El cinismo incomprensible de nuestros políticos

Hace casi nueve meses se llevaron a cabo en Argentina elecciones presidenciales de primera vuelta que ratificaron parcialmente los resultados de las elecciones primarias. La diferencia en puntos porcentuales entre las dos primeras fuerzas fue mucho menor a la prevista por las encuestadoras. Juntos por el Cambio terminó realizando, según muchos analistas, una buena elección, aunque no le alcanzó evidentemente para dar vuelta la tendencia registrada en los últimos meses a la contienda electoral final.

Esta breve introducción busca poner en contexto al lector. Aunque nadie pueda desconocer la realidad, los actores a veces parecen olvidarla. Nuevamente el debate electoral se instala en la opinión pública. Este debate, que transcurre con mucho ahínco y fervor, se apodera poco a poco de las portadas de los diarios ante la mirada atónita del ciudadano, que no ha perdido todavía la esperanza de que algún día los políticos en Argentina se dediquen a gobernar. No me refiero únicamente al gobierno. También me refiero a la oposición.

El ciudadano medio espera que los dirigentes políticos, una vez transcurrida la contienda electoral, gobiernen orientando sus acciones hacia el bien común. Por su sistema electoral, tenemos en Argentina elecciones nacionales cada dos años. Aunque este hecho pueda parecer inaceptable para muchas personas, la realidad es que los políticos viven pensando permanentemente en las elecciones, no importa que sean cercanas o lejanas en el tiempo. Al punto que, el Congreso, el órgano más representativo de las diferentes opiniones y preferencias en una sociedad, deja sistemáticamente de operar (*).

Como politólogo, debo decir que esto no es normal. Lejos está de serlo. La razón habría que buscarla quizás en el pensamiento de nuestra clase política, un pensamiento cortoplacista y poco abocado a resolver los problemas estructurales del país. Alguien diría que solo le interesa obtener cargos o prebendas, pero yo iría más allá de esta afirmación: las causas fundamentales de este fenómeno son el cinismo, la polarización política cada vez más intensa y la incapacidad de ponerse de acuerdo y construir políticas de Estado. Desde ya que el sistema, tanto electoral como presidencialista de gobierno, no ayudan en la tarea de gobernar de manera eficaz.

La polarización política, como señalé, es un hecho a destacar. Pero esta realidad no existió siempre de esta manera. Durante muchos años, especialmente en los años del boom de los commodities y las materias primas (desde 2002 hasta aproximadamente 2012), el oficialismo gozó de una posición de privilegio en relación a la oposición. Este período abarca los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y una buena parte de los de Cristina Fernández (2007-2011; 2011-2015).

Durante esos años, el gobierno se apoderó de recursos que le permitieron, entre otras cuestiones, extender la planta de empleados del Estado, nacionalizar un conjunto de empresas denominadas estratégicas, distorsionar el funcionamiento del federalismo quitando o poniendo recursos a discreción en las provincias e intervenir la justicia con fines político-partidarios. Por no hablar de su creciente influencia en los medios de comunicación. Los planes sociales pasaron de ser una herramienta de emergencia en 2002 a ser un instrumento de política destinado a manipular a los pobres e indigentes. Sin medias tintas.

Mientras esto sucedía, la oposición política orillaba en elecciones nacionales para presidente el 10-20% de los votos, muy lejos del caudal electoral del oficialismo (**). Este período se podría caracterizar, forzando un poco los términos, como hegemónico por parte del oficialismo, de debilidad electoral y fragmentación política de la oposición y de relativa prosperidad económica (crecimiento de la economía y del PBI promedio).

La situación para el oficialismo comienza a cambiar a partir de 2012 o 2013 con la lenta pero constante disminución de los precios de las materias primas y sus volúmenes exportables en los países emergentes.

Una primera señal de alarma para el kirchnerismo se manifestó en lo que se denominó La Crisis con el Campo en 2008, en lo que constituyó una virtual parálisis del principal rubro de la economía (aquel que obtiene la mayor cantidad de dólares del exterior gracias a su capacidad exportadora). Una segunda señal se expresó en 2009 con la Crisis de las Hipotecas Subprime, cuando la economía cayó alrededor de un 4% (***).

Más tarde, el gobierno de Mauricio Macri, que había alcanzado la presidencia con la promesa de terminar con la pobreza, unir a los argentinos y luchar contra el narcotráfico, tuvo que enfrentar severas crisis económicas (producto de sucesivas devaluaciones del peso) que desafiaron su capacidad de estabilizarse en el poder.

En mi opinión, el principal déficit de la administración Macri fue su incapacidad de tejer alianzas políticas y la falta de una visión estratégica para el país. Cuando parecía que el oficialismo tenía una reelección casi asegurada, las fuerzas del mercado (mucho más poderosas que cualquier Estado o conjunto de Estados) irrumpieron con toda su fuerza y crueldad para negarle esa posibilidad al oficialismo. El gobierno había dilatado las reformas que el país necesitaba, dinamitando la confianza de los inversores y de los ciudadanos que veían como día a día su poder de compra disminuía al compás de la fuerte devaluación de 2018-2019.

El año 2020 representa políticamente un año de equilibrios y empate entre fuerzas (****). El escenario es el siguiente: dos coaliciones poderosas -el Frente de Todos en la centroizquierda, y Juntos por el Cambio, en la centroderecha- se disputan el protagonismo electoral, político y mediático. Ya no existe una debilidad opositora, tampoco hegemonía por parte del oficialismo. La pandemia del nuevo Coronavirus echa un nuevo ingrediente al cóctel explosivo que significa la economía argentina, tensando las cuerdas y poniendo al país al borde del abismo.

Frente a este escenario, el oficialismo ha optado por la vía decisionista, es decir, el camino de tomar decisiones inconsultas con el afán de mostrarse fuerte en un escenario de crisis e incertidumbre. El Congreso ha dejado virtualmente de funcionar y la debilidad del Poder Judicial es notoria. Los actores más importantes de la oposición han optado por confrontar abiertamente con el oficialismo. Se llega a constituir de esta manera un escenario de confrontación permanente y polarización sistémica. Unos y otros se echan la culpa de los problemas y ninguno es capaz de brindar soluciones, mientras la mayoría de los ciudadanos somos rehenes del fuego cruzado entre ambos bandos.

Considero que los actores más importantes (como el presidente, su gabinete y los principales líderes de la oposición) deberían hacer 5 cosas para que la situación no escale más de la cuenta y poder gestionar la crisis política y económica:

  1. Centrarse en la agenda de gobierno, postergando la discusión electoral hasta nuevo aviso.
  2. Despersonalizar la discusión y poner el foco en los temas que hacen al bienestar de la gente, de los ciudadanos de a pie.
  3. Mirar al futuro.
  4. Restaurar rápidamente el pleno funcionamiento de las instituciones democráticas.
  5. Producir un relevo en el liderazgo de los partidos políticos, situando al frente a dirigentes más moderados (y desautorizar a los radicales).

Con estos elementos, la Argentina se podría volver a levantar y dejar atrás la confrontación para volver a crecer en un futuro no lejano. El problema de la Argentina es primero político y luego económico.

El abismo parece estar cerca, pero los actores aún están a tiempo de reaccionar y cumplir con lo que la mayoría de los ciudadanos demandan a los políticos que los representan: el progreso económico y social y el fortalecimiento de la república. Ese es, por supuesto, también su deber; según lo estipula nuestra Constitución Nacional.

*Esto es especialmente así en años de elecciones

**En 2007, la fórmula Elisa CarrióRubén Giustiniani cosechó el 23.04% de los votos, quedando muy lejos del Partido Justicialista. En elecciones legislativas, el desempeño de la oposición fue mejor, siendo que, por ejemplo, en 2009, el empresario de medios Francisco de Narváez enfrentó y triunfó con éxito sobre la fórmula liderada por el ex presidente Néstor Kirchner y su aliado, Daniel Scioli. No obstante, el éxito (limitado) de una figura como de De Narváez se debió más a su capacidad de influencia en los medios de comunicación, su carisma y sus promesas en el campo de la seguridad ciudadana, que a su desempeño efectivo como político en la escena nacional. Sin un partido nacional fuerte con estructura territorial, su protagonismo en la política nacional sería solo pasajera. En 2013, el candidato del Frente Renovador, Sergio Massa, le pondría un límite al proyecto de reelección indefinida de Cristina Kirchner. Massa, no obstante, debía por entonces gran parte de su conocimiento y su popularidad al kirchnerismo, ya que había sido jefe de Gabinete durante la primera presidencia de Cristina Fernández (2007-2011).

***La cifra exacta es una incógnita, ya que el organismo encargado de medirla se encontraba intervenido por el gobierno. A pesar del relativo aislamiento internacional, la crisis golpeó fuertemente al país. La caída contrasta con lo que pasó en Chile en la misma época. Gracias a la buena gestión de la crisis por parte del gobierno de Michelle Bachelet, Chile logró amortiguar la caída de su economía. El país trasandino estaba, en realidad, más preparado para enfrentar el problema que la Argentina gracias a la mayor capacidad de ahorro de ese país. El fondo anticíclico creado por ley nacional (un producto más del consenso entre su clase política) le permitiría sortear esa crisis de excelente manera, elevando los niveles de popularidad de Michelle Bachelet en las encuestas.

****El concepto de empate alude a la dificultad de las fuerzas políticas consideradas individualmente para “imponer” por sí mismas su proyecto al resto de la sociedad.

Franco Frigidi
Licenciado en Ciencia Política (UBA)

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