Acerca de la representación

“El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”, dice el artículo 22 de la Carta Magna.

Por lo tanto, al votar elegimos representantes tanto del oficialismo (mayoría) como de todo grupo político que se ofrezca a representar valores con los cuales la gente se identifica. De este colectivo se compone lo que habitualmente denominamos ciudadanía, habitantes o sencillamente pueblo.

“Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”, continúa el texto del mencionado artículo, estableciendo claramente que los representantes de partidos políticos deben continuar ejerciendo dicho rol mientras tengan el cargo electivo o político partidario, más allá de no haber ganado elecciones.

Entonces, en el caso que la persona, ya sea dirigente sin cargo, afiliado o no, voluntario, militante o sencillamente simpatizante de un partido determinado, necesite que sus representantes lo representen… ¿Quiénes son los que deciden si encarnarán esos ideales para los cuales fueron elegidos o descansarán a la fresca sombra desde el fin de la campaña hasta la próxima?

¿Por qué en la mayoría de los partidos políticos una misma persona ocupa cargo electivo y cargo partidario? Está prohibido por la Carta Orgánica de la mayoría de los partidos.

¿Por qué se eligen a dedo los candidatos, en lugar de hacer elecciones internas para garantizar, precisamente, la representación de los afiliados?

¿Qué representatividad tiene un político elegido a dedo por el presidente del partido, o el candidato a presidente señalado por la candidata a vicepresidente, o aquel que fue fruto de un acuerdo de mesa chica donde cinco o seis cabezas de lista sábana acuerdan en nombre de un falso consenso seguir siendo ellos los detentores de la representatividad?

¿Qué tiene que hacer un voluntario o militante cuando percibe que quien dice representarlo no lo hace, fácticamente, se da vuelta como una media (o panqueque) o ante un tema no dirimido, sorprendentemente esgrime la postura contraria a la esperada?

Tal aconteció con el aborto, que sorprendió a propios y ajenos, tal aconteció con el Papa Francisco que toma parte por ciertas ideas que para el Católico Apostólico Romano no son las tradicionales.

Entonces es factible cuestionarnos si, tal como sucede con la soberanía, que es del pueblo y la delega, pero en caso de acefalía de dicha representación vuelve al pueblo (tal como sucedió en la Revolución de Mayo de 1810), los dirigidos deberemos elegir nuevos representantes al entender que no somos representados.

Atrás quedarán aquellos que no asuman que hay nuevas maneras de expresarse y que cuando un grupo de gente sale a la calle a manifestarse, el soberano es quien lo hace ante el desgaste de dicha representación.

Las nuevas maneras son las redes sociales que permiten que rija el único principio de la popularidad de una idea, el impacto de una noticia, el juicio de valor sobre una persona o acontecimiento.

Las herramientas de comunicación directa como zoom, jit.si, los live de Facebook, YouTube y otros, lograron horizontalizar las relaciones entre dirigentes y dirigidos, que han dejado de ser meros espectadores (como sucedía en los mass media como la radio y la televisión, con raras excepciones), para estar sentados en un ágora donde el prestigio del dirigente político se juega en su propia capacidad de apertura.

¿Exige inscripción previa con numerosos datos personales, como si armara una base de datos para afiliarte?

¿O permite la participación sin segundas intenciones?

¿Abre la sala de chat para poder intercambiar impresiones o recibir preguntas de los participantes?

¿Se anima o no a abrir en turnos, el micrófono de un desconocido para que pregunte lo que desee saber, sin censura previa?

¿Acepta a todo aquel que se inscriba, aunque no pertenezca al partido político, o arma una juntada virtual de amigos y colaboradores para exhibir sus convicciones, y las llama representatividad legítima?

¿Se maneja de manera autónoma y dialoguista o rinde cuentas a las autoridades partidarias de mayor rango?

¿Cuánta gente consigue reunir? ¿Cada tanto hace reuniones?

¿Muestra firmeza o rigidez?

Estos interrogantes invitan a la reflexión acerca de la representatividad, por lo demás en la mayoría de los partidos políticos argentinos hoy no tienen representantes electos por los afiliados debido al mecanismo de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), que rige desde 2011 y ha llevado a la perversidad de la “mesa de consenso” en la cual los mismos dirigentes se reparten la torta y no dejan ni las miguitas del mantel (entran en listas sábana) en aras de presentar una opción unificada en dichas elecciones, previas a las municipales, provinciales y nacionales.

En este juego de la silla, cuando se agrega un espacio, es para parientes y herederos, por portación de apellido. Las actuales autoridades partidarias tienen dedito hasta fines del 2022, si contamos desde 2011 son más de diez DIEZ años de dedocracia.

De este modo se reduce el espectro de ideas a un blanco y negro patético, donde la representatividad cae bajo el manto de la presunta fidelidad partidaria, al votar al señalado con el dedo, identificado como el candidato de la gente, cuando en realidad su representatividad no fue legitimada dentro de su propio partido.

En el caso de las alianzas o coaliciones, electorales y/o de gobierno, se anula toda posible virtud (liderazgo) y se agravan los defectos, los afiliados, dirigentes territoriales, voluntarios, militantes, o meros simpatizantes, es decir, el universo de votantes que debería ser no sólo seducido sino REPRESENTADO tiene dos opciones: el voto castigo o buscar un partido político democrático, con elecciones internas, representación legitimada y una mirada crítica que postula la excelencia en la representatividad del pueblo todo.

Por eso no es menor que haya un partido en permanente crecimiento que, junto a una Fundación, represente al ciudadano, sin preguntarle por quién vota, para defender sus derechos.

Hablamos del Partido Mejorar y la Fundación Apolo, dedicados de lleno a representar al pueblo, como lo establece el artículo 22 de la Constitución Nacional, por ejemplo con numerosas acciones ante la ley, algunas conocidas como el amparo a los runners y otras no menos importantes como el largo camino para que todas las escuelas tengan vidrios seguros.

De este modo, estamos abriendo las puertas a la participación en CABA, Provincia de Buenos Aires, Provincia de Santa Fe y planificando la expansión al país entero, porque entendemos la importancia de la representación del argentino, porque no caemos en la dedocracia, porque no nos marca el ritmo ni el oficialismo ni la oposición sino los ideales de libertad y progreso, bajo el respeto a la identidad y la voluntad del soberano, sin prerrogativas ni avances sobre la vida y la propiedad privada. Sin decidir lo que quieren los demás, sin rótulos ni adjetivos, sino atentos a las mejores soluciones para la Argentina.

Marcela Zadoff
Lic. en Letras Modernas de la Universidad Nacional de Córdoba. Redactora. Editora. Experta en Comunicación Institucional

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