Se abre un camino de esperanza para el país

No te des vencido ni aún vencido

Hace muchos años, en un momento muy especial de mi vida, recibí un anónimo en mi casa junto con un ramo de flores blancas que decía: Una caída no es una derrota, derrota es quedarte donde te has caído

Una y otra vez durante 12 años consecutivos, gran parte del pueblo argentino sintió que avanzaba de rodillas azotado por la desesperanza, y yo veía como ese pueblo se quedaba quieto de rodillas incapaz de levantarse.

Pero ese pueblo clamaba desde el suelo, con la voz cada vez más fuerte, la necesidad de un cambio. Veía estirar su mano para poder levantarse y sostener en alto aquella bandera de la que tanto nos sentimos orgullosos.

Lográbamos levantarnos del asta de nuestra insignia, pero volvían a empujarnos. A medida que nos empujaban, y volvíamos a caernos de rodillas, más fuerzas tomábamos.

Y decidimos gritar LIBERTAD, aferrándonos a la esperanza de un cambio y un país mejor.

Y nos levantábamos débiles, pero decididos:

Con cada marcha ciudadana nos fuimos fortaleciendo.

Con cada atropello nos fuimos llenando de orgullo.

Con una sola muerte dijimos BASTA.

Pero seguíamos agonizando como pueblo porque nos habían quitado lo único que nos sostenía: los sueños. Y volvimos a caer de rodillas.

Pero un día despertamos y nos dimos cuenta que dependía de todos volver a soñar, un día finalmente comprendimos que una caída no es derrota. Entendimos que teníamos mucho por andar y empezamos a exigir.

Entonces nos unimos con esperanza, porque entendimos que si ellos podían hacerlo, aceptar la mano de otra persona para levantarnos era necesario.

Supimos dejar nuestros egos de lado y nos tomamos de la mano.

Los argentinos volvimos a tomarnos de la mano.

Decidimos ser parte voluntaria de ese cambio que deseábamos para nosotros y para nuestros hijos y nietos.

Decidimos volver a construir desde las cenizas aquel país que tanto soñaron nuestros antepasados.

El día que entendimos que involucrarnos y no ser simples espectadores era necesario para poder acompañar a aquellos que sabiendo escuchar se unieron, la historia cambió.

Comenzamos a comprender que la única forma de volver a reconstruir lo derribado era a través de las urnas.

Muchos decidieron fiscalizar voluntariamente por el partido por el que deseaban ser soldados. Soldados de la democracia que agonizaba en sus manos.

Los fiscales defendieron con su esperanza los votos de millones de argentinos que desesperanzados (y esperanzados al mismo tiempo) emitían su voto convencidos que nada se podía hacer.

Muchos, como yo, estábamos convencidos de que estas elecciones serían fraudulentas.

Esperaba, como muchos, las peores elecciones desde la vuelta de la democracia, aún sabiendo que los fiscales diseminados por todo el país defenderían mi voto y la república.

Fue gracias a ellos, los fiscales de los partidos, que este día se convirtió en un día histórico, una de esas fechas que quedarán impresas en los libros de nuestra historia.

La esperanza de un pueblo le ganó a sus propios demonios.

25 de octubre de 2015: Una fecha que quedará en la memoria de muchos argentinos.

Fue el día en que la democracia volvió, como el ave fénix, a renacer de sus propias cenizas.

Fue el día en que un pueblo lloró, sembrando con esas lágrimas un camino de esperanza.

 

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