Elogio del Mérito: Roberto de Vicenzo

Como hemos destacado en notas anteriores (Jeff Bezos, de Amazon; Horacio Pagani, de Automóviles Pagani), nuevamente recreamos la vida de una personalidad de origen humilde, que en base a su propio esfuerzo logró crecer hasta llegar a la cima del mundo…Roberto De Vicenzo.

Hace ya 53 años, nos llenaba de orgullo a los argentinos el triunfo de Roberto de Vicenzo en uno de los torneos de golf más destacados: El Abierto Británico.

No sólo por este gran logro del 15 de julio de 1967, sino por su carrera ejemplar y su perspectiva ética, se ganó el lugar en el podio de los deportistas más destacados y queridos de nuestro país.

Con sus 230 títulos en diversos torneos, en este deporte de caballeros que exige juego limpio y transmite valores tales como el respeto, el reconocimiento del rival como compañero del juego y el permanente esfuerzo para la autosuperación, De Vicenzo nos ha deparado un nombre en el deporte que nadie logrará borrar.

El caddie corazón de oro

Por sus orígenes humildes, decidió estar cerca del golf a través del oficio de caddie, desde los nueve años en el Club Argentino de Migueles. Al año jugó primer torneo, a 15 años ya se desempeñaba en el green como un jugador profesional. Su crecimiento fue reconocido con numerosos premios, además del Abierto Británico, tres torneos del PGA Tour (1957-66-68) y del Senior PGA Tour (1974-80-84), la Copa Canadá (mundial de golf, en 1953) y nueve trofeos en el Abierto de la República Argentina.

El duro entrenamiento rindió sus frutos, especialmente en Gran Bretaña, el 15 de julio de 1967, cuando a los 44 años de edad, se consagró campeón del Abierto Británico, disputado en el Royal Liverpool Golf Club, en la ciudad de Hoylake. El Abierto constituye uno de los cuatro torneos más importantes, denominados torneos mayores de golf masculino o “Majors”. Gracias a su precisión, el destacado deportista argentino se alzó victorioso con una tarjeta de 278 golpes (70-71-67-70), superando a golfistas mundialmente famosos como Jack Nicklaus y Gary Player.

El niño caddie se llenó de gloria en base a su perseverancia y un talento que desarrolló en base a su propio esfuerzo. Tuvo entonces el mérito de ser el primer latinoamericano en ganar un “Major”, y hasta hoy es el único argentino que logró el primer premio del torneo más antiguo de golf, cuyo origen se remonta a 1860.

La corrección ante todo

Más tarde, el 14 de abril de 1968, en el Masters de Augusta (uno de los cuatro “Majors”), dio un ejemplo de juego limpio y respeto al reglamento, muy lejos de la “viveza criolla” del gol con “la mano de Dios”, tramposo y soberbio que algunos argentinos siguen festejando. Cuando disputaba el hoyo 17, ejecutó un espectacular birdie pero su compañero, Tommy Aaron, en lugar de registrar el golpe, le anotó dos. De este modo, De Vicenzo firmó la tarjeta de puntuación, aceptando con su firma la cuenta errónea, por lo cual el campeonato fue otorgado a Bob Goalby. Al advertirlo, posteriormente, el argentino no apeló. Este gesto fue reconocido mundialmente y le otorgó un prestigio que lo acompaña cada vez que se menciona su nombre. “Primero están las reglas, la posición es secundaria”, dijo acerca del caso donde demostró el respeto ante todo.

Reconocimientos internacionales y locales

Por su historia de vida, por su gesto de caballero y aferrado a las reglas, el PGA Tour Latinoamericano le dio su nombre al reconocimiento “Orden de Mérito”, que distingue al mejor jugador de cada torneo, no por sus logros deportivos sino por sus virtudes.

El caballero del Masters de Augusta, por su corrección en el juego fue homenajeado en la Cena de Campeones del Masters. También se lo galardonó al ser nombrado miembro honorífico del club británico Saint Andrews.

Otro momento digno de ser destacado aconteció en 1989, al ingresar su nombre en el Salón de la Fama del Golf Mundial. En el quincuagésimo aniversario de su título en el Abierto Británico, fue debidamente homenajeado colocando su firma en una de las tribunas del hoyo 18 del Royal Birkdale Golf Club. En 1998 fue nombrado ciudadano ilustre de Berazategui; en 2002 se realizó una estatua situada en el Paseo del Deporte, que fue hecha con llaves que aportaron los vecinos, en una demostración de gran afecto hacia el golfista de humilde origen y enorme mérito.

Berazategui, su cuna y lugar en el mundo, erigió en su honor el Museo del Golf en 2006.

En 2015, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le brindó homenaje con una estatua en el Paseo de la Gloria, ubicado en Costanera Sur, inmortalizando una vez más a Roberto De Vicenzo, el humilde argentino que conquistó al mundo con sus triunfos y sus valores.

Historia de vida de Roberto De Vicenzo

Roberto De Vicenzo fue un enorme deportista con un bagaje de premios impactante, que ganó 231 torneos en 18 países de los cinco continentes, se quedó con el Abierto Británico de 1967, soportó con dignidad no jugar el desempate del Masters de 1968 y elevó su nombre al Salón de la Fama.

¿Tuvo privilegios? Por el contrario, contó cada centavo durante una infancia llena de carencias.

Rosa Baglivo, su madre, perdió la vida en 1933 en un complicado parto de mellizos que tampoco sobrevivieron. Roberto, nacido el 14 de abril de 1923, era el quinto de ocho hijos (siete varones y una mujer), con sus apenas 10 años se refugió en el deporte y disputó su primer torneo de caddies. Sin dejarse abatir por la situación familiar, que era a todas luces desesperante, no cejó en sus fortalezas morales y pudo, gracias a la agudeza de sus sentidos, perfilar su impronta de campeón. No era siquiera un adolescente y ya se había convertido en el sostén familiar.

El Maestro De Vicenzo recordaba esta época en el libro “Caballero, Golfista, Campeón”, contando que “a partir de la pérdida de mi madre quedé al cuidado de lo que sucediera con mis hermanos menores, porque mi padre Elías y mi hermana mayor trabajaban todo el día. Le preparaba el puchero a toda la familia. Mi hermana me dejaba la verdura y la carne lista y a mí me tocaba hervir el agua y luego cocinar para después servirlo”.

Nada de lujos de millonario, sino disciplina, colaboración, fortaleza y responsabilidad. Desde muy chico, el golf era su alegría en medio de la vida humilde y la ausencia materna. De esa forma, desde pequeño aprendió los conceptos del orden, el respeto y la responsabilidad familiar. “Si no existen las responsabilidades y los compromisos desde la niñez, al crecer se piensa que todo tiene el mismo valor”, reflexionaba.

Quienes conocieron su vida y su carrera hacían gala de su honestidad, sencillez y apego a las reglas. Asumió el desafío de sostener a su familia y lograr los más altos triunfos en su deporte, amén del reconocimiento de sus virtudes.

Un verdadero cultor del mérito y el esfuerzo personal, interpretó desde temprano la cultura del trabajo: En plena infancia, en el barrio de Belgrano, se dedicaba a entregar programas en los cines, a cambio de unas monedas, para luego viajar al Sport Club Central Argentino, en Miguelete, para seguir trabajando como lagunero. La tarea diaria consistía en recoger pelotitas desde elmfondo del agua para dárselas a los socios, también a cambio de unos centavos. La familia De Vicenzo vivió siempre en el partido de San Martín, primero en Chilavert y luego en Miguelete; donde el pequeño Roberto se enamoró del green, sus reglas claras, su meritocracia.

Mientras su padre, pintor de brocha gorda, se esforzaba para mantener a la familia, Roberto de Vicenzo terminó los estudios primarios y se debatía entre su deporte y un ingreso monetario. “Llegué a finalizar sexto grado y, después, había que comenzar a ganarse la vida de alguna manera”, contó.

Pero Roberto de Vicenzo, aquel jugador venerado por Jack Nicklaus, Gary Player y muchas otras leyendas, respiraba golf desde muy joven: Cuando no estaba en la cancha practicaba con un corcho y una vara, imitando una pelotita y un hierro. De a poco, Roberto se entregó al deporte de los birdies, pares y bogeys y pergeñó una frase para el recuerdo: “El golf se juega por dos motivos: Para bajar la panza o para llenarla. Lo mío fue el segundo caso, tuve que dejar de lado muchos de los placeres elementales de cualquier persona. Así entendí mi carrera y así la desarrollé”.

Más allá del deporte, su enseñanza nos orienta hacia el equilibrio personal: “Lo importante del hombre es despertar su interior; si se aprende a sacarlo, se progresa. La cabeza puede ser buena, pero si la lucha entre el interior y la cabeza no es pareja, la cabeza pierde toda su importancia”.

Entre los deportistas famosos, suelen posar de simpáticos los que no soportan un antidoping, los tramposos son aplaudidos por su picardía y muchas carreras se pierden en los excesos de la noche, pero este es el caso de quien fue ejemplo de self made man.

A sus jóvenes 15 años se destacó en el Abierto de la República, en 1938, disputado en el Ituzaingó Golf Club. Jugó con palos prestados, zapatillas de goma y ropa inadecuada. Cuando el prestigioso aficionado Luis Obarrio le preguntó por qué jugaba con ese calzado, respondió con su ingenio: “¿Sabés qué pasa, Luis? Me auspicia Alpargatas”.

Roberto de Vicenzo nunca dejó de jugar, nunca dejó de ganar, además del Abierto de Gran Bretaña cosechó 6 títulos en el PGA Tour, 4 Campeonatos Mundiales, 32 torneos nacionales, 26 triunfos regionales, 75 Grandes Premios, 63 victorias en América Central y del Sur, 8 Abiertos de Europa, 5 en la gira senior y 11 entre los Súper Veteranos, un período con el feliz ritual de alzar copas que abarcó desde 1942 hasta 1991, donde se codeó y jugó con presidentes, reyes, grandes artistas y magnates. Por sus logros, por su gentileza en el mundo entero es conocido como “El Caballero del golf”. Sus valores lo transformaron en un embajador de la Asociación Argentina de Golf (AAG) y de todo el deporte argentino. “Siempre pensé en mi país; los anuncios decían: ‘Roberto De Vicenzo de la Argentina’. Una desubicación de mi parte hubiera dejado mal parado a mi país”.

Fuente: La Nación.

Marcela Zadoff
Lic. en Letras Modernas de la Universidad Nacional de Córdoba. Redactora. Editora. Experta en Comunicación Institucional

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