Un nuevo sistema político para salvar la democracia argentina

POR FRANCO FRIGIDI. LICENCIADO EN CIENCIA POLÍTICA (UBA)

Argentina se encuentra en una encrucijada. Lejos de ir hacia mejor, el país se hunde en una crisis económica y social de la cual no puede salir. Los indicadores muestran mes a mes un deterioro significativo. En este contexto, el presidente y sus ministros parecen no encontrarle la vuelta: lejos de responder con eficacia a los problemas que hoy enfrenta la Argentina, parecen ensimismados en una receta que demostró ya su fracaso.

Además, para peor, parecen desconectados de la realidad. Al igual que los ministros durante la segunda presidencia de C. F. de Kirchner (2011-2015), los funcionarios del macrismo no cesan en repetir y repetir frases que chocan de frente contra la realidad. Un ejemplo es la frase del ministro Dujovne en una entrevista en abril, diciendo, por ejemplo, que “Lo peor de la crisis cambiaria ya pasó y nos alejamos del epicentro”.

Se critican medidas de política económica del pasado, que, si bien lejos estuvieron de ser perfectas, redundaron en resultados incomparablemente mejores en el corto y mediano plazo. Desde hace meses, el gobierno, con el jefe de Gabinete a la cabeza, viene insistiendo con que la política de flotación del dólar de este gobierno es superior al tipo de cambio fijo aplicado en los ´90. Vale interrogarse: ¿en qué dato de la realidad se sostiene esa afirmación?

Ahora bien, hay una pregunta más importante, y que preocupa a los argentinos y es la siguiente: ¿por qué Argentina no puede despegar como país? ¿por qué le cuesta tanto?

Desde una perspectiva politológica, se podría decir que el país careció históricamente de instituciones consolidadas que logren canalizar el conflicto de una manera gradual y pacífica (preferentemente a través de partidos políticos). Esta situación ha generado una inestabilidad política endémica que ha puesto en riesgo la posibilidad de los gobiernos de terminar su mandato.

En este sentido, la probabilidad cierta de que el presidente Macri pueda terminar su mandato de 4 años podría ser interpretada como una señal de éxito. Es bueno que el presidente Macri llegue al final de su mandato. También es muy bueno que un gobierno no peronista pueda finalmente (desde Marcelo Torcuato de Alvear en 1928) culminar su período en funciones sin grandes sobresaltos.

Ahora bien, sin quitarle méritos al hecho de que este gobierno lo logre, la realidad es que muchas de las reformas que se hacen falta para hacer despegar al país, se han postergado de una manera irracional e inoportuna. Algunos analistas señalan la ausencia de una reforma tributaria integral, acuerdos comerciales que le permitan a Argentina integrarse al mundo (aumentando sus muy reducidos volúmenes exportadores) y una reforma del Estado que le permita bajar su elevado gasto público y sentar las bases para un Estado más moderno y eficiente, entre otras cuestiones.

El gobierno ha intentado escapar a las críticas señalando que las reformas mencionadas (las cuales no rechaza de plano) no se pueden implementar en un país con niveles de pobreza tan elevados. Además, ha hecho alusión en reiteradas ocasiones a la condición frágil de la coalición Cambiemos, que “debe” gobernar en minoría en el Congreso.

El gobierno argentino, desde mi punto de vista, no ha explorado las posibilidades reales que ofrece la política y se ha conformado con muy poco hasta el inicio de la crisis cambiaria en junio de 2018, cuando todas las variables macroeconómicas saltaron por el aire: me refiero a la posibilidad de tejer alianzas o coaliciones estables y duraderas en el Congreso que le permitan llevar adelante su agenda política a buen ritmo, a un bajo costo y que inspiren la confianza de la sociedad(1).

También me refiero a la posibilidad de aceptar que determinadas políticas no serán bien vistas por una parte importante de la oposición y, por supuesto también, de la sociedad. La clave en política a la hora de sacar adelante un proyecto con cierto nivel de éxito es coaligarse con la mayor cantidad de actores políticos posibles, pero la unanimidad no se consigue voluntariamente.

Como se mencionó, lo que parece no funcionar en Argentina son las instituciones: por poner sólo algunos ejemplos, es más que evidente que determinados órganos como el Banco Central, el Poder Judicial o el Congreso tienen un comportamiento completamente disfuncional.

En este caso me interesaría profundizar en el papel del Congreso en su relación con el presidencialismo: más allá de ser o no un contrapeso efectivo al Poder Ejecutivo, debe poder ser capaz de formular políticas públicas que respondan a las demandas concretas de una sociedad compleja. Cuando el Congreso deja de tener este papel rector sobre la política y la sociedad, el presidencialismo se resiente.

Dicho en otras palabras, lo que presidencialismo necesita para funcionar correctamente es una elite política que, más allá de las diferencias ideológicas, se comprometa a buscar consensos y trabar acuerdos y negociaciones que le permitan al país progresar y dejar atrás los problemas más agobiantes. El presidencialismo requiere, en pocas palabras, una cultura del diálogo y el entendimiento que lo respalde.

En Argentina, esa cultura política del diálogo permanente, que existió en países presidencialistas como Estados Unidos (siglo XX), Chile (siglo XX), Uruguay y Brasil (fines del siglo XX) y Colombia y Venezuela (segunda mitad del siglo XX), sigue brillando por su ausencia(2).

Es por eso que mi propuesta en este artículo es muy concreta. Teniendo en cuenta la dificultad de conformar una nueva cultura política de la noche a la mañana y los problemas persistentes del presidencialismo argentino, es interesante indagar en una vieja receta que muchos seguramente habrán olvidado: pensar en un sistema político más flexible donde los políticos se vean forzados sistemáticamente a negociar entre sí. Esta situación solamente se puede recrear bajo un sistema parlamentario(3).

Vale repetir que el presidencialismo per se no es disfuncional. Hay ejemplos sobrados. Pero en Argentina, la cultura política de los opuestos (de la confrontación y la discordia) obliga a indagar en una fórmula más europea que norteamericana. Después de todo, ¿de dónde vienen nuestras raíces?

(1) Esta opción ha sido bosquejada semanas atrás por el diputado del oficialismo Nicolás Massot, en lo que los medios consideraron un tiro por elevación al jefe de gabinete Marcos Peña en plena sesión del Congreso.

(2) En Chile, existió y aún existe hoy en día lo que se dio en llamar “la política de acomodación”, donde los políticos se reúnen, dialogan y llegan a acuerdos sobre temas básicos. En Estados Unidos, existió lo que el profesor de Harvard y politólogo Steven Levitsky llama en uno de sus últimos libros en inglés, mutual toleration e institucional forbearance, es decir, tolerancia mutua y contención institucional (o no llevar al límite el uso de las facultades legales), una tradición partidaria no escrita que comenzó a quebrantarse y que explica, según su punto de vista, el lento declive de la democracia estadounidense. En Uruguay, el ex presidente Julio María Sanguinetti llevó adelante durante su segundo mandato (1995-2000) una política con centro en el Congreso, donde los partidos blanco y colorado llegaron a importantes acuerdos a la hora de implementar las leyes fundamentales. En Brasil, algo parecido hizo el gobierno de Fernando Henrique Cardozo con bastante éxito, mientras que en Colombia existió lo que se conoció como el Frente Nacional: los partidos Liberal y Conservador se alternaban en la presidencia y convocaban a figuras del partido de oposición a formar parte del gabinete. En Venezuela, se firmó en 1958 (luego del fin de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez) el Pacto de Punto Fijo, que sentó las bases sobre acuerdos fundamentales que regirían por los próximos 25 años.

(3) En presidencialismos con sistemas multipartidarios, el partido o alianza de gobierno no está obligado a negociar con quien piensa diferente. Puede perfectamente no hacerlo. Muy frecuentemente, negociar le resulta incómodo y una pérdida de tiempo. O los bloqueos que impone la oposición dificultan la construcción de coaliciones. Esto no sucede en un parlamentarismo con un sistema de partidos de iguales características. El partido o alianza de gobierno debe negociar permanentemente con otros partidos para conservar la mayoría en el Parlamento y que el gobierno no caiga.

Uno de mis temores como simpatizante de la democracia es que la crisis actual (bajo desempeño económico, problemas sociales graves y retracción de la confianza) termine en un futuro no muy lejano desacreditando la democracia argentina como mecanismo para la resolución de los conflictos. La propuesta que hago en este artículo tuvo algunos defensores en la década de 1980 y luego se reactiva post 2001, pero nunca logró implementarse a través de un cambio en la constitución. En realidad, la materialización más cercana del modelo parlamentario en Argentina es la del jefe de Gabinete con la reforma de 1994, pero lejos está de cumplir con la función que supuestamente se le quería asigna.

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