Gente en la calle: Brutal desencuentro entre política y sociedad

Cada vez que llegan los momentos más fríos del año se empieza a reflejar en los medios un tema que parece ser estacional cuando es todo lo contrario. Cierto es que con el frío se activa la conciencia de quienes tenemos un hogar, un techo, un plato de comida, pero el problema de la gente que vive en la calle es algo que sucede en la grandes ciudades de nuestro país, principalmente en CABA, los 365 días del año. El último censo, extraoficial, de gente en situación de calle realizado en 2019, arroja la cifra de 7251 personas en forma estable y a eso debe sumarse la gente que duerme en los paradores del Gobierno de la Ciudad y aquellos que lo hacen eventualmente. Gente que vive en pensiones y que ante la falta de dinero duerme ocasionalmente allí. Estos números son anteriores a la pandemia y la cuarentena feroz impuesta por el gobierno. Hoy, a simple vista, la situación es mucho peor.

El fenómeno de gente en situación de calle llegó en forma tardía a nuestro país. Comenzó a ser visible con claridad a mediados de los 90, cuando el cambio económico de Argentina dejó a vastos sectores de la población sin trabajo y se profundizó con la crisis del 2001. A esa altura, en ciudades como Santiago de Chile, Lima o Río de Janeiro, era un fenómeno viejo y ya establecido.

Para que alguien termine viviendo a la intemperie se suelen dar una suma de factores. En general son tres: pérdida de trabajo, adicción, pérdida de lazos familiares. El orden en que se presenten no altera el resultado. El tema de la adicción es recurrente entre los indigentes porque nadie come de la basura tres días seguidos en el pleno uso de sus facultades mentales. La anestesia que da el alcohol o alguna droga de baja calidad sirve para olvidar el frío, el hambre, el miedo y la miseria. Se suele creer que el problema principal de quienes no tienen un hogar es la falta de comida. Al hablar con ellos se desprende que el acceso a un sanitario, la imposibilidad de higienizarse bien y lavar la ropa, la falta de medicación necesaria, el deterioro causado por adicciones de las que sin ayuda no pueden salir, la violencia, las violaciones a mujeres y a hombres, el robo de las pocas cosas que se poseen y hacen, por ejemplo, que duerman con el calzado puesto, se encuentran como necesidad, por encima de la comida, a la que mal que mal acceden con un poco más de facilidad. Esto no quita la buena voluntad de quienes se acercan a ayudarlos con un plato de comida caliente o un abrigo, pero el problema de fondo excede la buena voluntad de quienes deciden ayudarlos.

Los paradores oficiales suelen fracasar en su convocatoria. Son pocos los indigentes que se acercan a ellos. ¿Por qué?

El principal inconveniente es que aquél que vive en la calle suele establecerse en algún lugar que le permita sentirse seguro y, a la vez, donde pueda hacerse de algo de dinero ya sea, cuidando autos, pidiendo limosna en algún semáforo, pidiendo a los vecinos. Ese lugar hay que ganárselo y la ley de la calle es cruel. A veces se pelea para conseguirlo, a veces para defenderlo de otros en igual situación. Ir al parador por una noche implica perder el lugar. El indigente tiene que acercarse cerca de las 17 hs, no puede entrar alcohol y drogas, pierde el lugar y al otro día a la mañana se tiene que ir para volver a la tarde nuevamente. En definitiva, le prestan un lugar para dormir del que se siente ajeno, no tratan su enfermedad, y cuando vuelve al lugar donde estaba, sin dinero, tiene que volver a luchar por su espacio.

Lo más llamativo es que esto sucede delante de todos nosotros, aún de los que pueden tomar decisiones al respecto. La puerta del Senado de la nación está repleta de indigentes así como la Plaza de Mayo, dónde está la Casa de Gobierno y la Legislatura. Los políticos parecen no enterarse. Visto desde la mirada política predominante tiene cierta lógica, es un tema que requiere de abultados fondos y que no asegura votos.

Es mucho lo que se refleja en los medios y, en algunos casos, la utilización política que se hace de este tema, pero soluciones hasta el momento no hay. El motivo es que, en este caso, solamente el Estado puede hacerse cargo de esta demanda. Ningún privado puede invertir en volver al ciclo productivo a gente que ha perdido todo. Al día de hoy se destinan fondos para el mantenimiento de paradores y hay una estructura para tratar el tema. No se pone en tela de juicio eso, pero si que la política utilizada hasta el momento “rasca donde no pica”.

Cabe preguntarse a esta altura, por qué la gente decide vivir en la calle y no en una villa de emergencia. Ese tema nos llevaría a otras cuestiones que dan para tratarla en otra nota, pero que se resume en: las villas NO SON GRATUITAS. Ya no son los lugares donde van los desposeídos. Los que están en la calle no tienen ni lo mínimo para arreglar con el puntero del lugar, generalmente ligado a alguna comunidad, motivo por el cual la gente que vive en la calle es toda DE NACIONALIDAD ARGENTINA. Los extranjeros son contenidos por sus comunidades en algunas de las villas que manejan. Los argentinos que viven en ellas o son habitantes históricos de lugar o tienen para pagar lo que les piden.

La única forma posible de acercarse a una solución en este tema, las únicas políticas que han dado resultado a nivel mundial, la única posibilidad de conseguir algún tipo logro devolviendo al circuito virtuoso a quienes han sido expulsados de él, es destinar el gasto a paradores semi-permanentes. Lugares donde las personas puedan vivir de manera temporal, ser tratados de sus adicciones, aprender un oficio y, buscar un trabajo y, en el caso de que la tengan, recomponer los lazos con su familia para que los contengan. Dónde puedan ir desandando el derrotero que los llevó a la indigencia para, cuando estén en condiciones, volver al mundo en la situación en la que estaban antes de su desastre personal. Es una gran inversión social y puede sonar utópico, pero si hay un rol del que el Estado debe ocuparse, es de este. No de la clase de zumba en Palermo, ni del recital de un cantante en una plaza. De esto, de garantizar que no haya gente en la calle. Y si queremos ser pragmáticos y no verlo desde el humanismo, si el tema lo vamos a abordar desde lo económico, es mucho más importante tener gente participando del mercado aunque sea informal que estando inactivos, rompiendo bolsas de basura, intrusando plazas… aunque más no sea por eso, ya vale la pena. Ni hablar si pensamos en las diferencias entre una vida condenada al fracaso frente a la posibilidad de recuperar a esa persona para la sociedad. Y todo esto sin nombrar la enorme cantidad de niños que padecen esta situación.

Es realmente irritante tener que escribir estas líneas en pleno 2020 cuando la política gasta miles de millones en perpetuarse a sí misma olvidando, dejando de lado, a personas que por algún motivo han quedado afuera del sistema. Si no cambiamos esto, nada de lo que se haga sirve.

Aníbal Ratti

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