Alberto Fernández y un confuso cuestionamiento a Rodríguez Larreta

Alberto Fernández dijo “El postergado traspaso por parte del Estado Nacional de la Justicia Nacional y la Policía Federal al ámbito porteño, parece haber cobrado en los últimos días una singular premura por parte de aquél y de los Estados Provinciales. Ello sólo se entiende cuando se advierte la velada intención de transferir los servicios sin los correspondientes recursos, significando en consecuencia un ahorro para la Nación en desmedro de la Ciudad”.

No, no es un argumento de Horacio Rodríguez Larreta, sino el de un legislador porteño que presentaba un proyecto de declaración como parte de la coalición Encuentro por la República conformado por Domingo Cavallo y Gustavo Beliz.

El representante de origen peronista continuó su argumentación: “Evidentemente no se trata de cumplir con mandatos constitucionales y legales, sino simplemente de obtener un rédito económico para la Nación –acordado sugestivamente con las provincias– perjudicando claramente a uno de los pocos presupuestos ordenados de la República”.

No, no fue ayer ni hace unas semanas, ocurrió hace casi veinte años (18 de julio de 2001). Pero el hombre no se quedó sólo ahí: “Debe tenerse muy presente cómo la cifra indicada influye en el presupuesto general de la Ciudad y correlativamente como ello afectará la calidad de vida de sus habitantes. De no incrementarse la presión impositiva en la jurisdicción que produce casi un tercio del PBI nacional a efectos de satisfacer esos servicios esenciales, se deberían cercenar los gastos de otras áreas tan vitales como salud o educación, por ejemplo”.

Sí, puede que sean los mismos argumentos que esgrimen –con razón, dado que los números no mienten– los funcionarios de la gestión de Horacio Rodríguez Larreta. Pero el autor de ese proyecto no es ni más ni menos que Alberto Fernández, cuando oficiaba como legislador allá lejos y hace tiempo.

En una Argentina en loop permanente, es normal que nos encontremos siempre con los mismos conflictos y reclamos. Lo que no es habitual es que la víctima se convierta en victimario con exactamente los mismos argumentos. ¿No?

Bueno, en este caso no.

Hoy Rodríguez Larreta golpea las puertas de la Corte Suprema para que la Nación le devuelva el dinero correspondiente a los recursos necesarios para financiar la Policía traspasada. El dinero perdido afectará, según se pudo ver en el presupuesto 2021, la calidad de los servicios porteños en plena pandemia y habiendo sido justo Buenos Aires el epicentro de la plaga.

A la vez, la Nación pretendió que la Ciudad firme un convenio fiscal que le permitía aumentar impuestos a cambio de que retirara toda demanda contra la Nación por cuestiones de fondos coparticipables.

Y por si fuera poco, el secretario de Derechos Humanos de la Nación denunció penalmente al jefe de Gobierno porteño por la represión a los desmanes en el velatorio improvisado de Diego Maradona.

Todos parecieran querer pegarle a Rodríguez Larreta y basta con escuchar hasta los discursos en los debates legislativos. Hablar de las conferencias de prensa tripartitas con el Jefe de Gobierno y el Gobernador bonaerense flanqueando al Presidente son imágenes de hace dos o tres eras antropológicas, y sin embargo ocurrieron hasta hace pocos, poquísimos meses.

Hoy, el enemigo es Rodríguez Larreta. ¿Motivos? Elija su propio argumento.

Nostalgia

¿Qué tienen en común Alberto Fernández, Sergio Massa, Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli? Además de estar en lugares estratégicos de la vidriera política argentina –comenzando por el Presidente, claro– todos formaron parte del Partido Justicialista, sólo que los dos primeros llegaron al peronismo luego de pasar por partidos nacionalistas y los otros dos se iniciaron en el peronismo y luego se fueron.

Y si hilamos más fino, los primeros tres formaron parte, en algún momento, del gobierno de Carlos Menem como funcionarios. Y si hilamos más fino aún, tanto Rodríguez Larreta como Diego Santilli y Alberto Fernández trabajaron con Eduardo Duhalde.

Todos trabajaron en la campaña Duhalde-Ortega 1999, donde Alberto era tesorero mientras paría al Grupo Calafate para oponerse a las políticas neoliberales de Menem. Al menos eso dicen ahora. En el año 2000 Alberto Fernández, su tocayo Iribarne y Julio Vitobello crearon una agrupación antimenemista dentro del PJ porteño y llevaron de candidato a Cavallo. En aquel espacio, Alberto volvió a convivir con Diego Santilli.

Lo que bifurcó los caminos de estos cuatro compañeros de militancia en la Juventud Peronista fue el mismo evento que estalló todos los parámetros políticos de la Argentina a finales de 2001. Si bien continuaron en sus labores para las gestiones peronistas, para 2003 ya estaban en veredas contrapuestas: Rodríguez Larreta y Diego Santilli formaban los cimientos de Compromiso por el Cambio –génesis del futuro PRO– mientras que Sergio Massa y Alberto Fernández pasaron a ocupar cargos trascendentales en la presidencia de Néstor Kirchner.

Cuando el 25 de mayo de 2003 Alberto Fernández juró como jefe de gabinete de Néstor Kirchner dejó su banca de legislador porteño vacante e ingreso su compañera de lista, Elena Cruz. El listado de legisladores del cavallismo era tan variado que incluía nombres como Pimpi Colombo, Diego Santilli, Julio Vitobello y Víctor Santa María. En noviembre de 2005 Alberto Fernández blanqueaba ante la prensa el pase del diputado Eduardo Lorenzo Borocotó a las filas del kichnerismo. El médico todavía no había asumido su banca para la que había sido electo en la lista del PRO. Pero Alberto Fernández y Borocotó se conocían de la época de Cavallo y ambos ya habían integrado la lista.

Alberto y el enemigo deseado

Se puede usar como eslogan un “es con todos” o “Argentina unida”, pero lo cierto es que nada funciona tanto en la política democrática occidental de las últimas décadas como la polarización. “Nosotros o el abismo” no paga tanto como un “nosotros o ellos”, algo que ha ido en aumento a lo largo de las campañas de cualquier signo político en cualquier país y que en los últimos años cobró especial relevancia cuando el macrismo señaló a Cristina y no al peronismo. No podía señalar al peronismo por razones obvias que van desde un Rodríguez Larreta, un Diego Santilli, una Patricia Bullrich, un Emilio Monzó y así hasta finalizar una largo, larguísimo listado en un compañero de fórmula llamado Miguel Ángel Pichetto. Cristina se corrió medio paso, dejó que los que ella llamaba traidores se sumaran a su espacio y volvió el peronismo en una nueva encarnación.

De igual manera, durante meses Alberto Fernández apuntó a Mauricio Macri del mismo modo que Axel Kicillof tomó tanta saña contra María Eugenia Vidal que hasta la mencionó como “gobernadora”. Un día llegaron las primeras encuestas y se mostraron satisfechos por el desempeño de Macri y su aumento de imagen negativa. Otro día llegaron las encuestas y se asustaron de ver que de tanto mostrarse con Rodríguez Larreta, no solo le hicieron el favor de hacerlo conocido a nivel nacional –algo que en una campaña cuesta mucho, mucho dinero– sino que además era el que mejor imagen amasaba. El enemigo deseado era Macri y les creció un Horacio.

Si algo ha demostrado la dinámica política de los últimos tiempos es que cuanto más se ataca a un opositor, más se lo ayuda a crecer. De pronto, Rodríguez Larreta ya no era más un aliado sino alguien a quien había que bajarle el precio. Y como corresponde, se lo subieron.

La quita de la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires para entregársela a la provincia de idéntico nombre fue deliberada, premeditada y el reclamo de la policía bonaerense fue solo una excusa para comenzar la política de ahogo financiero. El conflicto existió y fue realmente preocupante, pero el listado de opciones que manejaba Axel Kicillof para resolver el problema salarial de los rangos más bajos de su fuerza de seguridad era muy larga: Emisión de deuda, reasignación de partidas presupuestarias, bonos a pagar y un sinfín de herramientas que un economista doctorado con honores debería conocer. Incluso tenía el permiso para hacer cualquiera de esas cosas porque este 2020 se gestionó con el presupuesto del 2019 prorrogado, y eso brinda el peor de los vicios al Ejecutivo: La discrecionalidad.

Del mismo modo, el presidente Alberto Fernández contaba con infinitas opciones hacia el conflicto provincial, la cual tenía en primer lugar a la más lógica: Arreglalo, Axel, ¿O acaso no querías gobernar la provincia? La segunda opción era darle una mano y allí es donde nace el largo sendero de soluciones posibles: Asignarle una partida extra, un giro del Tesoro y pedir más emisión en medio de la fiesta de impresión de billetes que duró todo el año para apagar el fuego.

Así y todo el presidente optó por el camino de la frazada corta del gasto argentino. De pronto, en medio de un crecimiento récord del déficit fiscal, a Alberto Fernández se le dio por la prudencia de los números y decidió reasignar partidas ajenas a través de un decreto que movió la repartija de los fondos coparticipables. Podría haberle reducido un poquito a provincias que reciben 400 veces más de lo que aportan, podría haberle sacado a otras de las únicas cinco provincias que generan más de lo que gastan, podría incluso haber hecho un combo entre varios distritos. Todo habría resultado igual en un conflicto interjurisdiccional en el que terminaría entendiendo la Corte Suprema, pero al menos se habría disimulado un poco: A fajar a Rodríguez Larreta.

La quita de la coparticipación fue el primer gesto y la prueba está en los números bonaerenses: Tan sólo una quincena después la gobernación de Kicillof cerró un aumento del 15% al personal docente y no docente de la provincia y no hizo falta pasar la gorra por los despachos nacionales. También hubo aumento –esa misma semana– para todo el inmenso aparato estatal de la provincia más populosa de la Argentina. Y no, tampoco se llamó a Alberto Fernández para pedir plata.

Alberto Fernández logró lo inesperado por Rodríguez Larreta: Borrar al resto de la oposición. Por más esfuerzos que haga Patricia Bullrich, por más reuniones que se lleven a cabo en la mesa chica de Cambiemos, hoy el líder de la oposición según el oficialismo se llama Horacio Rodríguez Larreta.

Lo dice Máximo Kirchner en un discurso que, si quiso emular a su padre, le salió aún peor que cuando Néstor quería recordar que “Mauricio es Macri”, cuando Franco era uno de los empresarios que más laburaba con las gestiones de los Kirchner. Máximo quiso decir que Horacio era Macri y De La Rúa. Lo hizo en un discurso de cierre de bloque de una votación que terminará en la Corte Suprema. Lo hizo delante del presidente de la Cámara, un tal Sergio Massa.

Y nadie dijo nada.

Es cierto que para cuando ocurría toda la historia relatada al principio de esta nota Máximo era un adolescente, pero tamaña omisión por la historia solo puede ser adrede, tan adrede como el silencio del titular de Diputados.

O el silencio del Presidente.

Edgardo Marano

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