La cuarentena de los que no tienen voz

Indudablemente desde hace más de tres meses la vida cambió rotundamente para todos, en mayor o en menor medida, ya sea en detalles que ahora pertenecen a nuestra “nueva normalidad”, como el hecho de no olvidarse el barbijo antes de salir a la calle, concurrir al trabajo, facultad o colegio por medios virtuales, o hasta situaciones más dramáticas como las que tanto hemos visto en las noticias y leído en los diarios.

Quizá por indiferencia, quizá por falta de información, o hasta por el mismo miedo a una enfermedad sobre la que realmente sabemos muy poco, nos dejamos llevar por el arrebato de comprar alcohol en gel y encerrarnos en nuestras casas, con el sencillo propósito de protegernos tanto a nosotros como a los que más queremos, pero olvidándonos de quienes más dependen de nuestra ayuda en este momento: los animales.

Y no, no me refiero al caniche de alguna vecina que tendrá todas las noches su plato de comida y su cama calentita. Lo que estoy tratando de abordar es una problemática mucho más profunda, y que viene desde hace mucho, muchísimo tiempo atrás, culpa de la desidia del Estado y de una sociedad, en cierta forma, cómplice, pero que termina de explotar ahora, como tantos otros problemas que se vuelven más visibles, debido a la pandemia. Es la de los cientos, sino miles, de refugios de animales. “¿Para que levantan bichos de los que no se van a poder hacer cargo?” pensarán muchos. Porque pueden. O podían, o aún cuando, no eran capaces de ignorar el sufrimiento y seguir adelante como si nada. Porque siempre estaba la opción de hacer alguna changuita, de vender algo en alguna feria, o de lo que fuere. Todas posibilidades que ahora se ven coartadas por este “aislamiento social obligatorio”.

A esta imposibilidad de trabajar para poder cubrir las necesidades básicas tanto de los mismos proteccionistas como de los animales, se le suma un hecho que la gran mayoría desconoce, pero que es una de las mayores preocupaciones de quienes tienen tantos animales a su cuidado: la atención veterinaria. Y es que rescatar a un animal de la calle no es tan sencillo como llevarlo a dar un baño y cortarle las uñas para que se vea más bonito. Es un mundo aparte de enfermedades, virus, bacterias, vacunas e infinidad de tratamientos, operaciones, y días de internación. Es así como, la gran mayoría de los animales que son rescatados de las calles deben atravesar largos tratamientos debido a que se encuentran expuestos, por ejemplo, entre otros peligros, a garrapatas, causantes de distintas enfermedades tales como lo son el hepatozoon y la ehrlichia, esta última afecta y deteriora distintos órganos, entre ellos el hígado, el bazo, los pulmones y hasta los riñones, que si no es tratada a tiempo puede ser fatal.

Es ahora cuando otro obstáculo sale a la luz, y es que si bien la mayoría de las operaciones e internaciones corrían a cuenta de cada refugio, para chequeos generales y estudios más simples, los proteccionistas sabían que podían recurrir al Hospital Escuela la Facultad de Ciencias Veterinarias, que aunque tuviese turnos limitados por día (hábil), lo que implicaba tener que ir a hacer fila a altas horas de la madrugada para conseguir un lugar, seguía siendo un salvavidas en medio del océano para aquellos que tienen muchos animales rescatados y no pueden costear un veterinario particular. Vale aclarar que, si bien el lugar atendía a los animalitos que lo necesitaran, no es un hospital veterinario público, sino un hospital escuela, en el que los estudiantes de veterinaria, acompañados siempre por veterinarios profesionales, aprenden y estudian los casos que llegan al lugar. En consecuencia, si no hay estudiantes debido a la falta de clases por el distanciamiento social, no habrá nadie a quien enseñarle, por lo que tampoco estará disponible la atención veterinaria.

Decretada la cuarentena, el Estado no pensó en aquellos seres que no tienen voz para alzarla, ni aún en quienes, teniéndola, pero siendo pocas, sacrifican todo por ellos. Tampoco es de extrañar, en un país donde las penas para el maltrato animal son ínfimas, la Ley y la Justicia no actúan, las políticas públicas de esterilización son insignificantes y el abandono de animales es moneda corriente.

Son incontables los problemas que afrontan normalmente los refugios de animales, ya sean alimenticios, edilicios, o respecto de la salud de los rescatados, y que se exacerban en esta situación. Y si bien todos estamos atravesando un momento de conmoción social generalizada, sería fundamental que pudiéramos mirar hacia un costado y alzar nuestra voz en su nombre.

Florencia Szykula

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