El comunismo norcoreano avanza sobre los perros domésticos

La dualidad a la que nos hemos visto sometidos en estos últimos meses durante la pandemia es algo que se ha vuelto hasta cliché: Y es que es notorio lo conectados que estamos a pesar de estar tan distanciados unos de otros. E indudablemente esto es algo que va mucho más allá de como se ha modificado la manera en que tenemos de relacionarnos con nuestros familiares y seres queridos. Esta es una situación que también se repite en la forma en la que nos informamos: Estamos aislados. Lejos del mundo. Sólo algunos afortunados – o desafortunados – tienen el permiso de salir de sus casas hasta su trabajo, a lo sumo algunos tendrán permitido también ir al cuidado de algún adulto mayor. Y eso es todo, esa la única conexión con el mundo exterior. En contraposición, nunca antes habíamos estado tan al tanto sobre cómo se encuentra la economía de países que se halan a cientos de miles de kilómetros de nosotros, mucho menos de cómo funciona su sistemade salud y hasta sus escuelas y universidades. En los últimos meses nos hemos visto bombardeados por una lluvia de datos de los que nunca creímos que nos íbamos a interesar.

Sin embargo, el exceso de información se ha tornado claramente contraproducente, ya que cuando tratamos de asimilar una noticia, esta se ve automáticamente opacada por otra que nos lleva a desviar nuestra atención hacia ella. No tenemos tiempo de terminar de sorprendernos, indignarnos, o incluso también, preocuparnos.

El mejor ejemplo de esto es el anuncio del régimen coreano de Kim Jong-Un sobre la prohibición de la tenencia de perros como mascotas. La ridícula excusa utilizada para justificar dicha atrocidad que atenta no solo contra las, ya escasas, libertades individuales, sino también contra toda lógica y racionalidad – los invito a pensar como le explicarían ustedes a sus hijos, sobrinos o nietos que a partir de hoy se tienen que despedir para siempre de sus mascotas, sólo porque lo dice el gobierno – es que la tenencia de estos animales es un “lujo burgués” y una “tendencia contaminada por la ideología burguesa”, por lo que la prohibición de los mismos es un intento de proteger al país de la “decadencia capitalista”.

De esta manera, las fuerzas de seguridad norcoreanas identificarán hogares en los que la gente posea perros de compañía, obligándolos a entregar los mismos por la fuerza, para que luego, en teoría, los animales sean enviados a zoológicos públicos. Sin embargo, el temor de sus dueños es que sus mascotas sean revendidas a restaurantes que ofrecen carne de perro como parte de su menú. Recordemos que, según la Organización de las Naciones Unidas, de los 25,5 millones de habitantes que habitan en Corea del Norte, más de la mitad, el 60%, enfrentan una escasez de alimentos generalizada. Y para empeorar la situación, la misma se está viendo acrecentada, además, a causa de la decisión del cierre de fronteras con China, debido a la pandemia por coronavirus.

No está de más agregar que, en Corea del Norte, la gran mayoría de la gente cría en sus hogares otro tipo de animales, como cerdos y ganado, mientras que sólo las familias más “pudientes” y los oficiales de alto rango poseen perros como mascota. Es por esto que muchos afirman que otro de los motivos de la prohibición de la tenencia de los canes como animales de compañía apunta a calmar el descontento que se había estado gestando entre las clases sociales más bajas.

Si bien no es una novedad el hecho de que todavía existen países asiáticos donde se consume este tipo de carne, puede resultar fácil ignorar está situación mientras finjamos desconocer el trato inhumano que reciben los perros destinados a consumo. Sin embargo, ahora se ha cruzado una línea capaz de horrorizar a cualquiera, porque ya no estamos hablando de perros aleatorios, callejeros, a los que iban a asesinar, sino a perros con dueños, perros criados en familia, con amor. Y es que, lamentablemente, esto no es más que la cruda prueba, de la crueldad y la decadencia absoluta a la que conduce fatalmente el comunismo, una vez agotados los recursos.

Florencia Szykula

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