Miguel Boggiano es más argentino de lo que cree

En estos días estuvo circulando un video hecho por un economista argentino, Miguel Boggiano, donde emulando un documental de la BBC —logo incluido y relatado en perfecto inglés— se analizan algunos de los aspectos de nuestro país. Este tema generó bastante revuelo, pero creo que es más importante lo que el video connota que los datos y opiniones que aporta.

Para los que no vieron es algo así: habla de Argentina como el país entre 194 con políticas públicas más extravagantes del mundo. Afirma que todo está permitido, que el peso y tamaño del Estado es insostenible y que se castiga al sector más productivo; asimismo, cuestiona a la sociedad porque frente a la crudeza de los resultados obtenidos, sigue preguntándose perdida y sorprendida cómo llegó a ese lugar desgraciado. Encerrado en un loop tanguero y llorón el homo sapiens sapiens argentino es único en su especie.

Dejemos de lado lo que cada uno cree sobre las afirmaciones del video, ¿qué nos dice el hecho que éste esté en inglés y fingiendo ser de la BBC? El autor aspira a tocar una fibra nuestra, un complejo y también darle más legitimidad. Si ellos dicen eso debe ser cierto; si ellos lo vieron, es más grave y vergonzante. Como si fuésemos descubiertos haciendo algo pecaminoso, el video busca inicialmente que nos sintamos expuestos, como si alguien hubiera descubierto la fachada y nos viera como realmente somos. Y para peor, fueron personas que respetamos, admiramos y queremos agradar.

¿Hubiese tenido el mismo efecto si se fingía con una cadena de Brasil? ¿Será que el inglés describe con más claridad nuestros problemas?

Nuestra huella revela su marca apenas arranca la proyección y encontramos que la primera afirmación es que tenemos las políticas más extravagantes del mundo. ¿De verdad? ¿Las más extravagantes en un mundo donde existe Venezuela, Corea del Norte, Cuba, China, países donde la homosexualidad es un delito penal, otros donde todavía apedrean mujeres, estados teocráticos, estados que pueden ponerle una bomba a un dirigente de otro país sin considerarlo atentado, países con mucho tráfico de vehículos motorizados que no usan semáforos, países pobres con hambre y vacas dando vueltas por todos lados y países donde hay legalmente trabajo infantil digno del siglo 17? Irrumpe nuestra pasión ególatra de tener que ser siempre destacables, los mejores o los peores con la misma pasión, nunca mitad de tabla (que es el lugar que ocupamos en el mundo). La mediocridad como nuestra zona de confort poco confesada y asumida.

¿No son suficientemente fuertes los argumentos que hay que echar mano a la exageración burda y a la mentira? ¿O es ignorancia y poco mundo?

Quizás sea porque pese a que decimos que el mundo tiene 194 países soberanos, para nosotros el mundo se reduce a un puñado ubicados en Europa (pero nada de Bielorrusia, Moldavia o cosas falopa) y satélites aterrizados en América del Norte y Oceanía. Nosotros vendríamos a ser el pariente paquete venido a menos que cayó en un barrio cutre y no está contento; miramos con altanería a los costados pero actuamos como provincianos acomplejados en “el mundo”. Más que ser extravagantes muchas de las cosas que nos ocurren tienen la intensa marca de la región: ¿será eso lo que de verdad nos espanta?

El video es también un gran exponente de algo habitual: los argentinos hablando de Argentina como un fenómeno aislado, perdido y alejado en altamar, irrecuperable pero a la vez desesperante. Con la frustración a flor de piel, pero sin hundir los pies en el barro. Ahora encima en inglés y jugando a la BBC. ¿Nos molesta más cómo está Argentina o ser argentinos? La miramos como si fuese un hermano mayor que supo ser nuestro ídolo y hoy está desalineado, desvariando y arruinado, por culpa de alguien o todos, pero nunca de quien apunta con el dedo. Contamos la historia con rechazo, pero aspirando tímidamente que aparezca un héroe; si no aparece es porque en el fondo todos sabíamos que es un vago irrecuperable, inepto y degenerado bueno para nada. Iluso el que tenga fe. Y ojo, decimos todo esto porque en el fondo queremos a Argentina eh. Como marido golpeador le refregamos: “mirá lo que me hacés decir”. Hablemos de amor mal entendido.

Describir así la tragedia es terapéutico: no hay nada que hacer; por ende, no hay culpa ante la propia inacción ni medida posible. Como dramatizar sobre un recuerdo.

No escribo esto guiado por una pulsión nacionalista (en lo que aclaro, no creo), sino porque siento que no vemos la causalidad que existe entre la forma que nos miramos y los resultados que tenemos como sociedad. Miguel Boggiano es mucho más argentino de lo que cree. Me agota la compulsión derrotista que tenemos, la pasión a hablar con sorna y señalarnos con sonrisa burlona. Nos hacemos bullying con escondido dolor, pero no podemos parar.

¿Qué buscaba el video? ¿generar un cambio? Aun cuando coincido con algunos aspectos que señala, no creo que haya inspirado sentimientos más altos que la vergüenza, culpa y el desasosiego. ¿Dónde pensamos llegar sembrando constantemente eso? ¿sirve ese tipo de autocrítica? ¿qué resultados tiene a la fecha? ¿es necesario mentir o humillar? Es como buscar resolver tus problemas maritales recordándole seguido a tu mujer lo infeliz que te hace y exagerar sus defectos esperando que ella sea alguien más.

A veces parecemos más ocupados en relatar nuestra caída y asignar responsables que en descubrir cómo comenzar a escalar.

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