Pandemias: A seguro lo internaron con COVID-19!

…Despúes de olvidarse de él y mantenerlo alejado. Como si la historia de la humanidad no hubiese transcurrido entre pandemias: Desde la edad antigua hay registros de brotes que afectaron a gran parte de la población de un país o a muchas regiones al mismo tiempo. Los virus no perdonan ni tampoco discriminan al ser humano; poseen ese extraño y perturbador talento para atacar con su letalidad a cualquier ser humano que se le cruce; no le interesa edad; posición social ni jerarquía: De hecho; hay indicios de que el emperador Lucio Vero; que gobernaba en conjunto con su hermano adoptivo Marco Aurelio, murió en el año 169 víctima de la llamada peste anorina (denominada de esta forma por el nombre de la dinastía reinante en Roma en ese momento). Esta infección se desató en el Imperio Romano tras el regreso de tropas que habían combatido en Medio Oriente. Se cree que la enfermedad puede haber sido viruela o sarampión; pero no hay consenso entre los historiadores. Las estimaciones actuales ascienden a cinco millones de muertos, lo que la convierte en la séptima pandemia más letal de la historia; después de la peste negra (1347-1351); viruela (1520); gripe española (1918-1919); plaga justiniana (541-542); VIH/SIDA (1981-actualidad); la tercera peste (1855).

Y así podría continuar con una larga lista de pandemias que afectaron a la historia de la humanidad y sus consecuentes víctimas. Y es un hecho fáctico y sanitario además de biológico; que el ser humano desde que habita el planeta tierra; se encuentra y estará expuesto a cualquier tipo de enfermedad, más aún de todo tipo y clase de virus que se cruce en su camino. Desde el punto de vista científico este mensaje es claro y ya se nos advirtió que el COVID-19 no será la última pandemia ni mucho menos. Pero desde el punto de vista económico, las consecuencias no han sido mejores. Tomemos por caso la peste negra: esta epidemia supuso cambios profundos en la economía y un grave retroceso, el descalabro de población tardó en recuperarse cien años aproximadamente. Desapareció el comercio; cayeron ciudades, la gente se fue al campo, murieron reyes, afectó a todos los estratos sociales.

A corto plazo, las consecuencias económicas más relevantes de la también llamada peste bubónica, originada en el desierto de Gobi; se pueden resumir en que los campos quedaron sin trabajar y las cosechas se pudrieron. De ello se derivó una escasez de productos agrícolas; acaparados únicamente por aquellos que podían pagarlos. Los precios subieron, por lo que crecieron las penalidades y el sufrimiento de los menos pudientes.

Así; con cada peste que sobrevino a la humanidad, las calamidades económicas no tardaron en llegar y hacerse notar indefectiblemente y con ella los cambios sociales: los poderosos aumentaron su poder y su riqueza y el pueblo quedó mas empobrecido y perdió algunos derechos de las generaciones anteriores; además del hecho de que al caer la oferta de trabajo los salarios aumentaron y se ha visto que las mujeres encontraron muchas más oportunidades laborales en los gremios que hasta entonces las habían vetado.

Ante semejante panorama sería ingenuo pensar y de hecho ya comenzamos a observar, los cambios y consecuencias que dejará la actual pandemia del COVID-19. Tal testigos presenciales de dudoso privilegio tenemos ante nosotros un cambio de era con todo lo bueno y malo que eso conlleva: el trabajo en el rubro servicios es cada vez menos presencial para convertirse en teletrabajo; oficinas que quedarán deshabitadas ubicando al sector de real state ante una nueva perspectiva; gobiernos y Bancos Centrales ante la disyuntiva de emitir más dinero para socavar las consecuencias de la crisis económica sin generar una espiral inflacionaria descontrolada; el comercio se redefine a través del comercio electrónico; el avance de la ciencia y la tecnología en un año lo que tardaría normalmente en diez; incluso las relaciones humanas pasaron al plano de la virtualidad (cuántos cumpleaños se han celebrado este año por Zoom?). Así y todo aún los cambios están por verse con la pandemia en pleno proceso y no es de extrañar que las consecuencias sean aún mas profundas y extensas. Tal si fuese un incendio o una inundación y regresáramos a nuestros hogares luego de la catástrofe, las consecuencias se verán al final de la tragedia.

Las señales eran claras y evidentes, las pandemia acompañaron y lo seguirán haciendo a lo largo de nuestras vidas. Por lo menos desde el plano científico esto es más que claro y harto sabido. Pero desde el plano económico y financiero; por qué nos encontramos con un sesgo positivo; casi soberbio en pensar que estos hechos no volverían a azotarnos con sus consecuencias en un plano material?

Desde que comenzó la pandemia hemos visto como la Bolsa subía o bajaba al compás de las noticias ante el terrible agravamiento de la situación hasta la esperanza de una vacuna que nos devolviese a la vida normal. En el plano de la economía real o productiva las consecuencias son más mediatas y palpables; con negocios y empresas cerradas al borde de la quiebra y los consecuentes despidos. Y así podríamos contar las penas y hacerlas extensivas a todo el mundo, porque contrariamente a lo que se planteó al comienzo de esta pesadilla, no hay sociedad ni país en el mundo que lograra controlar exitosamente esta pesadilla.

Pero eran inevitable estas calamidades económicas plenamente inevitables? Pues en general probablemente no habría forma mejor para frenar la escalada de esta pandemia, lo que si había eran herramientas concretas disponibles que no se utilizaron y que oportunamente habrían ayudado a minimizar en parte la situación.

Un ejemplo concreto de ello es el seguro contra pandemia. Cuántas personas o empresas sabían de ella y la emplearon?

Hasta lo que sabemos; sólo uno: Wimbledon; que a diferencia de otros torneos tenía un seguro contra las pandemias, a cambio de pagar 1.643.200 euros; por el que ha podido reembolsar la cantidad de 114 millones de euros, un mal menor para la economía del tenis británico.

El seguro que no podrá utilizarse en 2021, no cubre todo el dinero que genera el torneo para el barrio y que asciende a unos 109 millones de euros anuales. Muchos vecinos alquilan sus casas a la familia del tenis; desde jugadores; pasando por agentes hasta periodistas. Y con ese ingreso extra pagan sus vacaciones y algo más.

Wimbledon es el único torneo que tiene firmado un acuerdo con el que el vecindario donde se encuentra la instalación por el que no puede haber tenis más allá de las 23 horas. Rafael Nadal fue víctima de esa norma en la semifinal de 2018 contra Novak Djokovic y que se suspendió al llegar esa franja horaria.

Cuántas otras disciplinas habrían evitado las exorbitantes pérdidas de haber contratado éste seguro? En un plano costo beneficio; las ganancias serían nulas pero las pérdidas sin dudas serían mucho menores. Es que acaso fallaron los asesores financieros o creyeron que era un costo totalmente innecesario?

Recordemos que el principal evento deportivo mundial; los Juegos Olímpicos y Paralímpicos Tokio 2020; pasaron a la historia como los primeros en posponerse después de la II guerra mundial; por acuerdo entre los Comités Organizador Local y quedaron agendados para 2021.

Otros certámenes que no pudieron retomarse fueron el mundial sub 20 femenino de Fútbol como la competencias motociclísticas de estilo libre que son de culto y de esta manera podemos hacerlo extensivo a las suspensiones que sufrieron el fútbol; la fórmula uno y el deporte en general.

Este mismo aspecto puede traspolarse a cualquier otra actividad de la vida en general dónde contratar un seguro contra pandemia sonaba a un hecho de ciencia ficción casi irrisorio.

No obstante ello; hubo personajes que se dedicaron a predicar la próxima epidemia que siempre está por llegar y que causará efectos colaterales económicos despreciables: en 2012 Nathan Wolfe; un cazador de virus que había recorrido el mundo para investigar los centros posibles donde estos microorganismos podrían pasar desde los animales salvajes a los humanos publicó «The viral Storm; the dawn of a new pandemic age (la tormenta viral: el alba de una nueva era pandémica). En él hablaba de eventos que ocurrían una vez cada cien años.

Pero había otra cosa que le pesaba. En los últimos años se había dedicado a pensar las pandemias no desde el punto de vista de los enfermos y los muertos; sino de sus consecuencias económicas: cierres de comercios, despidos; desalojos. Incluso habia llegado a trabajar en un seguro contra pandemias, pero nadie lo había querido.

En 2015 Wolfe (fundador de Metabiota) se había asociado con el gigante alemán de los reaseguros y el broker estadounidense Marsh para desarrollar y vender una póliza específicamente para proteger a las grandes empresas contra pandemias, para contener sus pérdidas financieras y mantenerlas a flote.

Intentaron cuantificar y ponerle precio a ese riesgo increíblemente remoto e impredecible. Si lograban hacer eso; tendrían que vender parte de él; encontrar inversores dispuestos a correr el riesgo. Nadie había intentado realmente hacer una transacción con un periodo de retorno de 1 en 500 años. Dos años mas tarde tenía las cifras y una lista de potenciales compradores. Algunos inversores grandes querían diversificar sus portafolios y el riesgo de pandemia les resultó atractivo: Munich Re les haría pagos anuales y en el raro evento de una pandemia; ellos deberían cubrir las pérdidas. Los fondos de pensiones se encontraban entre esos inversores: la longevidad es uno de esos factores de riesgo y una pandemia reduce ese factor. Y si ni había pandemia y la gente vivía tranquila y feliz y cada vez más años; ahí estaría la cuota regular de Munich Re para aligerar la cobertura de las pensiones.

Pero nadie compró ni una sola póliza.

Sólo un gran fondo de pensiones australiano pidió un borrador del contrato. Cuando comenzaron a redactarlo se encontraron con que la Organización Mundial de la Salud tenía un modelo de seis fases pandémicas que eran la base legal del contrato. Al llegar el año 2013 fue modificado por otro contrato más vago que el anterior con sólo cuatro etapas. Los años seguían pasando y la próxima pandemia se hacía esperar. Esto trajo un relajamiento aún mayor por parte de los jugadores económicos de la sociedad a pesar de que el alerta sanitario existía. Así en el año 2010 se llevó a cabo el Foro Económico de Davos en dónde se consultó si las empresas estaban preparadas para la próxima pandemia. La encuesta arrojó en aquel momento que el 60% de los directores ejecutivos de las empresas habían dicho que creían que el riesgo de un brote global era real; pero solo el 20% había hecho planes de emergencia. Ya la suerte (o mala suerte) estaba echada; la pandemia parecía a esa altura un símil al cuento del pastorcito.

Pero llegó el 31 de diciembre de 2019 y comenzaron a recibir mensajes en su teléfono: se había detectado un conjunto de infecciones de neumonía atípica en Wuhan; China. El sistema de detección de Metabiota estaba en llamas. En los meses siguientes quedaron sepultados bajo cientos de solicitudes de su póliza; ya no para la COVID-19, sino para el próximo brote. Ahora su desafío es el volumen del negocio: tomar una póliza que iba a hacerse a medida de cada cliente y convertirla en un producto que se pueda vender a varios a la vez.

En la actualidad, todos los paquetes de rescate salen de los impuestos que pagan los ciudadanos. Cuánto riesgo podría tomar el sector privado? Es de esperar que alguien pueda decir que no sería de al menos de 5% a 10%. Y 5% de los USD 2 billones que se han gastado hasta el momento sólo en los Estados Unidos equivalen a USD 100.000 millones.

Hoy con los números sobre la mesa; queda claro que era mejor tomarse el remedio que atravesar la enfermedad. Nunca más literal esta frase de hecho; éste seguro muchos bancos en el futuro podrían requerirlo antes de hacer un préstamo a industrias como las aerolíneas o la hotelería. Aunque también habría que determinar si la demanda no lograría superar incluso la capacidad de los reaseguradores y otros inversores. Así y todo el impacto sería mucho más tolerable. Todos estos acontecimientos y datos nos obligan a reflexionar sobre la lección aprendida a los golpes y porrazos (si es que hemos tomado debido registro de los hechos y somos capaces de procesarlos en post de mejorar desde todos los aspectos): es muy duro vernos en el espejo del futuro pensando en términos negativos y asumiendo sus costos. Se nos ha enseñado a planificar para sentirnos activos y vitales, pero no se nos recordó contemplar el contrapeso negativo que implica cada una de esas decisiones y caminos que tomamos y que indefectiblemente conllevan.

De aquí en más la planificación y presupuestación tanto en nuestras vidas cotidianas como en los ámbitos empresariales deberá observar el delgado pero necesario equilibrio entre las ganancias que importa emprender cualquier actividad con la necesidad de cubrir los costos no sólo comerciales. También los costos humanos importan; que si bien se encuentran entrelazados sin lugar a dudas, no pueden menos que considerarse ante la necesidad de establecer pautas económicas claras; lógicas y posibles. No descartar ningún tipo de posibilidad por muy estrafalaria que parezca. Y si mañana Buenos Aires sufriera un tornado? Sería tan loco de imaginar o el cambio climático lo convierte en un suceso mucho más tangible? Qué habitante de la Ciudad de Buenos Aires o empresa contrataría una póliza de este tipo? Para que ingresar en un gasto tan absurdo? Cual sería la relación costo beneficio? A lo cual yo contesto: Alguien hizo un estudio ambiental en la Ciudad para medir el impacto del calentamiento global?

O sólo yo me he dado cuenta que el clima porteño no es igual al de hace veinte; treinta o mucho más tiempo atrás?

Las lecciones aprendidas no son tiempo perdido. Representan la mejor inversión que cualquier individuo o institución puedan realizar y a pesar de ello no cotiza en Bolsa: la experiencia; el mejor valor que capitaliza enormes ganancias a futuro.

Olga Mariela Januszewski

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