Por qué Bolsonaro no es un claro representante del liberalismo

Bolsonaro y la cuestión liberal.

Jair Bolsonaro ha sido la alternativa elegida el último domingo por casi la mitad del pueblo brasilero para ocupar el sillón presidencial a partir del año próximo. Su oposición al socialismo PTista y sus propuestas de liberalización económica lo han colocado también como la opción favorita de muchos liberales, tanto en Brasil como en el resto de la región. Sin embargo, esta categorización no ha quedado exenta de debate: ¿puede admitirse que un personaje considerado por muchos como un neo-fascista sea catalogado como liberal? ¿es posible separar sus ideas en el plano económico de aquellas en materia política, social y civil?

En primer lugar, repasemos el contexto en el cual el paulista logró obtener más del 46% de los votos. Las elecciones del último domingo marcan un capítulo más en la historia iniciada hace ya algunos años con la salida a la luz del Lavajato. El escándalo de corrupción más grande en la historia de Brasil desencadenó un proceso de aguda inestabilidad política y económica que continúa hasta hoy.

El diagnóstico más aceptado sobre la victoria de Bolsonaro es que supo canalizar exitosamente las impetuosas demandas de la sociedad brasilera en materia de seguridad y de corrupción. El PT, señalado por gran parte de la población como incapaz de dar respuesta a estos reclamos, espera un milagro que le permita dar vuelta una elección casi perdida. De este modo, el espacio de Lula se suma a la larga lista de partidos progresistas de la región que no han sabido o no han querido integrar a sus plataformas propuestas concretas y reales tendientes a disminuir la corrupción y la inseguridad. Reclamos burgueses aparentemente poco legítimos para la centro-izquierda revolucionaria latinoamericana.

Ahora bien, volviendo al interrogante inicial, es válido hacerse la pregunta ¿es Bolsonaro efectivamente un neo-fascista? En las últimas semanas se han reproducido hasta el hartazgo frases suyas donde destila su intolerancia hacia los homosexuales, los negros, los indígenas, y demás minorías sociales. El ascendente movimiento feminista también fue blanco de sus críticas. Esta clase de discurso, no es novedad, contrasta llamativamente con el avance en materia de derechos civiles que los distintos grupos minoritarios han sabido conquistar en prácticamente todo Occidente durante los últimos años.

Habría quien podría decir que sus valores reaccionarios están sujetos exclusivamente a la esfera de sus vinculaciones y preferencias privadas, y que su encuadramiento político no puede ser definido por sus apreciaciones morales personales. Sin embargo, es precisamente la manera en la cual Bolsonaro entiende al individuo y a la sociedad, lo que lo ubica en las antípodas de la doctrina liberal y lo acerca de hecho a una identidad política propia del fascismo.

«Vamos a hacer un Brasil para las mayorías. Las minorías deben adecuarse o simplemente desaparecerán» decía hace poco más de un año. El fascismo, movimiento surgido en las sociedades empobrecidas de la primera Europa de post-guerra, encuentra su principal axioma ideológico justamente en la premisa de que el conjunto de la sociedad está siempre por encima del individuo. Que la unidad es lo que fortalece, mientras que el disenso y las individualidades aquello que debilitan y que por tanto han de ser erradicadas. El fascismo nace como rechazo a la filosofía liberal, consolidada durante el siglo XIX pero incapaz de dar respuesta a la crisis política y económica de post-guerra.

El liberalismo es sin dudas un movimiento amplio, heterogéneo, que se ha combinado a lo largo de la historia con diversas escuelas que reinterpretan y discuten su significado. No obstante, aquello que posiblemente defina más sustancialmente a la filosofía liberal sea la defensa del individuo como entidad central. La idea de que es el individuo la única fuente de valor moral y que por eso debe tener prioridad por sobre la entidad colectiva. La base misma del liberalismo se funda sobre la concepción iluminista kantiana por la cual el individuo debe ser tratado como un fin en sí mismo. No hay liberalismo sin defensa del individuo.

La concepción social anti-minorías de Bolsonaro atenta contra los principios mismos de la filosofía liberal tradicional. No es posible entonces adjudicar su hostilidad hacia ciertos grupos minoritarios a un rasgo moral privado, ajeno a la esfera política. El entendimiento de las minorías como aquello a suprimir es una postura política en sí misma, y es una ciertamente opuesta al ideario liberal.

Por otro lado, así como el avasallamiento de las minorías debería ser repudiado desde el arco ideológico liberal, sería esperable que lo mismo ocurriese con aquellas expresiones que desafían la existencia misma de las instituciones democráticas. «No voy a aceptar ningún otro resultado que no sea mi elección» y «(si fuera presidente) daría un golpe ese mismo día. (El Congreso) no funciona» son algunas declaraciones del evangélico que dejan en evidencia su concepción política fuertemente anti-democrática.

La democracia liberal es el arreglo que las sociedades occidentales modernas han encontrado para garantizar (con mayor o menor éxito) la defensa de los derechos y libertades individuales. No existe liberalismo sin democracia. Como tal, no puede pasarse por alto que este tipo de expresiones son nada menos que un ataque a la doctrina liberal en sí misma.

La historia nos demuestra que las sociedades que combinaron crisis económicas y políticas, avasallamientos sobre las minorías y desprecio por las instituciones constitucionales democráticas han sido caldo de cultivo para el surgimiento de líderes despóticos que protagonizaron algunos de los sucesos más oscuros que haya atravesado la humanidad.

La defensa acérrima que ciertos sectores liberales en nuestro país hacen de Bolsonaro pone en evidencia su incapacidad para dimensionar los riesgos que un líder político autoritario y colectivista puede encarnar. Bolsonaro es colectivista en el sentido más amplio del término, en tanto coloca a la entidad colectiva (las mayorías) como autoridad moral superior de las minorías. Su plan económico de reducción del Estado y de liberalización de mercados, garantizado por el potencial nombramiento de Paulo Guedes en la cartera de economía, debe ser celebrado y tomado como ejemplo para nuestro país y la región. Pero para nada deshace sus rasgos políticos anti-liberales.

Es comprensible que haya sectores hacia adentro del liberalismo que por visión estratégica prefieran un triunfo del exmilitar por sobre el candidato de Lula. También aquellos que consideren que su retórica polémica y desafiante sea nada más que eso, un discurso, y que prioricen su plan de liberalización económica.

Todas las visiones son válidas. Sin embargo, lo más apropiado sería tener la capacidad y la madurez para matizar ese apoyo, siendo conscientes de las contradicciones que su figura pueda generar. Reconocer que las alternativas políticas que se generan en contextos de alta polarización tienden a la radicalización, la cual nunca se ha llevado bien con los procesos democráticos exitosos. Y por sobre todas las cosas, no permitir que su propuesta económica liberal invisibilice los riesgos que conlleva el ascenso de un líder autoritario. Reversionando a un antiguo presidente de los Estados Unidos: «Es el individuo, estúpido».

Tomás Santolin

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