“Dejando hacer, dejando pasar…”

Cabe convenir con el lector que la frase con la cual he titulado la nota no resulta antojadiza en absoluto. Inclusive he de apelar a la más absoluta sinceridad, expresando que frente a un tema de tan magna y dolorosa trascendencia como es el antisemitismo, me ha resultado el punto central y de más difícil concepción en aras de encontrar el encabezamiento más apropiado a los efectos de tratar una cuestión de demasiada relevancia dentro de la historia de la humanidad en general y de la República Argentina en particular.

Por supuesto y como se podrá observar más adelante, Córdoba no podía “faltar a la cita” y en ese sentido, aportando un ejemplo triste, estremecedor, inhumano y desgarrador, en relación al extremo de odio xenofóbico manifiesto y que expondré circunstanciadamente con la intención de que el ciudadano recapacite y evalúe a ciencia y conciencia sobre quien es quien en esta sociedad.

Lo cierto y concreto, es que el título elegido refiere a la frase original “laissez faire et
laissez passer, le monde va de lui même
” (“dejen hacer, dejen pasar, el mundo va solo”)
atribuida a los fisiócratas franceses del siglo XVIII y que fuera usada por primera vez por
Vincent de Gournay en su crítica contra el intervencionismo del gobierno en la rama de la
economía. Resulta menester aclarar que aquella expresión del francés lleva implícita,
como síntesis, la doctrina naciente en cuanto a que las sociedades están regidas por un
orden natural y entonces los Estados no deben intervenir en ellas.

El consecuente efecto directo producido mostrará a la institución estatal en una clara posición abstinente desde lo direccional o interferencia, en especial en todo lo que atañe a la libertad individual de elección y acción. Por cierto, la concepción fisiócrata en cuestión alcanzó su máximo esplendor hacia mediados del siglo XVIII al clamor de la Revolución Industrial inglesa y en donde Adam Smith cumple un rol fundamental en la ciencia de la economía, transformándose en el padre de las teorías del libre mercado, pregonando la no intervención del Estado en los asuntos económicos.

Obviamente entonces el laissez faire nacido desde la Ilustración fue concebido como la forma de liberar el potencial humano que no está obstaculizado por restricciones de un gobierno.

Así la situación imperante por aquella época, seguramente el ciudadano lego de la actualidad y de suyo, con toda legitimidad, podrá preguntar sobre cuál era el rol que quedaba para el Estado y la Ley. La respuesta es bastante sencilla: En esencia, solo cabía el intervencionismo estatal para la protección de dos intereses; los derechos individuales de las personas y el derecho de propiedad. El andamiaje funcional del Estado en tal sociedad, únicamente debía relegarse a la tarea de proteger los derechos naturales del hombre, entendiéndose ello, a la tarea de protegerlo de la fuerza física. Y eso no podía ser de otro modo, pues el gobierno debía actuar como agente del derecho del hombre a la autodefensa y pudiendo utilizar la fuerza sólo en represalia contra quienes inicien su uso. Entonces, los gobiernos debían asumir sólo un rol de “mero medio” para el control objetivo del uso represivo de la fuerza, no interviniendo en la marcha de las sociedades, pues éstas “van solas” (le monde va de lui même).

El desarrollo que a modo de introducción estoy desplegando, claramente se ha referido a una posición o doctrina que ha constituido sin lugar a dudas un hito existencial para las artes científicas relacionadas a la economía y las finanzas.

Pero debe tenerse bien claro que la elección temática que asumo, es la que considero la apropiada a los efectos de demostrar que cuando una sociedad –como la argentina- se apropia del “laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même” para practicarla en otros órdenes o disposición de ideas, trae aparejado, como consecuencia, la naturalización de hechos que categóricamente resultan lesivos a principios y derechos que se ubican en la más alta escala o jerarquía dentro de la pirámide de intereses que todo Estado y toda sociedad debe prevaler y proteger.

Precisamente la vida, la integridad y la dignidad humana, la igualdad y la libertad de conciencia, se encuentran situadas en lo más alto del bloque de constitucionalidad argentino y bajo ningún aspecto pueden renunciarse y negociarse la vigencia de estas garantías, tal cual fuesen mercaderías puestas bajo las reglas del libre albedrío mercantil por el individuo.

En dicho marco, afirmo convencido y a la vez con profunda tristeza y dolor, que la mayoría del pueblo argentino ha decidido observar con naturalidad la instauración de un orden maquiavélicamente concebido para que aquí pase de todo y a nadie le importe nada, donde solo vale que el fin justifique los medios y todo ello, reitero, bajo la práctica del principio de “dejemos hacer, dejemos pasar, nada me importa ni interesa y que el devenir de las cosas continúe sin necesidad de ninguna intervención”.

En términos más sencilla y directamente comprensibles, el pueblo argentino en su conjunto –comprendiendo a gobernantes y gobernados- ha decidido adoptar una posición apática, insensible y timorata, frente a gravísimos hechos que vienen ocurriendo y ante lo cual, entonces, nos encontramos dentro de un marco en donde la Constitución Nacional se ha tornado en letra muerta y ya no puede otorgar garantismo y protección al conjunto de la ciudadanía.

Dentro de ese contexto, bien podría tratarse aquí –por ejemplo- la gravedad que implica la reciente sanción de la llamada ley de “legalización (?) del aborto”. Esto es, una mera ley ORDINARIA que ilegalmente aborta a la mismísima Constitución Nacional; ello será motivo de otra nota específica para poner luz a una temática que conforme a derecho, ha nacido nula absolutamente y de manera insubsanable.

No obstante ello, todo el marco que he relatado, entiendo que resulta apropiado para incursionar en otra cuestión que viene ocurriendo y sobre la que nadie, absolutamente nadie, hace nada. Me refiero al cada vez más creciente ANTISEMITISMO que padece la República Argentina y que desarrollaré con la intención de provocar un despertar frente a la anestesia colmada de indolencia y apatía que rige los destinos de la Patria: “Estamos mal y vamos peor”, dijo un expresidente.

La vigencia del odio más antiguo

Que el antisemitismo continúa plenamente vigente y expandiéndose a lo largo y a lo ancho del mundo, es una realidad tristemente irrefutable. No es mi voluntad aquí el incursionar proponiendo definiciones varias sobre el significado estricto del término. Considero constructivo, eso sí, establecer una conceptualización ilustrativa. En esencia, es el odio al judío.

Por lo tanto, esa lamentable y discriminatoria conducta humana, constituye una tipología de tipo “abierto”. ¿Qué quiere decir ello? Pues bien, el odio al judío como sentimiento y conducta social “en blanco”, permite ser llenada con diversas manifestaciones que por acción u omisión revelan, transmiten o reflejan ese odio.

Como bien enseña Gervase Phillips –Profesor titular de Historia de la Universidad Metropolitana de Manchester- en la publicación de rigor académico “The Conversation”, la palabra “antisemitismo” fue popularizada por el periodista alemán Wilhelm Marr en su “Der Sieg des-Judentums über das Germentum” (La victoria de los judíos sobre el Germandom) publicado en 1879.

Tal cual profundiza el catedrático inglés, W. Marr “aparentaba ser un hombre completamente secular del mundo moderno”, rechazando explícitamente las infundadas pero antiguas acusaciones cristianas hechas durante mucho tiempo contra los judíos, como el deicidio o que los judíos participaban en el asesinato ritual de niños cristianos. Pero en realidad, explica Phillips, rechaza las antiguas demostraciones de odio contra el judaísmo, para en cambio, asentar su propio odio en teorías “modernas” como la del francés Ernest Renan, quien veía a la historia del hombre como “un concurso de configuración del mundo entre judíos semitas e indoeuropeos arios”. De allí que Marr instauró la idea de que la amenaza judía a Alemania era claramente racial, producto de su naturaleza inmutable y destructiva, llena de “peculiaridades tribales y esencia ajena”. Muy importante resulta ser la conclusión a la que arriba el afamado profesor de Manchester: “Antisemitas como Marr lucharon por la respetabilidad intelectual al negar cualquier conexión entre su propia ideología secular moderna y el fanatismo irracional y supersticioso del pasado. Es una táctica empleada por algunos antisemitas contemporáneos… La continua hostilidad hacia los judíos desde la época premoderna hasta la moderna ha sido manifiesta para muchos”.

También como un claro ejemplo aleccionador e ilustrativo de las continuas manifestaciones de odio racial que se han manifestado durante siglos y siglos de la historia humana, no puedo pasar por alto aquel ensayo de Donald G. McNeil Jr., publicado en el afamado The New York Times en su edición del 31 de agosto de 2009 y titulado “Encontrar un chivo expiatorio cuando ocurren epidemias – ¿De quién fue la culpa de la Peste Negra?”.

Parada obligada. ¡Me detengo un instante!

La humanidad se encuentra atravesando los efectos de la pandemia originada en el Covid-19 y como la historia del mundo lo demuestra, una vez más aparecen las expresiones racistas antisemitas, involucrando a los judíos como culpables de la existencia de una enfermedad. Esto es, 700 años después se repite la historia. Y muy tristemente, la Argentina y nuestra Provincia de Córdoba han aportado un epicentro neurálgico en la cuestión. No se puede dejar pasar sin hacer nada, pues de lo contrario nuestra sociedad “va sola” y en una estrepitosa caída sin fondo. Más adelante trataré puntualmente el caso. ¿No es así, Tomás Ariel Méndez?

Sobre la llamada Peste Negra y su utilización arbitraria para haber descargado el odio racial antisemita, Mc. Neil Jr. describe en el jerarquizado medio neoyorkino, sobre lo ocurrido en el siglo XIV: “En la Europa Medieval, se culpaba a los judíos con tanta frecuencia y crueldad, que es sorprendente que no se llamara la Muerte judía”. Durante el pico de la pandemia en Europa, de 1348 a 1351, más de 200 comunidades judías fueron aniquiladas, sus habitantes acusados de propagar el contagio o envenenar los pozos de agua.

Al respecto, el Papa Clemente VI emitió un edicto o bula, diciendo que los judíos no tenían la culpa. Por supuesto, no blasfemó culpando a Dios. Tampoco culpó a los pecados de la humanidad (aunque eso habría consolado a los Flagelantes, la secta de los auto azotes que a menudo dirigían las turbas que atacaban a los judíos como a la jerarquía de la iglesia corrupta, y eran considerados herejes). Fue tan pesada la carga que provocó la culpabilidad que tuvo que soportar el judaísmo acusado de provocar la Peste Negra, que recién 500 años después, al descubrirse que la enfermedad fue causada por gérmenes de ratas, se desvirtuaron las acusaciones contra el judaísmo.

Otro triste ejemplo del feroz odio racial desplegado contra el pueblo hebreo y también ocurrido durante la misma época de la Peste Negra lo constituye la cruel matanza “de Erfurt” en territorio de Alemania. Allí, en el año 1349, fueron masacrados 1.000 judíos como víctimas de la acusación que se les endilgaba, a razón de ser los culpables de aquella pandemia. Al recuerdo de esa masacre alude “El Tesoro de Erfurt” exhibido en el Museo de la Universidad Yeshivá de Manhattan.

En próximas notas seguiré exponiendo el flagelo del antisemitismo a lo largo de la historia y el daño que produce, aportando la documentación que avala mis afirmaciones y con la mirada desde el pasado hasta nuestros días y desde el mundo hasta nuestra Argentina, sin olvidar a Córdoba, desde donde escribo.

CONTINÚA EN UNA PRÓXIMA NOTA

Fabián Moscovich
Abogado. Ajedrecista.

1 Comentario

  1. Exc la reseña histórica! Agradezco que sigan mostrandònos e ilustrando.
    Espectacular la nota.
    Comparto en redes.

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