La Argentina al desnudo

Por Antonio A. Fratamico (Mg. en Gobierno y Gestión Pública – Presidente Fundación Apolo) y Constanza Mazzina (Dra. en Cs. Políticas – Especialista en Política Latinoamericana)

En estos días, la preocupación mundial sobre el avance de la pandemia es la única noticia que recorre noticieros, diarios, radios de aquí o allá. Parece que lo único de lo que se puede informar es el número de infectados, recuperados o muertos. Pero poco se habla -o mucho se calla- de las consecuencias que este virus, y las decisiones tomadas por el Gobierno Nacional, generarán en el país, ni de por qué se toman estas decisiones, ni si ellas son acertadas o no.

Algunos economistas advierten que no se puede paralizar el país, porque el remedio será peor que la enfermedad. Menos aún se animan a intuir las consecuencias políticas. Es sabido que en situaciones de caos se encuentran los momentos perfectos para avanzar sobre las libertades individuales y por sobre las instituciones.

Argentina al Desnudo, entonces, propone analizar las decisiones que hoy se están tomando, y alertar sobre las posibles consecuencias que ellas implican.

El panorama

Según el Sistema Integrado de Información sanitaria del Ministerio de Salud de la Nación (del 2018), Argentina tiene 4,5 camas de internación por cada mil habitantes. La mayor cantidad se encuentra en la Ciudad de Buenos Aires (7,1 cada mil) y en las provincias de Córdoba (5,9 cada mil) y de Buenos Aires (5 cada mil). Es importante señalar que la Organización Mundial de la Salud recomienda tener entre 8 y 10 por cada mil habitantes.

¿Cuántas Unidades de Terapia Intensiva (UTI) hay en el país? Sólo 950. ¿Y cuántos médicos intensivistas hay? Alrededor de 1350.

Las decisiones del Gobierno

Hace aproximadamente unas 4 semanas atrás, el Ministro de Salud Ginés Gonzales García, afirmaba que «era imposible que el virus llegue a la Argentina». Días después, sostenía que «no creía que el virus llegue al país». Para el 9 de Marzo, el Ministro afirmó «nunca creí que iba a llegar tan rápido el virus». Aprendimos así que los virus no respetan declaraciones juradas en Ezeiza.

Llegado el virus al país, se intentaba llevar tranquilidad a la población aduciendo que «el virus no está dando vueltas por el país» sino que «llegó desde afuera».

Allí se tomó la decisión de realizar los test de manera centralizada, en el Instituto Malbrán. En esos días, se corrió la voz que la Directora del Instituto quiso decir públicamente que la capacidad del Malbrán para realizar test era limitada, ya que había pocos reactivos para realizar los estudios, y que por lo tanto los contagiados en el país podían ser más, o sea, no se sabía cuántos contagiados había. Algunas personas afirmaban que el Malbrán realizaba 8 estudios por día, otros decían 30, otros 100. Nunca se supo el número oficial. ¿Decisión gubernamental? Entonces se tomó la decisión de echar a la Directora del Instituto Malbrán (la política del relato).

Poca capacidad de realizar estudios genera pocos casos positivos, y así la gente está relajada, y circula pacíficamente pudiendo esparcir el virus. Así, comienza a crecer el número de casos positivos y comienza la preocupación. Se prohíben los eventos masivos, y se «cierran los cielos» para vuelos provenientes del exterior, por un período de 30 días.

El número de casos sigue creciendo, y se nota el faltante de insumos hospitalarios en todo sentido (material de protección, respiradores artificiales, reactivos para test, personal técnico). Ante esta situación, el Gobierno Nacional decide rápidamente instaurar una Cuarentena Obligatoria y se faculta al Poder Ejecutivo para tomar decisiones que no son de su competencia. Estas facultades habilitaron decretos que impusieron, por ejemplo, que todas las compras de test para detectar el virus debían ser centralizadas en el Gobierno Nacional, no dejando que ni las Provincias ni los privados realicen compras. Ahí matamos el federalismo de un plumazo. De la misma manera, se obligó a que toda la producción nacional de respiradores artificiales (una sola empresa en el país los produce) se destine directamente al Ministerio de Salud, para que éste compre todos los respiradores producidos. Lesión de derechos, habrá consecuencias.

Dicho esto, es claro que las decisiones tomadas por el Poder Ejecutivo Nacional han estado basadas en una sola premisa: evitar el colapso del sistema sanitario. Imaginemos por un minuto si la cuarentena obligatoria no se hubiese impuesto: el virus se expande a niveles exponenciales, y miles de personas hubieran sido internadas y, muchas de ellas, en terapia intensiva. El sistema no resiste.

Sabiendo las condiciones en que se encuentra el sistema sanitario argentino, habría colapsado en cuestión de días, y el Gobierno se vería en medio de una situación de caos sanitario total: así el Peronismo tendría que hacerse cargo de su impericia eterna en el manejo del Estado, sin poder echarle la culpa a nadie. Y así llegamos a la cuarentena social obligatoria.

Pero, ¿qué acarrea la cuarentena? La situación actual implica que muchísimos comercios y empresas cierren sus puertas por tiempo indeterminado. Pero resulta que, para muchos rubros de la economía, cerrar sus puertas implica que no les ingresa dinero. Sin dinero, no pueden pagar alquileres, ni impuestos, ni salarios, nada. Sin dinero, quiebran. Despidos masivos en contexto de doble indemnización. Un cóctel complejo.

Sin trabajo, la gente no tiene ingresos. Sin ingresos, no paga alquileres, ni impuestos, ni consume. Sin trabajo, la gente no tiene obra social. Sin obra social, todos se verán obligados a asistir al sistema público de salud, pudiendo generar el colapso del sistema sanitario que tanto se quiere evitar. Sin trabajo, no se realizan aportes a la seguridad social, por lo cual no se podrá sostener el sistema de jubilaciones y pensiones. Y así, si el Estado no recauda, no hay ingresos. Sin ingresos no se sostiene el nivel de gastos del Estado argentino.

Después de dos semanas de cuarentena seguimos sin plan económico para el día después. No sé ha tomado una sola decisión encaminada a pensar en los que sostienen con su trabajo y el pago de impuestos a toda la maquinaria estatal. Incluyendo la salud. Quizás esta crisis sirva para hacernos pensar y exigir rendición de cuentas: ¿cómo gastan los políticos nuestra plata? ¿En qué?

El miedo nos ha ganado. Lo que quedará será una economía diezmada, con un nivel de emisión monetaria tan alto que la hiperinflación está a la vuelta de la esquina, con estancamiento económico, mayor desempleo, y más pobreza extrema. Si, más. Más de todo lo que ya sabemos y que algunos economistas (pocos) se animan a decir en estos días. Ya nadie habla del riesgo país ni de la proximidad del default. Pareciera ser un insulto pensar la economía del después. ¿Hay después?

Lo tragedia argentina se resume así en décadas de malas decisiones, de corrupción y fiestas de gasto público, de mirar para otro lado. Hoy sufrimos las consecuencias del monstruo que hemos creado. Aquellos que defendemos la libertad debemos estar más atentos que nunca ante el embate de quienes, escudados en el miedo generalizado, quieren ocultar la realidad (mal gobierno por décadas) y aprovechar la situación para terminar con los vestigios de instituciones y libertades que aún nos quedan.

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