24 de marzo: Se cumplen 45 años del último golpe militar argentino

El 24 de marzo de 1976 fue un miércoles soleado, apacible. Los argentinos se despertaron con la noticia de que los militares habían derrocado a la presidenta María Estela Martínez de Perón, Isabelita, y, aunque ahora parezca increíble, muchos recibieron con alivio el golpe de Estado.

No se trataba de una novedad. Los diarios venían anunciando el golpe desde hacía varios meses y la fecha precisa era un debate de todos los días en los cafés y los teatros de la ciudad de Buenos Aires.

En el Embassy, la actriz y cantante Susana Rinaldi describía la vida durante el final del gobierno peronista con ironía. “¿Vio, señora? Ya no hay papel higiénico en las góndolas… Total, para lo que una come…

Los militares marcharon, otra vez, a la Casa Rosada a la vista de todos y con el apoyo de varios. No solo de la mayoría de dirigentes de los grupos liberales y conservadores que formaban parte del llamado “partido militar” sino también de sectores del radicalismo y hasta del peronismo. El Partido Comunista apoyó el golpe, en especial al flamante dictador, el general Jorge Rafael Videla.

Los grupos guerrilleros también jugaron al golpe. Pensaban que, al final, saldrían ganando: La gente se cansaría del ajuste económico que preveían y de la violencia política ejercida por los militares; y saldrían a apoyar a sus legítimos representantes, ellos mismos. La revolución socialista estaba al alcance de la mano y la violencia fue siempre la partera de la historia, señalaban.

Hay documentos que prueban esa actitud, tanto de Montoneros como del Ejército Revolucionario del Pueblo.

Antes del golpe del 24 de marzo de 1976: Una tormenta de violencia política

El gobierno de la viuda de Perón naufragó en sus propias deficiencias. Había una tormenta de violencia política: En 1975 murieron 1065 personas por esa causa, casi tres por día, de izquierda, derecha, centro, sin partido… Mataban las siglas guerrilleras, los grupos paraestatales (el más conocido, la Triple A), la policía, las guardias armadas de algunos sindicatos.

Además, había inflación, desabastecimiento y denuncias de corrupción, el liderazgo de la viuda de Perón era muy débil. Y se enfermaba seguido. El país parecía a la deriva.

Por eso, Isabelita cayó en soledad, acompañada apenas por un puñado de políticos y sindicalistas peronistas. Tanto fue así que, una vez detenida, los gremialistas que todavía le eran leales llamaron de apuro a una huelga general, que no fue acatada.

Los militares organizaron el golpe durante al menos nueve meses y tomaron el poder cuando quisieron; fue el momento de su mayor autonomía respecto de la sociedad civil, lo cual revela el grado de deterioro del gobierno constitucional del peronismo de aquella época.

Cuando volvieron al poder lo hicieron decididos a “eliminar a un conjunto grande de personas” (SIC) pero de una manera tal que la gente —en la Argentina y fuera del país, en especial en Estados Unidos— no se diera cuenta de la matanza; buscaban evitar protestas.

Así me lo dijo Videla durante una serie de entrevistas realizadas entre 2011 y 2012. “Pongamos que eran 7 mil u 8 mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión. No podíamos fusilarlas. Tampoco podíamos llevarlas ante la Justicia. El dilema era cómo hacerlo para que a la sociedad le pasara desapercibido”, afirmó.

Dictadura y diplomacia

Ocho días antes del golpe de Estado, el jefe de la Marina, almirante Emilio Eduardo Massera, tomó un café con el embajador de Estados Unidos, Robert Hill; le dijo que eran “completamente conscientes de la necesidad de evitar problemas sobre los derechos humanos” y que, en el caso de que debieran tomar el poder, “no seguirán los lineamientos de la intervención de Pinochet en Chile. Más bien, sostuvo él, tratarán de proceder dentro de la ley y con total respeto por los derechos humanos”, según el cable reservado que el diplomático envió a su gobierno.

Tanto Massera como el jefe del Ejército, el general Videla —los dos principales protagonistas del golpe de Estado—, comprendían que Estados Unidos ya no era tan favorable a los gobiernos “amigos” que violaban los derechos humanos, como, por ejemplo, lo había sido en 1973, cuando el general Augusto Pinochet derrocó al socialista Salvador Allende en Chile.

En marzo de 1976 faltaban apenas siete meses para las elecciones que provocarían el retorno de los demócratas a la Casa Blanca con James Carter: La mayoría del electorado había cambiado y criticaba el abierto respaldo de los republicanos a Pinochet.

En sintonía, los colaboradores de Videla presentaban al nuevo presidente como al líder de la facción moderada dentro de los militares —las “palomas”—, a quien había que respaldar porque era el único que podía mantener a raya a los “halcones”, partidarios de una represión feroz, “pinochetista”.

En marzo de 1976, tenían un aliado en el secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, pero los funcionarios de carrera del departamento de Estado ya se preparaban para el viraje en la política exterior que imprimiría el presidente James Carter a partir del 20 de enero de 1977.

Al principio, la dictadura logró confundir a los diplomáticos acreditados en Buenos Aires.

La delegación israelí fue una de las primeras en darse cuenta, según otro cable reservado de la embajada norteamericana, del 23 de junio de 1976. Hill señaló que, para sus colegas de Israel, “los militares tomaron la decisión de eliminar la subversión y el terrorismo, y de silenciar y aterrorizar a toda la potencial oposición, mucho antes del golpe del 24 de marzo. La única cuestión restante era cómo hacerlo con menor exposición a las críticas externas que las que habían aislado al régimen militar en Chile”.

En el plano interno, el consenso que se había formado alrededor del derrocamiento de la Presidente no preveía el grado de violencia que se venía, con los miles de detenidos secuestrados, torturados, asesinados y desaparecidos.

La idea generalizada era que los militares aplicarían el mismo nivel de represión de los golpes anteriores. Y que luego llamarían a elecciones.

Pero las Fuerzas Armadas habían cambiado mucho en apenas tres años y volvían con el propósito de refundar la sociedad. La represión sería inédita, a tono con ese mesianismo.

En realidad, lo había anticipado el propio Videla el 23 de octubre de 1975 en Montevideo en un discurso en la Undécima Conferencia de Ejércitos Americanos: “Si es preciso, en la Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la paz del país”.

Las palabras suelen convertirse en acciones.

Pedimos impugnación de REMO CARLOTTO como representante de la República Argentina

Los #RepublicanosUnidos, fuerza política de oposición en la República Argentina, nos dirigimos a Uds. a fin de manifestarnos y peticionar, respecto de la designación dispuesta por las autoridades, del Sr. Remo CARLOTTO, como “Representante Especial para Asuntos de Derechos Humanos en el ámbito de la Cancillería, con rango y jerarquía de Subsecretario de Estado” para, entre otras cuestiones, representar al Estado Nacional ante los Organismos Internacionales en materia de Derechos Humanos (Decreto N° 103/2021).

Resultaría inadmisible, y repugnaría a los principios que guían el accionar de los organismos internacionales de DD.HH., que quien apoyó la impunidad de los acusados por un delito de lesa humanidad, como el atentado cometido el 18 de julio de 1994, hoy represente a nuestra Nación ante las organizaciones encargadas de defender los derechos más preciados que derivan de la condición humana.

FIRMANTES: Yamil SANTORO – Marina KIENAST – Agustín SPACCESI – José Lucas MAGIONCALDA – Javier ROMANO- Santiago PAULI – Gabriela MALERBA – Rodolfo DISTEL – Antonio FRATAMICO – Sebastián CAO – Gustavo SEGRÉ – Rodrigo Julián FORLENZA – Juan OTEGUI – Emanuel CALVO FRANCO – Marcela ZADOFF – Carlos M. GARCÍA

Edgardo Marano

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