Trump, ni loco ni intervencionista

El asesinato de Qasem Soleimani generó histeria en los medios de comunicación, que se apresuraron en alarmar al mundo sobre una posible tercera Guerra Mundial. Esto muy lejos estuvo de suceder, sobre todo porque no existe ningún interés de Washington ni de Teherán de llegar a una confrontación abierta.

La posterior represalia militar iraní hace que todas estas conjeturas parezcan todavía más erradas de lo que parecían en un principio. Teherán produjo un ataque con misiles cuidadosamente organizado sobre dos bases norteamericanas en Irak, limitando así el daño causado (de hecho, no hubo víctimas estadounidenses). El resultado del ataque iraní fue claramente una pequeña victoria política para el régimen luego de la muerte de Soleimani, ya que de esta manera pueden decir que vengó la muerte de su general atacando directamente a los estadounidenses, y al mismo tiempo limitar el riesgo de una mayor confrontación con los EE. UU.

No hay que confundirse, la pequeña victoria política y discursiva obtenida por Irán, no marca que Trump perdió el round con el régimen teocrático, más bien significa todo lo contrario. La maniobra del presidente estadounidense logró sacar a un jugador enemigo clave del tablero (el líder de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria, el grupo militar político y económicamente poderoso con influencia regional ) y reafirmó la existencia de una línea roja con respecto al asesinato de estadounidenses. De la misma manera, al anunciar nuevas sanciones contra Irán en un discurso de la Casa Blanca, también dejó en claro que Irán no escapara de las fuertes sanciones económicas de las que está desesperado por salir.

Por otro lado, Donald Trump demostró que no es George W. Bush, aunque sus críticos e incluso algunos de sus partidarios actuaron de inmediato como si esto fuera un hecho similar a la guerra de Irak de 2003. De repente, se estaba a punto de lanzar otra guerra interminable. “La decisión de Trump de matar a Soleimani”, escribió la columnista del New York Times Michelle Goldberg, «ha llevado a Estados Unidos al borde de un nuevo conflicto devastador en el Medio Oriente».

La operación contra Soleimani no transformó de ninguna manera a Trump en un intervencionista convencional, de hecho, fue totalmente coherente con el enfoque que el presidente muestra en su política exterior desde el inicio de su mandato, no pudiéndose definir bajo la dicotomía simple de halcón o paloma. Trump no está totalmente dentro de una categoría u otra, esto queda claro después del ataque iraní, ya que fue el mismo Trump quien puso un corte en la escalada militar y si bien impuso más sanciones económicas al régimen, dejo que irán constituyera discursivamente el ataque como un triunfo político.

Trump parece definir la estrategia de su política exterior, alejándose de la dicotomía clásica de halcón o paloma, o de intervencionista o aislacionista, siguiendo también la estrategia del Hombre Loco llevada a cabo por Richard Nixon durante su presidencia en los años 70. Esta estrategia consistía en hacer que los líderes de otros países pensaran que el presidente norteamericano estaba loco, y que su comportamiento era irracional y volátil, convirtiendo esto en un instrumento clave para las relaciones internacionales, ya que el objetivo era provocar temor en los lideres hostiles a los Estados Unidos a una respuesta americana “impredecible”. De esta forma se evitaría provocar a EEUU y se tendría una actitud más conciliadora. Así se puede observar que el asesinato de Soleimani no significa una vuelta de la estrategia neoconservadora, sino una expresión inconfundible de la cosmovisión distintiva de Trump.

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