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Política Internacional

Benegas Lynch: ¿Giro parcial en el rumbo discursivo libertario?

En una columna reciente, el reconocido economista y libertario argentino Alberto Benegas Lynch (h) pretende dar cátedra sobre cuál es el islam verdadero y cuál es el equivocado. Más allá de que el texto es corto, deja entrever una mirada ilusoria que no está a la altura de su reputación como librepensador. Crédito por la imagen: Instituto Cato

En una columna reciente publicada en Infobae, el reconocido economista libertario Alberto Benegas Lynch hizo eco del aparente giro retórico que Donald Trump mostró durante su visita a Arabia Saudita. Sin embargo, antes que analizar la política exterior del mandatario estadounidense, el autor aprovechó la ocasión para discutir cómo este contribuye a la estigmatización de los musulmanes. Su artículo lamenta el presunto clima creciente de islamofobia en el mundo, y hace entender que solo una minoría de desadaptados radicalizados y Gobiernos que comandan regímenes totalitarios son responsables por las atrocidades del terrorismo islámico. Citando versos del Corán y a apologistas modernistas, Lynch elucida que “al criminal hay que llamarlo por su nombre y apellido, y no por la religión a la que cree responder”.

Este es un argumento que naturalmente tiene cabida en una sociedad abierta y democrática. En tanto es evidente que no todo musulmán es extremista, la premisa que los radicales son una pequeña minoría es frecuentemente repetida por otros intelectuales y figuras públicas. Pero daría la impresión de que estas personas están más interesadas en resonar con el discurso políticamente correcto que por estudiar las bases del pensamiento político islámico contemporáneo. Por esto mismo llama la atención que un hombre con una amplia trayectoria académica en defensa del republicanismo y la libertad individual caiga en la trampa de los llamados apologistas “moderados”, sin antes explorar el papel del individuo dentro de la coyuntura islámica.

En cierta medida – como ya planteaba anteriormente – este es el nuevo paradigma entre muchos librepensadores que huyen de sus propios ideales. Mediante su columna, Benegas Lynch demuestra que él es parte de esta tendencia. Bajo los requisitos del establecimiento de lo políticamente correcto, este destacado argentino se identifica con comunicadores que no representan sus valores; en muchos casos intolerantes que demandan tolerancia.

Como bien establece Benegas Lynch, la falta de separación tajante entre el ámbito religioso y estatal supone un gran riesgo. Manipuladores carismáticos pueden utilizar la religión para desatar pasiones irrefrenables, cubriendo actos atroces con legitimidad celestial. En este sentido, el autor sugiere que culpar al Corán por sus pasajes violentos es un ejercicio deshonesto, porque a fin de cuentas los textos de la tradición judeocristiana también contienen pasajes inconvenientemente arcaicos. Sin embargo, –si se permite un juego de palabras– Lynch convenientemente olvidó hacer una contraposición honesta entre ambos marcos referenciales, y desatiende que cada sociedad hace una selección de las normas que quiere practicar en cierto tiempo y espacio. Las fuentes escritas (o más bien la lectura literal de las mismas) no necesariamente representan la práctica religiosa de los distintos creyentes. En este aspecto, contrastar la Biblia con el Corán a los efectos de relativizar la violencia de los yihadistas se vuelve bastante problemático. No obstante, Lynch deja la puerta abierta a este tipo de planteamientos, como si los cristianos de hoy fuesen los herederos de los flagelantes y los cruzados del medioevo, o los Savonarolas del renacimiento. Como consecuencia de ciertos procesos históricos como la Reforma protestante y la Ilustración, el peso del cristianismo en los asuntos públicos, aunque fuerte en muchos sitios, languidece en relación con lo que sucede en el mundo islámico.

Por esto mismo, coincido con Benegas Lynch cuando sostiene que el islam no debe ser caracterizado sobre la base de los pasajes duros en el Corán. Si lo que se busca hacer es un ejercicio de religión comparada con fines antropológicos, no importa tanto lo que digan los textos, pero más bien cómo estos son interpretados en cierto momento y circunstancia. En este punto me remito a un hecho esencial que ya he tratado en varias oportunidades. Como bien sabe Benegas Lynch, el individuo solo puede desarrollarse en sociedades libres, y los totalitarismos pueden adoptar muchas formas y colores. Pero en las sociedades islámicas las autocracias se retroalimentan con normas culturales que se desprenden del avasallante rol de la religión. No hace falta ser un experto para percibir que el islam gobierna gran parte del comportamiento de la población musulmana. Esto sucede porque una mayoría reafirma diariamente la noción de que islam y moral van de la mano; que no existe el bien por afuera de lo reglamentado o estipulado por la revelación.

Como expresa Uriya Shavit, mientras el molde de Occidente representa a la sociedad basada en la duda y en la indagación intelectual, el universo musulmán se rige por una cosmovisión atada a la noción de que la revelación mahometana es irreprochable. Si bien puede ser interpretada o reinterpretada (regresiva o positivamente) en función de la opinión de quién sea el jurista consultado, la revelación per se es tomada como una realidad incuestionable. Consecuentemente, para bien o para mal, el comportamiento humano debe reglamentarse por una constitución sagrada inalterable mediante el plebiscito de la población. Aunque la rama liberal de la teoría política islámica insiste en la importancia de la shura, un concepto ligado a la suposición de que los gobernantes tienen que consultar o deliberar con los gobernados, al fin y al cabo la soberanía de la humanidad no descansa en los hombres sino en Dios.

Los apologistas modernistas se enfrentan a una barrera psicológica que les impide poner en tela de juicio la necesidad de analizar críticamente las creencias más elementales de su religión. Incluso los pensadores más liberales dentro de la escena reformista (que buscan conciliar la religión con la modernidad) se ven incapaces de escapar a esta premisa. No tienen que comulgar con los hermanos musulmanes para compartir el eslogan “el islam es la solución”. Su posición apunta a que cualquier problema social o inquietud científica puede reconciliarse o explicarse con el Corán. Siendo que la revelación es perfecta por naturaleza, ante la aparición de contradicciones se requiere reinterpretar el texto; nunca obviarlo. Lo circunstancial aquí es que mientras la mayoría de los cristianos escoge racionalmente desentenderse de los pasajes poco alegres que Benegas Lynch reproduce, la gran mayoría de musulmanes lucha para darle sentido a la violencia en el Corán, pues todo buen musulmanes debe someterse a la voluntad de Alá.

En vista de las circunstancias, la columna de Benegas Lynch expone la falacia de evidencia incompleta, en tanto selecciona argumentos a medida. El exponente se nutre de datos superfluos que a lo sumo reflejan una parte de la realidad, pero que bajo ningún parámetro representan las actitudes más complejas existentes en el mundo islámico. Es por esto que parecería que el objeto de Lynch es quedar bien con los referentes bien establecidos a quien cita, que con buenas intenciones pregonan amor y tolerancia. Pero por más que estos digan lo contrario, lo cierto es que no hay espacio alguno para un libertario en una sociedad musulmana, empezando por el hecho de que no está permitido cuestionar la existencia del todopoderoso. Ser librepensador en cualquier país con mayoría musulmana es una vocación bastante arriesgada. Cuestionar a Dios no solo está mal visto, pero a veces es punible por ley. Llamativamente, así como lo explica Shavit en su trabajo, esto explica el contundente rechazo que la teoría de la evolución de Darwin recibe en la islamósfera al día de hoy, aun entre los pensadores religiosos mejor entendidos con los tiempos que corren.

Viñeta de José Maria Nieto publicada el 9 de enero de 2015 en el periódico ABC de España. El discurso pacifista y políticamente correcto frente al extremismo islámico tiene sus paradojas. Conduce al autoengaño, es contraproducente, y minimiza la responsabilidad que tienen las comunidades musulmanas en la lucha contra el extremismo

Contrario a lo que escribe Lynch, es irrelevante que tanto hayan contribuido los musulmanes a las ciencias y la escuela económica austríaca con la cual él se identifica. Lo que realmente importa es que hoy en día los países con mayoría musulmana están muy atrás en el campo científico. Por ejemplo, de acuerdo con un informe de la revista Nature que cita cifras de la Royal Society británica, aunque estos países representan casi el 25% de la población mundial, en 2012 colectivamente contribuyeron con solo el 1,6% de las patentes mundiales, el 6% de las publicaciones académicas, y el 2,4% del gasto global en desarrollo e investigación. Además, solo han producido tres premios nobel en ciencias, y ninguna de sus universidades figura dentro de las primeras cien. Teniendo en cuenta estos indicadores, los autores del artículo recomiendan que estos países inviertan en revitalizar los métodos de enseñanza, combinando ciencia con artes liberales como historia y filosofía. Expresado sucintamente, “los profesores tienen que ser libres de poder enseñar temas que no estén regulados estrictamente por ministerios”. Seguramente cualquier libertario estará de acuerdo con dicha afirmación.

Mientras Benegas Lynch deja entrever su admiración por apologistas que pintan de rosa su propia religión, la realidad sugiere que el autor cayó en la trampa del pensamiento ilusorio. Al caso, si uno se atañe por lo que marcan sucesivas encuestas, uno cae en la cuenta de que hay más de un islam. Mientras que las posturas (dentro de todo) liberales compatibles con la tolerancia y el pluralismo son actitudes minoritarias, la vasta mayoría de musulmanes en el mundo insiste en que la ley religiosa es más importante que cualquier marco institucional compatible con el Estado de derecho. Por poner solo un ejemplo que habla de los musulmanes occidentales, un reporte del centro WZB de Berlín concluyó en 2013 que dos tercios de los musulmanes de origen migrante en Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Holanda y Suecia, piensa que la sharia – la ley islámica – es más importante que la ley estatal del país europeo en el que viven. El informe también sugiere que la homofobia, el antisemitismo y la “Occidentofobía” (tambíen conocida como “Occidentalismo”) entre los musulmanes europeos deberían despertar la preocupación de políticos como líderes religiosos.

Esta observación conduce a refutar el planteamiento del economista argentino. Si bien es esperable que un clérigo de cualquier credo distinga entre fundamentos correctos e incorrectos, es extraño que un académico secular con amplia formación haga lo mismo. Retóricamente hablando, cuál es el islam correcto y cual no lo es tanto viene sujeto a la opinión del entrevistado, y Benegas Lynch solo se comunicó con referentes amables. Por eso, sin importar que tan necesarias sean las reformas que estos fomentan, sus palabras no se condicen con la actitud de una gran parte de creyentes esparcidos por el globo. Una cosa es lo que esté escrito en las fuentes, y otra muy diferente es como están sean interpretadas y practicadas.

En esencia, como la religión está sujeta a la interpretación de sus fieles, perfectamente sería válido decir que el islam verdadero no tiene nada que ver con las proposiciones republicanas de una minoría creyente. Por esto mismo, decir que el llamado Estado Islámico (ISIS) no es islámico es un sinsentido. Considerando que el ISIS aplica una lectura literal de las fuentes, ¿quién es Lynch para aducir que un yihadista es menos musulmán que el sheik de la comunidad islámica argentina? Si nos diéramos una vuelta por el Golfo árabe, seguramente muchos jeques locales nos dirían que los soldados del Califato son más honestos consigo mismos que los apologistas que llaman a cuidar el concepto positivista de Estado de derecho, desconectado del texto religioso.

En todo caso, más interesante hubiese sido que Lynch discutiera las probabilidades de que el islam desarrolle una reforma sustancial de cara al futuro; de modo que los fieles puedan llegar a una instancia religiosa que no dependa exclusivamente del Corán, o que a lo sumo pueda desentenderse abiertamente de los versos que contradicen los valores liberales. No todo mensaje puede contextualizarse a partir de alegorizaciones que buscan adaptar instrucciones pensadas para el siglo VII al siglo XXI, y que todos estén de acuerdo con la nueva interpretación.

Benegas Lynch concluye que el terrorista debe ser condenado como criminal sin hacer referencia a su religión. Pero el autor no hace distinción entre religión e ideología política, cosas que vienen muy entreveradas en la doctrina de grupos islamistas. Por esto, si uno quiere comprender el multifacético fenómeno del terrorismo y extremismo islámico, las creencias y la ideología del perpetrador pueden decirnos mucho acerca de sus móviles (motivos). No por poco las estadísticas muestran que una gran parte de los yihadistas fueron educados en instituciones de enseñanza superior.

Como buen economista que es, Benegas Lynch debería prestar atención a las estadísticas y a otro tipo de indicadores que demuestran que el islam está lejos de ser un algodón de azúcar. Escribe que “debemos ser respetuosos de otras manifestaciones culturales que no son la nuestras y que no afectan derechos de terceros”. Quizás es hora de que alguna embajada o fundación invite a Lynch a darse una vuelta por algunos países de mayoría musulmana. Sospecho que sus ideas no serán recibidas con el respeto debido con el que supuestamente hay que tratar otras expresiones culturales. En cambio, Lynch quizás reciba el mismo trato que reciben aquellos terceros que se animan a cuestionar su entorno.

Nota original

Actualidad Política

Reino Unido: Renunció Theresa May

Theresa May anuncia su dimisión

Theresa May anunció hoy que abandona el cargo de primera ministra del Reino Unido luego de que su gestión de tres años fracasara en todos sus intentos de lograr un acuerdo para que el Parlamento vote el Brexit.

Como anticipó la prensa británica, la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra desde Margaret Tatcher dejará el 10 de Downing Street el próximo 7 de junio, para que su Partido Conservador pueda elegir a un nuevo líder. La funcionaria saliente espera que su sucesor logre el apoyo suficiente para cumplir el mandato de abandonar la Unión Europea, tras el referendum del 23 de junio de 2016.

«Creo que era correcto perseverar incluso cuando las posibilidades de fracasar parecían altas, pero ahora me parece claro que en el interés del país es mejor que un nuevo primer ministro lidere ese esfuerzo», afirmó en una declaración ante la prensa visiblemente emocionada

Tras la decisión, May seguirá en su cargo mientras el Partido Conservador elige a un sucesor, algo que podría prolongarse por hasta ocho semanas. De acuerdo a distintos relevamientos, el favorito para tomar el cargo sería el exalcalde de Londres, Boris Johnson, a quien el Partido ve con la capacidad, carisma y popularidad necesarios para enfrentar la situación.

La Primera Ministra del Reino Unido se aferró intensamente al poder, a pesar de sufrir repetidos contratiempos en su proyecto político incluida una apuesta electoral que salió mal y tres derrotas parlamentarias humillantes por el acuerdo de distanciamiento que pasó dos años negociando con la Unión Europea.

En su último intento para lograr su plan del Brexit, May había sumado la posibilidad de que hubiera un segundo referéndum y mantener con la Unión Europea de forma temporal una unión aduanera, pero incluso sus funcionarios más fieles se negaron a acompañarla en la propuesta, y se vio en soledad.

«Siempre lamentaré no haber sido capaz de sacar adelante el Brexit», aseguró May. «Mi sucesor deberá lograr en el Parlamento el consenso que yo no he alcanzado, pero para ello todas las partes deberán estar dispuestas a comprometerse».

Posibles sucesores en el Reino Unido

  • Boris Johnson

El ex alcalde de Londres confirmó el jueves que sería candidato al cargo de primer ministro y, según las casas de apuestas británicas, es el gran favorito.

Carismático, popular y políticamente hábil, «Bojo», de 54 años, fue uno de los artífices de la victoria del Brexit en el referéndum de 2016.

Nombrado ministro de Relaciones Exteriores inmediatamente después por May, criticó de manera constante su estrategia en la negociación con Bruselas y acabó dimitiendo en julio para convertirse en uno de sus más feroces rivales.

Es popular entre las bases conservadoras pero menos entre sus colegas diputados, que le reprochan algunas meteduras de pata y un cierto diletantismo.

  • Andrea Leadsom

Hasta hace poco ministra encargada de las Relaciones con el Parlamento, Leadsom, de 56 años, había anunciado el miércoles su dimisión asestando un duro golpe a May que aparentemente contribuyó a su propia decisión de dejar el cargo.

Firme defensora del Brexit, Leadsom había sido finalista en la carrera de 2016 para reemplazar a David Cameron que llevó a May al poder.

Admiradora de Margaret Thatcher, trabajó tres décadas en la City, el corazón financiero de Londres. Empezó a forjarse un nombre durante la campaña del referéndum, cuando era secretaria de Estado de Energía, defendiendo con pasión la salida de la UE sin perder la calma ni la sonrisa.

Podría surgir como la candidata de consenso.

  • Michael Gove

Ministro de Medio Ambiente y enemigo jurado de los plásticos desechables, este euroescéptico de 51 años, es uno de los más férreos defensores del Brexit en el seno del gobierno de May.

Pero a la hora de entrar en la carrera por el liderazgo, podría costarle cara su poco ventajosa reputación de traidor de sus amigos políticos: mano derecha de Boris Johnson durante la campaña del referéndum, le retiró su apoyo cuando este pugnaba por la jefatura del gobierno para presentar su propia candidatura antes de ser eliminado.

Podría ser elegido gracias a la flexibilidad de sus posiciones.

  • Jeremy Hunt

El ministro de Relaciones Exteriores, Jeremy Hunt, de 52 años, defendió permanecer en la UE en 2016, antes de cambiar de opinión decepcionado por la actitud «arrogante» de Bruselas en las negociaciones.

Este ex empresario que habla fluidamente japonés se ha forjado una reputación de persona que no teme a los retos, tras haber presidido durante seis años el destino de un Servicio Nacional de Salud (NHS) enfrentado a una profunda crisis.

  • Dominic Raab

Ardiente defensor de la salida de la UE, este aficionado al karate y al boxeo, de 45 años, antiguo abogado especializado en derecho internacional, fue brevemente ministro para el Brexit entre julio y noviembre de 2018.

Euroescéptico convencido, dimitió por su desacuerdo con el texto negociado por May con la UE, que considera «malo para nuestra economía y nuestra democracia».

Es una de las figuras de la nueva guardia conservadora.

  • Sajid Javid

Ex banquero de negocios e hijo de un conductor de autobús paquistaní, el ministro del Interior Sajid Javid, de 49 años, es la cara de un Reino Unido moderno y multicultural.

Nombrado en abril de 2018 ministro del Interior, se ha ganado el respeto por su manejo de un escándalo sobre el trato a los hijos de los inmigrantes caribeños conocido como la generación Windrush.

Es partidario del thatcherismo y del libre comercio, pero a pesar de haber sido euroescéptico se pronunció contra el Brexit en el referéndum de 2016.

  • Amber Rudd

Elegida diputada en 2010 tras una carrera en las finanzas y el periodismo económico, acompañó a May en su ascenso al poder, un apoyo que le dio frutos: primero la cartera de Interior y después la de Trabajo.

Con una reputación de trabajadora y eficaz, Amber Rudd, de 55 años, podría verse perjudicada por su reputación de proeuropea.

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Actualidad Política

El SEBIN, cruel con ex chavistas

Camioneta del SEBIN

Si aquellos militares que han enfrentado a la revolución bolivariana son tratados con crueldad y violación al debido proceso, peor trato reciben aquellos que alguna vez fueron militantes o defensores del Gobierno de Hugo Chávez, porque caen en una verdadera desgracia. Veamos tres casos: el general en Jefe Raúl Isaías Baduel, el mayor general Miguel Rodríguez Torres y el Teniente Coronel Igber Marín Chaparro.

Esos tres oficiales pertenecen al mayor componente de la Fuerza Armada, el Ejército. En el caso de Baduel hay que destacar que fue jefe militar de los paracaidistas, comandante general del Ejército y ministro de la Defensa.

Estuvo relacionado al grupo de los militares del 4 de Febrero, fecha de la intentona golpista contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Fue noticia cuando en el 2002 lideró la operación que restituyó a Chávez en el poder luego del golpe de Estado del 11 de abril. Lo metieron preso por un hecho de supuesta corrupción y en 2017 lo vuelven a detener señalándolo de estar involucrado en conspiración contra Nicolás Maduro.

Baduel siempre fue un oficial destacado en la Fuerza Armada, sobresalía por su liderazgo y prestancia. Ascendió por méritos. Un poco arrogante, siempre recibió el reconocimiento de su compadre Chávez, hasta que quiso ser líder político y entonces entró en conflicto con el jefe de la revolución, quien lo dejó que concluya la jefatura del Ejército, pero lo envió al cesto de los olvidados a quienes no les recibía llamadas. Poco después, el alto oficial dio una declaración donde demostró que ya estaba alejado de la revolución.

Las torturas contra Baduel han sido más psicológicas que físicas. Son interminables las veces que lo incomunican, le impiden las visitas familiares, le allanan la celda y le aplican imprevistas requisas. Uno de sus hijos estuvo varios años detenido. Generó simpatías que aún conserva en la institución armada, incluso muchos civiles suspiran por él y su sueño de conducir los destinos del país. Hace tiempo está en la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia.

En el caso de Miguel Rodríguez Torres (MRT) la saña ha subido de tono. Lo recluyeron en una celda de los sótanos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), lo dejaron por varias semanas soportando el dolor que le produce un problema en el manguito rotador.

MRT no solo fue un simpatizante y defensor de la revolución bolivariana, sino uno de los actores decisivos del movimiento de los febreristas, reseñado en la historia por el ataque que dirigió a La Casona, la casa presidencial, aquel 4 de febrero de 1992.

Rodríguez Torres fue un poderoso ministro del Interior y Justicia, luego de haber dirigido por varios años la policía política del Gobierno, con la Disip, cuyo nombre fue cambiado por el de Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). A su favor tiene la simpatía de parte importante de los febreristas.

Voces del Gobierno le reconocen tímidamente que gracias a este mayor general, Nicolás Maduro logró vencer las guarimbas, que llegó a ser el momento en que la oposición hizo tambalear el poder ejecutivo.1

También lo envían con cierta regularidad a incomunicación, le allanan la celda, y hace unos días fue detenida y golpeada su pareja.

En el caso del comandante Igber Marín Chaparro, se ha convertido en un problema y estorbo para quienes dirigen la Dgcim. Él era el jefe del Batallón Ayala de Fuerte Tiuna. Desde que lo enviaron a los sótanos de la dirección de Contrainteligencia ha sido tratado con profunda crueldad. Ya tiene semanas que no le permiten visitas, ni ver a su esposa ni a sus niños.

El fin de semana antes del día de la madre, al impedirle la visita a su familia, el oficial gritó desde los sótanos reclamando su derecho a la visita, les gritó a los funcionarios que eran violadores de derechos humanos. A su grito desgarrador se sumaron los de solidaridad del capitán de navío Luis De La Sotta Quiroga. La respuesta del coronel Hannover Esteban Guerrero Mijares fue suspenderle la visita a él, de manera que dejó a su anciana madre de más de 80 años esperando por cuatro horas y aún así no le permitió ver al capitán de navío.Nunca antes en la historia de la Revolución Bolivariana hubo hechos de ese tipo que le mostrara al país y al mundo la fea cara de los funcionarios torturadores del Gobierno.

Un hecho que sorprende fue lo ocurrido en febrero con el Teniente Coronel Ovidio Carrasco Mosqueda, miembro de la Guardia de Honor Presidencial y Jefe de la Dirección de Comunicaciones. Él fue degradado y expulsado de las Fuerzas Armadas Bolivarianas y puesto a orden de la Dirección General de Contra Inteligencia Militar (DGCIM). La excusa es que habría suministrado información confidencial al diputado Julio Borges y a funcionarios de la Central de Inteligencia Americana (CIA), sobre los movimientos de Nicolás Maduro Moros.

Carrasco no sólo fue detenido y torturado, sino que también apresaron a su pareja. El haber sido tratados con tal brutalidad le trae consecuencias no solo a ellos y a sus familiares y amigos, sino a los altos oficiales de la institución armada que ven y callan esa atroz realidad.

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Actualidad Política

Río Guaire: buscan oro en aguas contaminadas

Búsqueda de oro en el río Guaire

Decenas de venezolanos se lanzan cada día en el contaminado río Guaire de la ciudad de Caracas para buscar restos de oro o plata y sobrevivir a la crisis económica del país, que los obligó a bucear en la corriente fecal en busca de cualquier residuo de valor que puedan vender para sustentar a sus seres queridos. «Vengo para mantener a mi familia. Ahora que tengo un hijo le estoy dando más fuerte todavía para mantenerlo, para que al ‘carajito’ no le falte de nada. Para llevar mi comidita para mi casa. Mi kilito de arroz, o un pancito», contaba Ángel Patete, de 22 años, mientras escudriñaba las entrañas del río.

El Guaire, de 72 kilómetros de longitud, es considerado la cloaca de Caracas, ya que parte de los desagües y las aguas fecales de la capital venezolana van a parar a sus aguas marrones. Su olor es fétido, pero eso no impide que muchos hundan la cabeza en la corriente para investigar los negros sedimentos del fondo. La actividad se realiza en grupos de tres, dice un informe de la agencia dpa. Una persona sujeta la cabeza y el cuerpo de quien busca en el fondo del río Guaire. De lo contrario, la corriente impediría la búsqueda. Mientras, un tercero recoge los sedimentos, echa una primera ojeada al material, y vierte lo seleccionado sobre un saco. Posteriormente, los tres revisan lo recogido. Separan los sedimentos con la ayuda de las manos, o de un cepillo.

Con suerte, encontrarán restos de alguna sortija, o una casi imperceptible porción de oro, que guardarán en unos frascos de plástico atados a sus cuellos, antes de venderlos en las casas de empeño del centro de Caracas. «Lo que mejor se vende son sortijas, cadenas, esclavas y tobilleras. Es lo que tiene más valor», dice Patete, que vive en una humilde barriada de Caracas. La actividad, aunque desagradable, conviene: «Depende de cómo esté la semana se gana más o menos. Ahora la cosa está más difícil. Pero a diario se pueden hacer 30.000 bolívares», apunta José Zubero, de 21 años, también padre, y ‘minero’ del Guaire.

«Con un sueldo mínimo no se come», dicen quienes hurgan en el río Guaire

«Con un sueldo mínimo no se vive. Uno no come. Se puede encontrar trabajo, en almacenes y vainas por el estilo. Pero el salario es muy pequeño, porque ahorita el país está rudo. Aquí gano más que el sueldo mínimo. Nadie vive de ese mínimo. Todos tienen que hacer trampitas y otras vainas por ahí», comentó Zubero para poner en palabras simples el efecto de la histórica subida de precios y la devaluación de la moneda venezolana.

La inflación sin control cerró 2018 en 1.698.488%, según las cifras de la opositora Asamblea Nacional y a fines de 2019 podría alcanzar el 10.000.000 % según el Fondo Monetario Internacional. El 48% de los venezolanos se encuentra en situación de pobreza multidimensional, según la Encuesta de Condiciones de Vida. Más de tres millones de personas han abandonado el país, según la Organización de Naciones Unidas (ONU), escapando de la crisis.

Los venezolanos dicen que en las aguas sucias del Guaire hay “garimpeiros” desde hace al menos dos décadas, pero nunca antes fueron tantos. «Todo el país está feo. La comida no se consigue, y si se consigue es demasiado cara. También las cosas para los niños pequeños son caras», se queja Patete, que dejó los estudios a los 12 años para ayudar económicamente a su familia. No ve luz al final del túnel. «Aquí las cosas van a peor. Se va a poner más rudo todavía», cree el joven. La desesperación es tal que, en marzo, los venezolanos acudieron en masa al Guaire para abastecerse de agua para beber (contaminada) a causa de la escasez provocada por los apagones eléctricos.

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