? ¿Lo suficiente, acaso, como para abandonarlos por completo? Considero que no. Por el contrario, quizá sean hoy más necesarios que nunca.

Intentar comprender qué implica la Razón para el mundo moderno -o posmoderno-, excede las posibilidades de este artículo. La existencia de un paradigma entraña, necesariamente, a su vez, la existencia de infinitas ramificaciones de desarrollos teóricos, hipótesis, comportamientos, instituciones y hasta sentimientos, que se derivan del mismo.

Simplemente digamos que el racionalismo iluminista intentó alcanzar una emancipación intelectual y ética frente al oprobio impuesto por los dogmas que asidos del imperium coercitivo, dominaban el escenario político y social, en la baja edad media. En palabras de Immanuel Kant, uno de los teóricos más sobresalientes de este movimiento:

La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración […]”[1]

Los resultados de ese intento son múltiples e inabarcables, pero basta con decir que, si las Repúblicas Democráticas modernas, el imperio del Derecho Positivo, la Ciencia como método de búsqueda de la verdad, etc, son hoy parte de nuestro sentido común, se debe, en gran parte, a la victoria de ese movimiento racionalista.

Dejemos para otra ocasión la pregunta de si realmente hemos alcanzado la emancipación propugnada por Kant, conjuntamente con estos logros. Más bien comencemos ahora a plantear el interrogante que nos llevarán luego a una más prudente consideración del tema de los estados fallidos: ¿la razón tiene límites?

Me animaría a decir que en los últimos dos siglos la respuesta a esta pregunta fue un rotundo, no. Claro que la Crítica a la Razón Pura de Kant, definió un límite al uso de la Razón. Y ese límite fue fundamental en muchos sentidos. Sin embargo, fue una crítica orientada a dar por tierra con los aspectos metafísicos que existían en el campo filosófico. De algún modo, fue un intento de secularización de la filosofía; intento que -sumado a otros infinitos procesos sociales en ciernes-, coadyuvó a la secularización del terreno político y al alumbramiento de una nueva fe: la Ciencia.

A partir de la Ciencia, el iluminismo creyó encontrar una herramienta certera en su búsqueda por la verdad. Y en este sentido, desde entonces, la Razón ya no tuvo límites.

Ciencia y Razón, Razón y Ciencia, han sido socios que se han fortalecido mutuamente. Decirlo, a esta altura, es un lugar común que no hace menos que corroborar lo dicho sobre los paradigmas al inicio de estas líneas. Pero también decíamos en ese comienzo que los paradigmas imperantes rara vez son puestos bajo la lupa, hasta el momento en que comienzan a fallar internamente. Y, para sorpresa de muchos, esto es precisamente lo que sucedió, paradójicamente, en el seno del campo científico más ortodoxo, como es el dedicado al estudio de la física.

Desde Newton en adelante, los científicos rara vez dudaron de la posibilidad de predecir con certeza el resultado de la interacción de causas y efectos. Cuando este objetivo no se alcanzaba, simplemente se conjeturaba que hacían falta nuevos modelos teóricos, u herramientas más fiables para la recolección de datos. Pronto esta creencia se volvió el estándar a partir del cual definir qué podía ser llamado ciencia  y qué no. Las ciencias sociales, para el ala más indulgente, solo eran ciencias blandas debido a su falta de madurez, mientras que para otros, mucho más intransigentes, debido a esto, siquiera podían llegar a ser ciencias.

Sin embargo, hace algunos años atrás, se comenzó a dudar sobre la fe ciega que existía con respecto a la predicción de los fenómenos físicos. Pronto nació de este modo, un nuevo campo científico orientado a lo que dio en llamarse fenómenos complejos. Digamos simplemente que la característica principal de éste tipo de fenómenos -directamente relacionados con la ya hollywoodense Teoría del Caos-, es la interacción recurrente de una gran cantidad de variables -y aquí viene lo importante para nuestro artículo-, simultáneamente con la incapacidad de afirmar con certeza el desenvolvimiento causal de esa interacción.

En otras palabras: la ciencia comenzaba a admitir que por más que funcionasen los modelos teóricos, y por más que se tuviesen los datos necesarios para completar esos modelos, el resultado final estaría teñido de incertidumbre. Dejemos esto aquí para retomarlo luego.

Antes de proseguir, y ya entrando directamente en el tema que nos convoca, es necesario que descubramos un tercer participe en la sociedad entre Razón y Ciencia: El Estado.

El Estado secular fue uno de los tantos subproductos del iluminismo racionalista, y así como en la antigüedad Estado y Fe estuvieron unidos por lazos de hierro, habiendo sido reemplazada en el paradigma predominante la Fe por la Razón, Estado y Ciencia se convierten en socios inseparables.

¿Y en qué se manifiesta esta sociedad entre Estado y Ciencia? Entre cientos de otros factores, en la misma creencia científica ortodoxa de que la interacción de causas y efectos puede ser prevista y manipulada con eficacia; en otras palabras: en la planificación, como método y herramienta de gobierno.

Que el Estado planifique crecientes aspectos de la Sociedad, también, como mucho de lo ya mencionado anteriormente, forma parte de nuestro sentido común. La intervención estatal ha ido mucho más lejos de la regulación económica para entrar en terrenos tan escabrosos como los referentes a hábitos de consumos, tendencias sexuales, decisiones de procreación, imposición de lenguajes, reubicaciones masivas, etc.

La crítica a esta planificación estatal suele ser encarada, de manera predominante desde consideraciones éticas y desde consideraciones utilitaristas. Desde ya que no descarto ninguna de las anteriores pero voy a intentar una tercera a la que llamaré, epistemológica. Y lo hago de este modo, porque considero que la única manera de rebatir efectivamente un paradigma, es discutiéndolo desde su propio horizonte de precognición.

Desde esta perspectiva espitemológica, entonces, y teniendo en cuenta lo referido anteriormente sobre fenómenos complejos: la planificación social no es posible.

Difícilmente haya alguien mejor calificado para hacer esta demostración que el premio Nóbel de economía, Friedrich A. Von Hayek. Teniendo en cuenta la brevedad de este compendio de ideas, digamos sencillamente que Hayek diferencia entre Órdenes Deliberados y Órdenes Espontáneos.

Los primeros están asociados a la planificación, y son posibles cuando las variables intervinientes son pocas -ejemplo: una familia que intenta predecir sus gastos de aquí a algunos meses-; los segundos son órdenes que se dan como resultado de la interacción de una multiplicidad de variables; es el caso de los ya nombrados, fenómenos complejos. Paradigmáticamente, la Sociedad es un fenómeno de este tipo. En las propias palabras de Hayek:

[…] los eventos individuales dependen de tantas circunstancias concretas que nunca estaremos, de hecho, en una posición tal de identificarlos a todos ellos; y que, en consecuencia, no sólo el ideal de predicción y control debe permanecer en gran parte fuera de nuestro alcance, sino que también permanece ilusoria la esperanza de poder descubrir mediante la observación conexiones regulares entre los eventos individuales. El verdadero aporte que provee la teoría, por ejemplo, que casi cualquier evento en el transcurso de la vida de un hombre puede tener algún efecto sobre casi cualesquiera de sus acciones futuras, hace imposible que transformemos nuestro conocimiento teórico en predicciones de eventos específicos.[2]

Hayek señala como resultado del Orden Espontáneo a varias de las principales características humanas, tales como el lenguaje, el comercio, cierto orden jurídico como el common law anglosajón y, también, a las principales instituciones políticas en las que nos hayamos inmersos, como las Republicas Democráticas, por ejemplo.

Estas instituciones, para Hayek, son el resultado del Orden Espontáneo y, por ende, de la evolución lenta y paulatina del desenvolvimiento de la acción humana, a lo largo del tiempo.

¿Y qué nos dice todo esto sobre los estados fallidos? En primer lugar, que es necesario notar que la denominación de estado fallido puede resultar arbitraria. Que para los principales Estados del Sistema Internacional, ciertas características de soberanía sean un hecho dado no implica necesariamente que deban serlo para los demás.

De hecho podría argumentarse del mismo modo que lo hace Stephen Krasner[3], que la Soberanía Legal Internacional (aquellas prácticas relacionadas con el reconocimiento mutuo usualmente entre entidades que gozan de independencia jurídica formal); que la Soberanía Westfaliana (las organizaciones políticas basadas en la exclusión de actores externos en las estructuras de autoridad de un territorio dado); que la Soberanía Interna (para la organización formal de la autoridad política dentro del Estado y el control efectivo dentro de las fronteras); y que la Soberanía Interdependiente (la capacidad de las autoridades de regular el flujo de informaciones, bienes y personas a través de las fronteras del Estado), han sido en su sentido estricto más la excepción que la regla, a lo largo del tiempo; aún para las potencias imperantes.

En segundo lugar, todas estas consideraciones vertidas anteriormente llevan implícitas un llamado a la prudencia, puesto que el hecho de que los supuestos estados no fallidos estén dotados de cierta evolución institucional, producto de la acción de sus sociedades a lo largo del tiempo, no significa que las mismas deban ser universales, y, sobretodo, de allí no se deduce que éstas puedan ser exportadas acríticamente.

Y aquí es donde reside mi principal crítica a la usual aproximación al problema de los estados fallidos: en la falacia del constructivismo. Es también Hayek el encargado de señalar esta tendencia, que se desprende necesariamente del modelo científico ortodoxo que denunciábamos anteriormente y que se cuela subrepticiamente en el modelo usual de acción estatal.

El constructivismo, partiendo de la pretensión de la posibilidad del cálculo eficiente de fines y medios, intenta solucionar el problema de los estados fallidos (si es que asumimos que estos puedan ser considerados de este modo), a través de políticas orientadas a la planificación y a la construcción de instituciones y prácticas político/sociales que se suponen faltantes.

Como antes, la crítica a esto puede ser ética o utilitarista, pero también ahora, epistemológica: este tipo de construcción es imposible e insustentable en el largo plazo.

Allí donde las sociedades civiles no se encuentren preparadas para cierto tipo de institución (en el sentido amplio del término), su imposición -en algunos tristes casos incluso por la fuerza-, no tendrá más resultado que el obvio rechazo; rechazo que las más de las veces, no hacen menos que retrasar la natural evolución de procesos que, si así fuera el caso, pudiesen derivar en esas mismas instituciones que pretenden construrirse o, claro está, en otras diferentes.

Y esto nos deja frente a un interrogante obvio: ¿entonces no hacer nada? Antes de contestar a esta pregunta, vale decir, que toda solución parte de un buen diagnóstico. Estas líneas no tuvieron más sentido que el de señalar, justamente, que muchas de las aproximaciones al problema de los así llamados estados fallidos, se hacen desde consideraciones equivocadas sobre la evolución de los procesos sociales y sobre las posibilidades de acción sobre estos procesos.

Y, quizá esta crítica sea hoy más necesaria que nunca, como adelantábamos en un principio, puesto que nos hallamos inmersos en un escenario internacional en el que predomina una única potencia con la capacidad de imponer su voluntad sobre enormes áreas del globo; poder que sin lugar a dudas, suele inclinar mucho más a quienes lo detentan hacia la falacia de poder construir y modelar el mundo según sus consideraciones éticas y morales y, por supuesto, según sus intereses.

Ahora sí, para finalizar, señalemos una serie de consideraciones a tener en cuenta, al contestar  a la pregunta sobre qué puede hacerse, para colaborar con los denominados, estados fallidos:

  1. Principio de Libertad: el respeto por el libre albedrío de los individuos y de las naciones que estos componen, debe ser el principio rector a partir del cual comenzar a pensar cualquier tipo de colaboración ante la existencia de dificultades, como las comúnmente encontradas en los llamados estados fallidos.
    1. Respetar el principio de no injerencia en los asuntos internos de las naciones: esta debería ser la directiva primaria frente a cualquier problema que se suscitase. Allí donde no se desee la intervención, esta no debiera acontecer.
      1. Considerar como solicitante válido de esa intervención, no solo a los representantes del estado en cuestión, sino también a la sociedad civil que se encuentre amenazada por la posibilidad de acciones genocidas o de exterminio. El principio rector debiera ser el de justa causa probada.
    2. Colaborar con procesos internos preexistentes: allí donde se haya solicitado intervención, intentar colaborar y fortalecer los procesos sociales que ya se encuentren en el terreno en cuestión. Ejemplo: si la sociedad que solicita la intervención ha manifestado su deseo de seguir la vía democrática de gobierno, colaborar en el proceso electivo, con recursos técnicos o humanos.
      1. Manteniendo como principio guía el enunciado en el punto I, no se debiera bajo ningún efecto, presionar mediante la ayuda que se brinda para que un proceso social en ciernes, tenga el resultado deseado que el interviniente se viera tentado de imprimirle.
    3. Buscar la salida más próxima: en todos los casos de intervención, se debiera buscar el fortalecimiento de aquellos grupos de la sociedad civil capaces de reencausar, dentro sus propios parámetros, el orden y la seguridad de sus conciudadanos, evitando la permanencia de las fuerzas interventoras en el tiempo. El prolongamiento de esta permanencia, no hace menos que evitar la natural evolución de los procesos sociales que podrían conllevar, si este fuera el caso, a una solución al problema originario.
    4. Recordar nuestras limitaciones: teniendo en cuenta todo lo expresado en este artículo, debiera considerarse que no todos los problemas tienen solución. Todo hecho social, como enunciaba Ferguson, es el resultado de la acción humana, sí, pero no del designio humano. En esta diferenciación se encuentra implícito un principio de limitación ontológico a los intentos de soluciones definitivas.

Buenos Aires, 11 de Abril de 2007

Título original: “SOBRE LOS LÍMITES A LA RAZÓN: una aproximación prudente al problema de los así llamados estados fallidos”

Mauricio  A.  M.  Vázquez
Título de Honor en Ciencia Política (UBA)

Magister en Ciencias del Estado (UCEMA)

Maestrando en Políticas Públicas (UTDT)

[1] Immanuel Kant. “Qué es la ilustración”.

[2] Friedrich A. Von Hayek “The Theory of Complex Phenomena”.

[3] Stephen Krasner, “Soberanía, hipocresía organizada”

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La razón del Estado. Respuesta a Javier Milei

El jueves 17 de enero, como todas mis mañanas, ingreso a la web del diario El Cronista, y en sus primeras líneas había una nota, escrita por Javier Milei, cuyo título llamó mi atención y decidí leer.

Antes de comenzar a explayar esta respuesta, es importante aclarar que quien escribe es un gran admirador de Milei, porque gracias a él y a otros economistas más, en los últimos tiempos la sociedad argentina viene despertando y dándose cuenta de que el gran problema de Argentina es el tamaño del Estado, y que gran parte de la sociedad vive para sostener no sólo a otra parte de la sociedad (por medio de subsidios y planes sociales), sino también a una élite (aunque no me gusta usar esa palabra) política parasitaria, que vive de los impuestos de los demás y que (lamentablemente) no tiene idea alguna sobre cómo manejar la economía del país, como así tampoco se decide a hacer cambios radicales para asegurar el crecimiento sostenido de nuestra economía, ya que esos cambios radicales constarían de atentar contra sus propios intereses (por ejemplo, eliminando cargos políticos, bajando la cantidad de asesores, eficientizando el funcionamiento del Estado, transparentando la política). En ese sentido, agradezco a Javier Milei el hecho de que ilumine a muchas personas, y (hablando en términos platónicos) los haga salir de “la caverna” y ver la realidad (que todo lo que el Estado gasta, lo pagamos los ciudadanos que trabajamos en blanco).

La nota mencionada se titulaba Sobre la naturaleza del Estado, y en ella, el autor utiliza como sustento lo escrito por varios autores, conduciendo luego la estructura de su escrito hacia una opinión totalmente personal, que es la de que el Estado es el enemigo del individuo. Y es por esta conclusión que este humilde servidor ha decidido realizar una respuesta a la nota, y (si se quiere) iniciar un debate, ya que del debate formal y respetuoso es de donde se obtienen las buenas conclusiones e ideas.

Vayamos al quid de la cuestión. Javier Milei titula a su nota Sobre la naturaleza del Estado, pero no explica la naturaleza del Estado. Es decir, el autor no responde al porqué del nacimiento del Estado, sino que trata, por argumentos que son posteriores a la creación del Estado, de decirle al lector que el Estado nace única y solamente para robar, y que por lo tanto es “nuestro enemigo” (de los individuos). Por lo tanto, y al utilizar argumentos que cronológicamente no tienen conexión lógica con una proposición, la proposición final (el Estado es nuestro enemigo porque nace para robarle al individuo) se anula por sí misma.

¿Cuál es el argumento de Milei? Utilizando a Franz Oppenheimer, informa que solo hay dos medios para obtener riqueza: los “medios económicos” (crear la riqueza por medio de la producción y el intercambio comercial) y los “medios políticos” (captura de bienes o servicios de otros por medio de la fuerza o la violencia –a lo cual podría agregarse que no sólo se puede capturar el bien o servicio, sino la riqueza generada por ello-). Según Milei, este es un acto de confiscación unilateral o robo de la propiedad de otro.

Como el Estado no produce bienes o servicios (y por lo tanto no genera riquezas), la forma de obtener riquezas del Estado es la de los “medios políticos”. Así, y como para todo libertario el Estado es un aparato que roba, Milei propone que el Estado nace para robar.

Es posible ver, entonces, que el argumento de Milei no es sostenible porque sencillamente no explica la causa del nacimiento del Estado. No explica el porqué. Milei dice que el Estado no genera riquezas (con toda la razón del mundo), sino que las confisca, las roba. Y afirma que como las roba, nace solamente con esa finalidad. Así, es posible ver que, efectivamente, no explica cómo nace el Estado. No explica la finalidad que tiene el Estado. El autor toma una concepción posterior (la herramienta para el financiamiento del Estado, que son los impuestos) para explicar un hecho anterior (nacimiento del Estado). Así, su argumento se cae.

En uno de los párrafos de la nota, el autor afirma que “…el Estado nunca ha sido creado mediante ´contrato social´ alguno y siempre ha nacido mediante la conquista y la explotación”. Allí, nuevamente habla sobre la creación del Estado (bajo una concepción libertaria), pero no trata el porqué de su creación.

Ahora bien, para descifrar la naturaleza del Estado, hay que remontarse a los autores clásicos, que también cita Milei en su artículo. Los autores a los que aquí se hace referencia son J.J. Rousseau y J. Locke. Ellos son, si se quiere, los padres de la izquierda y la derecha.

Por un lado, Rousseau (en El Contrato Social) sostiene que el hombre es libre y bueno por naturaleza, y que las instituciones creadas luego del pacto social lo restringen y lo hacen malo, lo incivilizan, lo corrompen. Esta comunidad epistémica sostiene que la riqueza es una, y que unos privilegiados roban y se quedan con mucho, y así generan pobreza, y que el Estado es la creación de esos privilegiados para mantener el poder sobre los pobres. El Estado, para Rousseau, es una estructura de poder que se debe “desenmascarar”, y considera que la propiedad es el origen de la desigualdad, y que esa desigualdad es una igualdad rota (o sea, iguales en el estado de naturaleza, desiguales una vez creado el Estado). Para Rousseau, el primer contrato (que crea el Estado) es antisocial, ya que sirve para robar. Luego existe un segundo contrato, el contrato social, donde los ciudadanos enajenan sus derechos hacia la Asamblea. El contrato social es dar todo, de todos, a la comunidad.

Por otro lado, Locke (en Tratados sobre el Gobierno Civil, que incluye algunos ensayos anteriores del mismo autor), considera que el hombre, en estado de naturaleza, es un ser malvado que se aprovecha de su superioridad con respecto a otros hombres (por posesión de riquezas superiores, de fuerza, de inteligencia, u otras características). El estado de naturaleza es malo, es un estado de guerra, donde unos contra otros luchan por los recursos. Entonces, el Estado se crea para asegurar una convivencia pacífica. Es decir, los hombres, de común acuerdo, crean el Estado para darse a sí mismos seguridad jurídica y seguridad personal. Se construye el Estado entre todos, por el bien de todos. Así, Locke propone también la división de poderes del Estado para que el Estado no oprima (ya que, como se le da todo el poder de policía, podría ejercerlo arbitrariamente contra sus súbditos –los ciudadanos-). Así, el Estado se crea para civilizar a la gente, salir del estado de guerra, siendo la vida mucho mejor con leyes, no sin ellas. De esta manera, todos los ciudadanos son iguales ante la ley, y las desigualdades (económicas o de cualquier otro tipo) son igualdades pendientes de ser creadas. El Estado, las instituciones, están para crear igualdad y oportunidades. El poder se crea para asegurar derechos y libertades.

Si se trata de mantenerse en el plano teórico, así surge el Estado. En el plano práctico, el Estado (organizado como tal) no existía hasta 1648, con la finalización de la Guerra de los 30 años y la firma de la Paz de Westfalia. Para ver sobre el nacimiento del Estado, se invita a visitar el blog Nada es gratis en la vida, blog personal de este autor y que, en su primer escrito, habla sobre el nacimiento del Estado. El Estado nace formalmente para asegurar la supervivencia de la gente.

Anteriormente, por esos años mencionados, la normalidad en las relaciones internacionales era la guerra y, por lo tanto, los diferentes territorios tenían que defenderse ante ataques externos. Para ello, los Reyes (en aquellos momentos) solicitaban el pago de impuestos a los señores feudales, con la finalidad de financiar ejércitos que permitieran defenderse ante ataques externos y, así, proteger sus tierras, cosechas, y a su población. De esta manera nace el Estado, para dar seguridad. Además, y con el paso del tiempo, el Estado también comenzó a centrarse no solo en la seguridad personal y física, sino en la seguridad jurídica, con la creación de leyes que gestionen las relaciones sociales, y con jueces que diriman los conflictos que podían surgir.

Así surge el Estado, y para eso está el Estado. El Estado no nace para robar, como afirma Milei, sino que nace para proteger. Proteger a las personas de sí mismas. Nace para civilizar a la sociedad, para establecer parámetros de buena convivencia y para que, al fin y al cabo, no se maten unos a otros por obtener un recurso o un bien. El Estado no es nuestro enemigo, como dice Milei. El Estado es el protector de libertades y derechos.

Ahora bien, que en Argentina (y en muchos otros países) los políticos (que son quienes manejan el Estado) sean personas que buscan más su interés personal por sobre el de la ciudadanía, que sean tremendamente corruptos, que se protejan a sí mismos y se genere una casta o élite política que utiliza recursos estatales (o sea, de todos los ciudadanos) para perpetuarse en el poder y seguir viviendo a costa de los demás, es otra cosa. Sí, muchos políticos argentinos son parásitos. Sí, muchos políticos argentinos son corruptos. Sí, un Estado sobredimensionado limita las capacidades productivas del país y desincentiva la inversión. Sí, en Argentina se ahoga con impuestos a la sociedad y a las empresas. Sí, tenemos una justicia muy corrupta y que se inmiscuye en cuestiones económicas sin conocimientos. Sí, el nivel intelectual de nuestros legisladores es paupérrimo. Pero todo eso no quita que el Estado fue diseñado para protegernos. El Estado no es nuestro enemigo, el Estado es una herramienta necesaria.

Si queremos cambiar el país, se deben hacer muchos cambios radicales. Y el cambio que más costará es el cultural. El cambio que lleve a la sociedad a entender que si uno no trabaja, no produce, y por lo tanto no tiene derecho a pedir beneficio alguno. No se puede castigar a unos para sostener a otros por el simple pensamiento (no hecho) de que es “moralmente bueno”. El cambio que debemos hacer es el de mentalidad. Es menester abandonar la mentalidad becaria (pensar en vivir becados, o sea, sostenidos por otro) y empezar a hacerse responsable de su propia vida. Así, nuestro país tendrá un gran potencial. Sino, estará condenado al fracaso.

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Publicidad oficial: Macri bajó 70% el gasto

La baja en los gastos de publicidad oficial, permitirá redireccionar dinero

El Gobierno bajó un 70% el gasto en publicidad oficial durante 2018, respecto a la gestión anterior. Es que pagó $ 1.964 millones para difundir avisos en los medios de comunicación; frente a los $ 2.598 millones de 2015, último año del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, que equivalen a $ 6.718 millones de ahora, por la inflación que hubo en este período.

Los datos surgen de los informes sobre gastos en publicidad oficial, de la Secretaría de Comunicación Pública de Jefatura de Gabinete. Allí se ve que incluso bajó un 25% el gasto de 2018 respecto al año anterior, cuando se gastaron $ 2.594 millones. Eso sin contar la inflación, ni la devaluación del peso con respecto al dólar, que permitió que la reducción en el gasto fuera mucho mayor.

Desde que asumió el Gobierno se propuso una reducción drástica de los gastos en publicidad oficial, porque considera que esa era una herramienta que usaba el anterior gobierno como parte del aparato de propaganda kirchnerista, que se usaba para premiar a los medios alineados con el “relato” y castigar a los que eran críticos de la gestión oficial. Por eso, durante los doce años de gobiernos K los gastos en publicidad oficial aumentaron un 5.616%.

En esa época había medios que tenían más del 90 % de sus ingresos provenientes de la publicidad oficial, que cambiaron de manos tras la llegada de Macri al Gobierno, como el diario Página/12, que se vendió al Grupo Octubre, del presidente del PJ porteño, Víctor Santa María; y la cadena de noticias CN23, que Sergio Szpolski transfirió al Grupo Indalo, de los detenidos empresarios kirchneristas Cristóbal López y Fabián de Sousa.

La reducción de la publicidad oficial forma parte de una política de “agenda ampliada de libertad de expresión”, dijeron fuentes del Gobierno, que también incluye la realización de conferencias de prensa, la sanción de la ley de acceso a la información pública y el “fin de la guerra del Estado contra el periodismo”, como dijo el jefe de Gabinete Marcos Peña, cuando anunció la modificación de la ley de medios audiovisuales.

Además, se eliminaron las publicidades del Gobierno en las propagandas de los partidos de fútbol, que hasta 2015 eran las únicas que se emitían en esas tandas y no figuraban como gastos en publicidad oficial. En el mismo sentido, fuentes del Gobierno destacaron la finalización de los canjes de publicidad oficial por deudas impositivas, que usó indiscriminadamente la gestión de Cristina Kirchner y que ahora sólo se implementan con los canjes realizados hasta marzo de 2016.

De hecho, en el informe de la Secretaría de Comunicación Pública sobre gastos en publicidad oficial de 2018, todavía figuran $ 286 millones de canjes que corresponden a esa etapa y, por eso, no se contabilizan como pagos correspondientes a 2018 del Gobierno nacional.

De todos modos, en estos años hubo criterios divergentes en la distribución de la publicidad oficial, especialmente en 2017, cuando hubo medios K que tuvieron una pronunciada merma en sus ingresos por avisos del Gobierno, una baja que se corrigió en 2018. Por eso, pese a la caída en el gasto, que impactó de manera similar en la mayor parte de los medios, C5N quintuplicó y Página/12 duplicó sus ingresos durante 2018, respecto al año anterior.

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Campillo buscará que la Cámara Federal le otorgue la libertad

Campillo busca su libertad

Juan Manuel Campillo, el ex ministro de Hacienda de Santa Cruz que reveló que el secretario de Cristina Kirchner le dio 200 mil euros por sus gestiones en Estados Unidos para lavar dinero de Daniel Muñoz, busca ahora que la Cámara Federal sea la que lo libere.

Es porque el juez Claudio Bonadio homologó su acuerdo como arrepentido, pero no le dio la libertad. Su defensa apeló hoy al sostener que su encierro preventivo “carece de necesidad, razonabilidad y proporcionalidad” después de haber logrado convertirse en “imputado-colaborador”. Incluso, se resaltó que el aporte de Campillo permitió un avance en la causa con una nueva detención y que no existe riesgo de fuga o entorpecimiento a la investigación.

El defensor oficial Gustavo Kollman aseguró que “sostener el encierro preventivo de Juan Manuel Campillo se presenta irrazonable y termina por desnaturalizar la medida cautelar transformándola en una pena anticipada” y advirtió que Bonadio “ha desatendido abiertamente la opinión del señor Fiscal vertida en el marco de la presente incidencia, generando así una intromisión excesiva”.

“Debo decir que parece absurdo considerar que un individuo, en el caso mi defendido, que solicita acogerse al régimen de imputado colaborador, celebra un acuerdo con el Fiscal con todas las garantías y obligaciones que le impone la ley, que es formalmente tenido en tal carácter a partir de la homologación judicial de dicho pacto, pretenda entorpecer la investigación. Cabe preguntarse: ¿colabora o entorpece?”, sostuvo la defensa.

Incluso, la defensa se quejó de que “llama la atención que se considere que persisten los riesgos procesales de un individuo que voluntariamente aportó elementos de interés para la pesquisa que V.S. dirige”, y dio a entender que fueron los aportes de Campillo los que llevaron a la detención de Isidro Bounine, el ex secretario de Cristina Kirchner, el miércoles pasado, en simultáneo con la homologación de su acuerdo como imputado-colaborador.

Ya es de público conocimiento que la presente investigación ha mostrado un avance sorpresivo incluso para quienes la llevan adelante, y los aportes novedosos realizados en primer término por mi pupilo -sumados seguramente a otros indicios concordantes- llevaron a su señoría. A decidir al menos la imputación y detención de una persona cuya participación en los hechos era absolutamente desconocida”, se añadió.

Sin resolver aún la situación procesal de Campillo y del resto de los involucrados en el capítulo sobre los más de USD 70 millones que Daniel Muñoz y su entorno sacó a Estados Unidos, el juez rechazó la excarcelación del ex ministro de Hacienda de Santa Cruz por entender que no tenía arraigo y que se lo había encontrado en el momento de su detención en un hotel, por lo cual no podía descartarse un eventual peligro de fuga o entorpecimiento.

La defensa interpretó otra cosa: “Fue detenido en su domicilio. Ahora, por si ello no bastara cabe destacar que cuenta con el asiento legal en la dependencia a cargo del suscripto, una madre de edad avanzada y un sobrino que ha sido recientemente liberado, es decir un contexto personal que denota lazos sólidos para afirmar que Campillo tiene probado arraigo que lejos de indicar algún peligro, revela que mantendrá un excelente comportamiento procesal de recuperar su libertad”.

“Por otro se alega como sostén de la decisión que hay diligencias en trámite y por tanto su desarrollo puede ser entorpecido si Juan Manuel Campillo es liberado. Nada más alejado de la realidad, si se repara en que objetivamente no puede demostrarse que el justiciable tenga intención de entorpecer la investigación, máxime cuando colaboró activamente en ella a punto tal que varias de las medidas de prueba que se están realizando son consecuencia de los propios dichos de mi asistido, volcados en un acuerdo con la Fiscalía que además Vuestra Señoría homologó recientemente”, le dijo al juez Bonadio.

A criterio de Kollman, la Cámara Federal deberá “encontrar un punto medio entre la búsqueda de la verdad y los fines del proceso y la presunción de inocencia que le asiste a Juan Manuel Campillo en armonía también con la colaboración que ha prestado”. Incluso, señaló, “para facilitarle dicha tarea, me atrevo a proponer que una exigencia de concurrencia mensual e incluso quincenal a la sede del tribunal o dependencia policial que corresponda al domicilio de mi asistido parece un modo idóneo de asegurar un compromiso del justiciable de mantenerse ajustado a derecho”.

Un detalle: la defensa pidió abreviar los plazos para una definición sobre la excarcelación, es decir, que se acelere una definición. Durante esta última quincena de enero, están en la Cámara Federal los jueces Martín Irurzun y Mariano Llorens. Llorens se encuentra excusado porque su primo fue funcionario de Planificación. Irurzun, entonces, tendría que convocar a un juez del fuero penal económico que también está de feria. En rigor, es de práctica que las causas sean analizadas por la sala de origen. Pero los jueces que intervienen en el expediente, Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia, estuvieron la primera quincena y regresarán en febrero, por lo que todo podría demorarse algunas semanas

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