Fin de año en infectalandia: Tsunami de materia fecal

Las familias confinadas en sus viviendas padecen como nunca antes la dependencia de su situación económica, porque ya no alcanza con el esfuerzo personal (mérito), sino que están subordinadas bajo la orden presidencial por un decreto con vigencia desde marzo de 2020 hasta marzo de 2021.

Quedate en casa” por decreto fue, es y sigue siendo el mandato de la cara casta gubernamental, entre un presidente que abusa de los DNU y los miembros de una oposición que se vio compelida, inicialmente, a apoyar por temor al virus (y qué me contursi de asumir alguna responsabilidad gubernamental, “equivocate solito Alverso”, porque así es el amor en tiempos del coronavirus).

De este modo, el gobierno organizó un masivo reparto de billetes (con el circo correspondiente) a las personas en situación de vulnerabilidad y también a las empresas, atrapadas entre la prohibición de trabajar, la prohibición de despedir y los amagues para que cedan parte de su capital a cambio de un aporte para el pago de los sueldos.

Los de la cara casta (por debajo de la mesa /acaricio tu rodilla) no se bajaron los sueldos, ni siquiera donaron una parte, simbólicamente, sino que osan reclamar espasmódicamente que deberían ganar aún más…

Los que no tienen trabajo por una diversidad de situaciones (no buscan, no consiguen, no hay; los universitarios recién recibidos a la par de los nietos de planeros…) todos igualados para abajo, están IFEados pero no alcanza por la inflación y ya está avisando el “menestro” que no habrá más, para la Feliz Navidad de la dama y el caballero.

Entonces, si arde Argentina, aparecería Filomeno Filminas con papeles españoles para todas/es/is/os/us. (El retorno, les aviso, va a necesitar un refresh a las ojeras).

Está bastante devaluado el Capitán Beto mientras Ego Feroz está destilando al nene para 2023 y los fanáticos, dispuestos a votarlo como secuestrado en Estocolmo.

Vicentín y los Etchevehere-sin-Dolores son símbolos que han logrado visibilizar un conflicto a gran escala, mientras se reproducen las tomas de tierras y caen empresas o se van de Infectalandia. Como cuando en 197ypico fueron por Papel Prensa, el Poder Judicial tenía las puertas cerradas, el Legislativo suspendido y la Policía gatillo re fácil, encubrimientos exprés y dilación judicial atada con alambre. (Meté un amparo en el 76… te quiero ver. Metele un amparo a Zaffa, a ver si te da lugar…).

Cuánta tristeza al avecinarse las fiestas, las de egresados, las de fin de año, los cierres del año de empresas se convirtieron en cierre de empresas.

En medio de tanto dolor y pan dulce en cuotas, tenemos cifras vergonzantes, tanto de muertos como de desempleo, inflación, desproporción entre el empleo público (que cobra sin trabajar hace meses, que tiene estabilidad garantizada, que aumenta sus sueldos por decreto de Alberto de Costa Pobre) y el empleo privado.

Sumamos ahora un nuevo récord, para terminar de reventar a la clase media laburante y sus aspiraciones a una jubilación digna. Mínimo, por ahora, se dejó de psicopatear a “los ricos” (que nunca integra, a pesar de que su familia se enriqueció asombrosamente rápido) para ir, con el paseador de Dylan y Panqueque, el Ventajita, por los aumentos del servicio del área de salud y la reducción de los montos de jubilaciones (van por la muerte de innecesarios jubilados que estorban y ocasionan gastos al Estado).

Así que si aumentan las prepagas y las obras sociales, la gente empieza a temer que se retire la marea… como cuando el agua del mar se aleja de las playas por tsunami.

Aquí, en Infectalandia, los hogares de clase media (una subespecie en peligro de extinción) ven que la deuda privada que acumulan está a punto de ser una enorme ola de materia fecal que arrase con lo que queda de ellas.

Tarjetas de crédito, cuentas a pagar y facturas de servicios esenciales se suman a la deuda de impuestos municipales, provinciales y nacionales que, por la inflación, no fueron pagados porque el dinero fue usado para comida y nafta; hoy ascienden a montos imposibles de afrontar con el sueldo de un trabajador.

Dicen los que saben que es incorrecta la expresión “nivelar para abajo” porque siempre se nivela hacia arriba, por sobre el nivel del suelo, pero la banda de la Casa Roscada cavó tan profundo que nos deja en el subsuelo, bajo la amenaza de soltar amarras en medio del tsunami de las deudas familiares que habían prometido refinanciar y dividir en los doce meses de 2021.

Así van llegando los avisos de deuda de agua, luz, gas, internet, etc. Cada aviso es facturado entre $100 y $150, se suma a la deuda del servicio y sobre ese total se agregan intereses e impuestos.

Es decir, cuando usted pretenda pagar por el agua que consume, tendrá que sumar todos los avisos de deuda, con sus respectivos intereses, más el impuesto municipal, el provincial y el nacional. (Si piensa regar las plantas con la manguera, mejor baile la danza de la lluvia).

El levantamiento de una cuarentena que nunca existió según Betibuuuh, nos sumerge en el temor de las intimaciones con aviso de corte de los servicios. La clase media asalariada que perdió el 50% de su poder adquisitivo pero sufre descuentos de Ganancias, no tiene acceso a la tarifa social ni a reducciones del abono por bajar su consumo.

Nada justifica que los servicios esenciales contengan impuestos en sus facturas. No hay una razón valedera, ni una sola, pero las pagamos callados porque están incluidas y no tenemos opción.

Menem privatizó los servicios que antes eran públicos, bajo la consigna de que serían mejores por ser privados, pero nos restringió derechos al crear monopolios, por el contrario de toda lógica. En un país normal, las redes (por ejemplo, la red de agua) pertenecen al patrimonio nacional y el servicio a particulares es privado, pero se contrata a varias empresas para que compitan entre ellas y ofrezcan al usuario mayor calidad y menor precio del servicio.

Pero aquí somos clientes cautivos de monopolios que abusan de nosotros, y el Estado se suma con impuestos que no representan ninguna contraprestación. Sólo es recaudación pura y dura.

Hoy estamos transitando un noviembre que nos llena de pavor. Los que inicialmente apoyaron al Inquilino de la Casa Roscada retiran ese aval (primero se le retobó su rebaño y surgieron algunos halcones, ahora por unanimidad de casta), las facturas y avisos de deuda siguen llegando, los procuradores del Estado están intimando bajo amenaza de embargos, inhibición de firma, inicio de gestiones judiciales con costas y honorarios.
Ya lo dijo Rubén Blades: “El poder no corrompe; el poder desenmascara”.

Marcela Zadoff
Lic. en Letras Modernas de la Universidad Nacional de Córdoba. Redactora. Editora. Experta en Comunicación Institucional

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