Fantasías políticas de ayer y hoy

El hombre vive de aspiraciones, ilusiones y sueños. La brecha que hay entre una aspiración y la posibilidad de llevarla adelante con las herramientas y capacidades actuales en los términos esperados, determina si estamos frente a una fantasía o no. Nadie está exento de ellas. Su único perjuicio es que en caso de aferrarnos, podemos llegar a vivir una vida plagada de frustraciones si vemos que no se materializan en el día a día.

El marco de cualquier debate político está minado de fantasías. En nuestro caso, por ejemplo, parecería que tenemos la idea que Argentina está rota pero es fácil de arreglar, casi a prueba de lelos; y está así porque los que gobernaron fueron siempre y simplemente idiotas. Habría, en algún lugar, un grupo agazapado de genios que saben cómo hacerlo y todavía no se les dio una oportunidad. En una sociedad corrupta como la nuestra hay un escondido clan de idóneos virtuosos, preservados y limpios, con el que nos gusta sentirnos identificados. De estas dos ideas se derivó la pulsión casi irresistible de buscar un redentor que venga y arregle “este quilombo”; personificado en los militares, en el eterno bueno peronismo que siempre está al caer, el Papa y hasta en este gobierno.

El peronismo y su autoproclamada expresión que solo ellos pueden gobernar y este gobierno de deportistas que antes de meter un gol se declararon campeones, revelan la soberbia compartida y la autopercepción de haber ser ungidos por ese designo.

Al mismo tiempo que decimos que esto es un quilombo y hacemos un pormenorizado análisis de todo lo que está mal, aspiramos a que el cambio sea rápido, indoloro y eterno. Hay algo ahí afuera que se puede ajustar o modificar con sencillez y todo estará resuelto. Actuamos como el gordo en dieta que pide una milanesa napolitana con fritas, pero con Coca Cola light. Como si toda la miseria, pobreza, ineficiencia e indecencia del país respondiera a una tuerca mal ajustada en alguna parte. Ahora viene el gobierno con la llave inglesa correcta, parece que pensamos. Juzgamos la complejidad del cambio y la evolución social con simplicidad y casi displicencia; como si nunca hubiésemos tenido que esforzaros para cambiar un mal hábito en nuestras vidas.

Todo cambio tiene costos y en esa materia entran en colisión varias máximas nuestras: “esto se hace así, es fácil”, “que el ajuste lo haga el Estado”, “el ajuste es políticamente inviable”, “no tiene que haber costo social” —hasta Milei presentó un supuesto plan de ajuste del Estado sin costo social— y “somos una sociedad solidaria”.

Si fuese tan fácil ya se hubiese hecho, nadie se priva del placer de ser el salvador porque sí. No hay ajuste del Estado que no implique impacto en una persona, sea porque es un trabajador, tiene un subsidio, un plan, un contrato, una jubilación o un quiosco. Este gobierno hizo el ajuste que decía era poco menos que instigar el apocalipsis y fue políticamente viable. Y por último, ¿una sociedad que tolera y se acostumbra a los niveles de pobreza y marginalidad que tenemos es tan solidaria?

En línea con lo anterior tenemos el paradigma del Estado presente. Este nos encanta. Nos vinculamos en nuestra cabeza con la idea del Estado como si fuese Dios. Todo lo ve y puede. Todo lo resuelve su presencia. ¿Hay un problema? Invoquen su nombre. Pero cuando la realidad es pésima nos quejamos y olvidamos sus bondades. Me pregunto qué parte del Estado es la que nos genera tanto entusiasmo para querer replicarlo y aumentarlo más. No estoy a favor de minimizar el Estado como filosofía, sí de discutir si el que tenemos funciona y qué se puede hacer para mejorarlo.

Para algunas personas el Estado sigue los principios del Universo: debe estar constantemente en expansión y la más imperceptible contracción, es el principio de su destrucción.

¿No nos dice algo el hecho que el Estado no pueda ni tener a toda su planta en blanco? En otras palabras, quien debe controlar que se materialice la justicia social es el principal pagador en negro y evasor de impuestos, y usa las facultades públicas —tan caras al corazón de esta Nación— para triangular y ahorrarse unos pesitos.

Estamos convencidos que somos un país rico que merece algo mejor, algo que alguien nos sacó. El imperio o los políticos, quizás ambos. Fue alguien. Alguien malo. Nos entusiasma más teorizar sobre quién fue el criminal en gruesas sobremesas y cafés, que debatir sobre los desafíos del mañana. Como si fuésemos el pariente venido a menos de una familia coqueta que perdió todo en una borrachera del bisabuelo ludópata una noche de póker; vivimos de la gloria del pasado, exigiendo gratificación actual por ella, y de índices que cada vez tienen más polvo. Echamos mano no solo al recuerdo, cada vez más difuso y con menos testigos, sino también a la comparación geográfica y su potencialidad: Tucumán es más rico y grande que Israel, nos decimos, Argentina debería ser una potencia. No recaemos que es como comparar a dos hombres sin contemplar sus virtudes, carácter, edad e integridad moral. Argentina es tan potencialmente rica como un estudiante yankee recién recibido que tiene que pagar sus estudios en Harvard. Tenemos activos por explotar, pero hoy prima la deuda social y económica.

¿Esto es todo, amigos? No creo. Quizás el principal legado de este gobierno sea mostrarnos que no es tan fácil, que arreglar este país (entiéndase: bajar la inflación, sacar a las personas de la pobreza, atraer inversiones, aumentar las exportaciones, brindar un buen servicios de salud, generar empleo de calidad, reformar un sistema previsional fundido e inviable, llevar la educación a la vanguardia y cambiar nuestra imagen internacional de pedantes motochorros) sea un poco más complejo que ajustar una tuerca y esperar el despegue. Quizás eso nos lleve a una diálogo más honesto y realista; o al menos, a expectativas que sí lo sean. Y finalmente, quizás otra buena noticia es que la generación denominada millennial es una con ganas y necesidad de generar cambios y conseguir que sus acciones tengan impacto. Argentina vendría a ser polen para esa colmena.

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