Los duros meses después de la cuarentena

Con la firma del DNU 355/220 y por una decisión administrativa, el gobierno amplió el listado de actividades consideradas esenciales, las cuales se encuentran exceptuadas del Aislamiento obligatorio social y preventivo aplicado desde el 19 de marzo pasado. En esta nueva etapa, y considerando lo ocurrido aquel fatídico viernes 3 de abril donde miles de personas mayores fueron a cobrar personalmente sus haberes, desbordando las colas en la calle y la cuarentena, se incluyó a la actividad bancaria con turnos previos; las salidas a lugares cercanos de personas con discapacidad y de sus acompañantes terapéuticos y de personas con espectro autista; talleres mecánicos y venta de repuestos para vehículos de seguridad, salud y transporte público; la fabricación y venta de neumáticos; y la venta de insumos informáticos y librería mediante el envío a domicilio.

Son 48 los sectores que se encuentran exceptuados, que van desde los alimenticios hasta la fabricación de colchones. Pero la idea no es evaluar los sectores económicos que podrían “tener un mejor pasar” sino pensar en los días posteriores a que se acabe la cuarentena. Porque la crisis que golpeaba la economía argentina parece no encontrar su lugar más profundo y esta vez, como consecuencia de la paralización por el COVID 19. La caída del PBI se estima de 0,5% del PBI por cada semana de cuarentena, por lo que, siendo casi 6 semanas, se sumaría un 3% a la caída de la actividad que se registra desde el año 2017, pero con una caída en forma de acordeón desde, por lo menos, 8 años.

La única rama económica que se salva, por el momento, pareciera ser la agricultura: con buenas cosechas y al estar exceptuada del parate, pese al desplome de precios internacionales, manifiesta una dinámica que contrarresta al resto de la economía local. También, aunque ya como subsector, los supermercados han incrementado fuertemente su facturación motivado por las mayores compras de alimentos, higiene y limpieza y bebidas alcohólicas. Y las compañías de telecomunicaciones han manifestado un aumento del tráfico pero una disminución del pago de facturas.

De acuerdo con un informe de CAME, la venta minorista en alimentos y bebidas cayó un 18% en marzo y los afectados son los pequeños comercios. En esa misma línea, las farmacias de barrio perdieron un 33% de facturación, mientras que se generaron desplomes en ferretería (50%), juguetería y artículos escolares (61%), bazar (67%), calzados y marroquinería (64%), indumentaria (65%), mueblería (65%), neumáticos y repuestos (64%), electrodomésticos y artículos electrónicos (51%), joyería (65%). En este mismo informe se afirma que el 44% de los consultados no pudo cubrir ninguno de los cheques durante la cuarentena que solamente el 3% obtuvo préstamos del paquete de ayuda a las pymes, a pesar de que el 45% indicó que pediría alguna ayuda para pagar salarios. Y solo el 24% cree que la situación mejorará antes de los seis meses.

Con este escenario donde las áreas que están exceptuadas visualizan una pendiente negativa y las no exceptuadas mucho mayor, hay que atreverse a pensar el futuro económico del país, que podría pasar en los próximos días, semanas, meses.

No mires, por favor, y no prendas la luz

La asistencia o la salvaguarda del Estado, principalmente con emisión monetaria, a través del bono otorgado mediante Anses, denominado “Ingreso familiar de emergencia”, alcanzará a ocho millones de hogares. Suponiendo que en el país existen 12 millones de hogares, dos tercios de las familias argentinas se encuentran cubiertas, en mayor o menor medida, por el Estado. Hubo 11 millones de preinscriptos, y se espera, que por lo menos, medio millón de personas más lo puedan cobrar. Además, los jubilados que perciben un solo haber de hasta $15.892, que son el 70% de la masa de receptores, reciben un bono extraordinario de $3.000 por única vez para poder pasar con un poco menos de sosiego estos días. Poniendo blanco sobre negro, y contando a los trabajadores del Estado -o personas que cobran de algún tipo de estamento público-, los jubilados de la mínima, los monotributistas A y B, los informales y los que perciben AUH, sumando a los que están exceptuados, hay un 18% de las familias que se miran y ven al aislamiento como un problema.

Los sectores esenciales visualizan un problema de caída de consumo, donde las familias racionalizan los gastos en todo aquello que no sea fundamental para vivir estos días. Las panaderías vendieron un 70% en estas Pascuas, los supermercados se quedaron con las góndolas llenas de figuras de chocolate y las pescaderías con más de la mitad del pescado sin vender. Y son la cara visible de lo poco que la gente consume, porque los kioscos abren por las dudas, lo mismo los lavaderos de ropa, las rotiserías y las casas de comida, donde el delivery es realmente escaso.

Pensemos ahora en el sector turismo, que es el cuarto aportante al PBI nacional, con más del 10% del total, casi 60 mil millones de dólares por año y el principal generador de puestos de trabajo con 1,5 empleos por cada millón de pesos que se invierte. Centenares de pueblos y ciudades dependen exclusivamente de esa actividad, con gastronomía, textiles, hospedajes, agencias de turismo, etc., pero también con más de la mitad de la provisión de bienes y servicios, hoy ven destrozados sus comercios y perdido todo el 2020.

Las empresas textiles, por su parte, no fabrican y menos venden, lo mismo las marroquineras, las empresas de calzado del país que muchas de ellas son pymes y tienen competencia desleal con las multinacionales. La construcción, junto a todas las empresas abastecedoras, los albañiles, electricistas, plomeros, pintores, esperando que suceda un milagro. Así pasa con todas las actividades no esenciales y las esenciales también.

Lo primero que hay que pensar es que esto no termina cuando se finalice el aislamiento. Nadie va a llamar al arquitecto para hacer la parrilla del fondo, ni correremos a comprar el primer jean, ni tomaremos el primer avión a nuestra playa/montaña preferida. Posiblemente, necesitemos un corte de pelo, o de pasto, un electricista o plomero, un mecánico de auto, pero de esta situación recién se saldrá en un largo tiempo. Los comerciantes que viven del día necesitarán volver a los proveedores pero recién cuando tengan un mango para comprar, y los cuentapropistas volverán a consumir un poco más al momento que tengan trabajo y lo cobren. Los bares y restoranes, los cines y teatros tardarán meses en volver a llenarse. Es angustiante saber que posiblemente la cuarentena se vaya flexibilizando el andar hasta finalizar, pero volver a la vida anterior llevará páginas de almanaque tachados, donde también un gigantesco número de personas podrían quedar sin empleo, así como una enorme cantidad de trabajadores independientes vivirían intranquilamente, con escaso o nulos ingresos.

El rol del Estado después del aislamiento

El mensaje de poner la salud por encima de todo es adecuado. Y el del esfuerzo de todos también. El tema es cuánto se le pide a esa población que por un período de tiempo indeterminado la va a pasar mal. Aproximadamente 30 mil pymes están evaluando cerrar apenas puedas por lo insostenible de la situación económica. Con eso, se llevarían puesto más de 500 mil puestos de trabajo. Aunque, claro, del pensamiento al hecho puede haber un enorme trecho. Tener en mente la planificación macroeconómica considerando la microeconomía familiar es fundamental para la elaboración de políticas públicas que incluyan a toda la población. Pensar que el empresariado es una masa uniforme es un grave error, aunque sí es cierto que un importante número de los que mayor concentración de poder tienen poco o nada les interesa la economía del país ni la salud de sus ciudadanos.

Es válido recordar que el segundo semestre de 2019 finalizó con un índice de pobreza superior al 35%, que más de la mitad de la infancia vive en la pobreza, y que la deuda externa y la inflación heredadas son gigantescas. El desempleo finalizó el año pasado con dos dígitos, y creció en estos días. La actividad económica se seguía desplomando, al igual que el PBI. Será inevitable el rol del Estado en el fomento a la actividad productiva, una vez que la cuarentena finalice de una vez. Y también que la situación no se desmadre como para que la reactivación tarde lo menos posible.

Especular con una Renta Básica Universal a corto plazo no es descabellado, a sabiendas de que el Estado ha desplegado una importante batería de medidas en ese sentido, con una gran cantidad de recursos, que salen de la emisión monetaria. Pensar en cómo financiarlo es la cuestión: todavía nos debemos un importante debate sobre el futuro de las jubilaciones y pensiones, pero con números y estimaciones sobre la mesa, pensando en la sustentabilidad, siempre aprendiendo de los errores del pasado. Lo mismo con los subsidios y la tercerización de los recursos: centrarse en organizaciones -sean sociales, empresas o punteros políticos- o en la demanda, es decir, dar los fondos a las personas directamente, o en su defecto, pasar, a futuro, a renacionalizar servicios.

Lo interesante de esta pandemia global puede recaer en volver a situar al Estado como dinamizador y actor en la economía capitalista. Es decir, que no solo la seguridad y la defensa sean sus potestades, sino la educación, la salud, el transporte, el comercio; y evaluar si debe ser provisto por empresas públicas o privadas o por ambas, con auditorias que controlen efectivamente el funcionamiento. Y con esto no quiero decir que sea una imposición, sino una reflexión conjunta, porque, más allá de quién gobierne, el Estado sigue, y los fondos públicos se obtienen de los habitantes. Pero es una oportunidad para que el mundo deje el individualismo extremo, de ganancia espuria y de consumo express e innecesario que lo caracteriza y ver el futuro de forma colectiva.

Federico Glustein

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