Marchas: Nueva movilización contra el Gobierno

En otros países se llaman mítines, encuentros, concentraciones, manifestaciones, en Argentina “ir a una marcha” no implica, en líneas generales, la idea de desplazarse de un lugar a otro (a eso lo llamamos caravana) sino la idea de juntarnos en un punto a manifestar un ideal, ya sea para aprobar o desaprobar un hecho concreto.

Las marchas son un producto típicamente citadino. A nivel mundial ha habido algunas famosas y pueden rastrearse a través de la historia. Personajes tan disímiles como Mussolini o Lula deben su llegada al poder a grandes concentraciones. En nuestro país se consolidaron como un fenómeno de masas de la mano del peronismo. El hecho fundacional de este partido es el 17 de octubre de 1945, para algunos aluvión zoológico, para otros reivindicación popular, lo cierto es que desde ese momento el partido del todavía Coronel Perón hizo de cada convocatoria un llamado a la épica política. La idea era clara. Por un lado mostrar la fuerza de convocatoria de los sindicatos, que a la vez establecían una especie de competencia tanto por la cantidad de trabajadores convocados como por los lugares frente al palco. Se mostraba a “la sociedad trabajadora organizada” como un logro de la organización social. Por otro, la idea de que ese que está ahí arriba, el líder, ME ESTÁ HABLANDO A MÍ.

Desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente. Las continuas interrupciones a la vida democrática hicieron que las marchas, en ocasiones, se convirtieran en un modo de organización de la resistencia. Tal el caso del Cordobazo, que comenzó como una marcha el 29 de mayo de 1969 y terminó en una insurrección popular, hasta entonces sin precedentes.

En todos esos años el peronismo, y algún sector de la izquierda que se les sumaba, monopolizaron la composición social de quienes las integraban. El retorno de Perón comenzó con una inmensa, fallida y sangrienta congregación en Ezeiza y terminó, poco antes de su muerte, con la expulsión de los Montoneros de la Plaza. En el medio hubo otras, como siempre.

En tanto, el radicalismo, cuando convocaba lo hacía en lugares más chicos. El lugar emblemático de reunión era la Plaza de Mayo y al partido de Alem, sin el apoyo sindical, ese lugar todavía le quedaba enorme.

En 1976 comenzó la última dictadura y quedaron prohibidas las reuniones de más de tres personas, organizar una marcha estaba prohibido. Así y todo el 30 de marzo del ’82 el líder de la CGT, Saúl Ubaldini, convocó a la marcha por “Pan Paz y Trabajo”. Una multitud reprimida y hambreada por el congelamiento salarial desbordó la Plaza. Si bien la mayoría eran obreros sindicalizados, la precaria situación laboral hizo que se vieran, mezclados con ellos, trabajadores de saco y corbata y gente que llegaba por afuera de cualquier tipo de organización. Al finalizar, estalló una batalla campal entre obreros y fuerzas de seguridad. Sobre el humo de los gases lacrimógenos podía apreciarse el olor a fin de ciclo. Ni aún la marcha que se produjo tres días más tarde, en ocasión de la recuperación de las Islas Malvinas, y con una integración notoriamente diferente, pudo apagar esta sensación. De hecho, en un tramo del discurso y entre los vivas de los asistentes, cuando Galtieri dijo “Yo, como Presidente de la Nación…” resonaron los silbidos desde todos los sectores.

Pero las cosas comenzaron a cambiar. Al retorno de la democracia, Alfonsín decide disputarle al PJ un bien que siempre había atesorado, la calle, y convoca a una marcha de cierre de campaña en el Obelisco. Jugada riesgosa en un lugar muy amplio y difícil de llenar. Dos días más tarde, en el mismo lugar, convocaba el peronismo. La asistencia fue pareja, y terminó de convencer a los radicales que el triunfo era posible. El infausto hecho de la quema de un ataúd con la sigla UCR por parte del candidato peronista a gobernador de la provincia de Buenos Aires, reforzó esa sensación.

Desde entonces, las convocatorias a marchas se han convertido en un clásico de la política de nuestro país. Se puede decir que, de alguna manera, el curriculum que tengamos en cuanto a cantidad y pertenencia de cada una de las que hemos participado nos muestra el adn político del participante. Hubo de todo tipo. Por Derechos Humanos, por partidos, por reivindicaciones sociales y salariales. Por la inseguridad (por la muerte de Axel Blumberg). Hubo miles. Una de ellas, la multitudinaria marcha por la muerte del fiscal Alberto Nisman, fue la piedra angular desde la que la oposición al Cristinismo comenzó a hacerse fuerte.

En esta disputa de espacios, en los últimos tiempos, las redes sociales se han convertido en un factor de convocatoria central a la hora de llamar a ciudadanos que están por afuera de una estructura política o no se sienten representados por las mismas. Así es como muchos integrantes de la clase política especulan con las convocatorias y una vez que están encaminadas se suman, para no “quedar pagando”. Lo que muestra esta nueva forma de organización, es que el público en general, a la hora de autoconvocarse, es menos dependiente del político de turno quien en ocasiones no solamente no convoca, sino que por temores o conveniencias personales, actúa como tapón del reclamo popular.

Esto hace que se acerquen a una convocatoria de protesta personas que hasta hace unos años se mantenían alejadas de estos temas. Y es más factible en sectores que no responden al sesgo peronista, que en estas cuestiones prefiere seguir manteniendo ciertas tradiciones tanto de convocatoria como de traslado. Folklore que le llaman.

Las marchas políticas son las cicatrices de combate de cualquier ciudadano que se siente interpelado por las cuestiones que lo rodean. Es lo que le vas a contar a tus nietos. Es una foto de la historia que te permite decir “yo ese día estaba acá” y señalar un punto minúsculo de esa foto recordando adonde te habías parado. Parecen no definir nada, o casi. Sin embargo hay oportunidades en las que una convocatoria tiene muchas más repercusiones de las que imaginamos.

La situación de nuestro país está en un momento muy delicado. Hoy, 17 de agosto, no se juega el futuro del país en la calle, o casi no, pero una marcha multitudinaria puede llegar a hacer que se revean algunas de las cuestiones por las que la gente ha decidido marchar.

Va a depender de cuanta gente tenga ganas de contarle a los nietos “ves, ves esa manchita, ese de ahí soy yo”. Pensalo.

Aníbal Ratti

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