To be or not to be: Dilemas en la Infectadura

Corrían los años desde 1600 en adelante y un atribulado William Shakespeare sorteaba las trampas del mecenazgo situando sus tragedias en lejanos territorios; así el romance fallido sucede en Verona, el judío es de Venecia y la venganza tiene sed en Dinamarca, donde algo huele a podrido.

Dicen que el género dramático está escrito para ser representado y en ese sentido, el monólogo no es una voz escuchada sino una experiencia compartida, entonces el príncipe Hamlet se debate:

To be or not to be…

El verbo en su inglés original equivale a SER y a ESTAR, por lo cual no podemos reducir o acotar la genial ambigüedad del término que abre un abanico de sentidos, porque saber quien sos tiene que ver con donde estás. No por tu origen ni por el lugar que los demás tratan de imponerte… dónde elegís posicionarte, ser o no ser es preguntarte por el sentido de tu existencia.

Años de globalización no nos han descarnado, seguimos con los pies en el fango tratando de burlar las triquiñuelas que pretenden encasillarnos, meternos en una grieta más grande que el Cañón del Colca, plantarnos en una de las dos orillas, sin retorno posible, sin puentes para cruzar. Pero el Cañón puede ser cruzado porque el fondo está seco, y en la otra orilla, como en un espejo, seguiremos lamentablemente viendo la Patria partida al medio, la raja que nos divide. La palabra, enmascarada en una ideología estática, aparenta ser la mínima expresión de lo que necesitamos transitar. La palabra acotada nos empuja en el pogo, nos envuelve en la masa, despersonaliza, nos aleja del ejercicio del pensamiento que siempre incluye cuestionarla.

Pero si somos inteligentes, vamos a usar la palabra en polifonía, en la plenitud de sus sentidos, no dejemos que ningún grupo ostente posesión de los símbolos ni de los conceptos, nos preguntemos todo el tiempo, como Hamlet:

«¿Será más noble para nuestro espíritu sufrir los golpes y los dardos de la oprobiosa fortuna o, mas bien, tomar las armas frente a un océano de males y, al enfrentarlos, acabar con ellos?«

La batalla cultural es imprescindible, impostergable, una deuda que tenemos con la sociedad quienes creemos en las instituciones. Tomar las armas para dar la batalla no es combatir contra personas sino contra un océano de males.

En nuestro terruño las anécdotas se suceden a ritmo de vértigo y, en ese huracán, la mayoría de los actores sociales (incluidos los resultados de la politización de la farándula, contracara de la farandulización de la política) tienden a usar la cubetera y creer que todos somos líquidos a verter y congelar.

Así, cuando la vicepresidente toma ventajas respecto de su situación judicial, lo hace inmersa en la enorme corrupción que desde las pantallas, en permanente sucesión llama al olvido, porque el Iguazú se hizo catarata.

La mal llamada oposición (ante la necesidad de un término que englobe) está compuesta por los que no gobiernan pero también por quienes gobiernan en minorías, que hoy, ante la batalla cultural que se tornó urgente, no da certeza ni énfasis a su discurso ni resuelve sus internas partidarias. Por eso solemos personalizar y algunos permiten que los encasillen. Está mal. Somos lo que decimos y lo que hacemos, siendo y estando, porque no se puede salir del pantano sin embarrarnos los pies.

Ya estamos en el barro, argentinos, en ambas orillas no hay halcones ni palomas, funcionarios que no funcionan y funcionales al régimen, hay barro en los pies y la diferencia está, entonces, en el grado de sometimiento o complicidad.

Al decir del joven Hamlet…

«¿Quién aguantaría los ultrajes y sarcasmos del tiempo, la brutalidad del opresor, las injurias del soberbio, las congojas del amor desdeñado, la lentitud de la Ley, las insolencias del poder, las vejaciones de los indignos a los hombres de mérito…«

Vemos que se hace leña incluso antes de que caiga el árbol, que se denosta gratuitamente a cualquiera que no sea fiel adherente y caiga obnubilado ante el kirchnerismo como Shakira: “Bruta, ciega, sordomuda, torpe, traste y testaruda, es todo lo que he sido, por ti me he convertido en una cosa que no hace otra cosa más que amarte…

Werner Jaeger explicó el ideal de la cultura griega, una de las madres de la sociedad occidental en que vivimos, destacando que la educación despierta el sentimiento del deber frente al ideal. Por eso los que estemos dispuestos a dar la batalla cultural somos muchos y vamos por las ideas. Vamos por la educación, el mérito, la cultura del esfuerzo debidamente compensado, la Ley.

Campo+Ciudad tomó entre sus manos a una frágil criatura y lo alimenta cotidianamente, crece y crece. Su denominación tiene que ver con los espacios y también con modos de vida, con situarse desde las ideas en lugar de orillarse en un margen de la grieta.

Es una falacia hablar de conceptos líquidos, de autopercepciones variables en el sentido de imponer a la sociedad una falsa fragilidad de ideas. Un concepto es una idea y si varía, su denominación tiene que hacerlo también para dar certezas. Desde nuestras certezas, podemos evolucionar y por eso Campo+Ciudad no se define apoyando personas ni oponiéndose a un Gobierno sino a medidas injustas, destructivas.

La idea es apoyar principios justos, medidas asertivas, para salir del dilema que nos separa entre blanco y negro, civilización o barbarie, ciudad o campo.

Ser es ser percibido”, enunciaba Berkeley como principio del empirismo, que defiende a la experiencia como base del conocimiento. Por eso en las marchas se invita a llevar carteles tan drásticos junto a la bandera argentina y hay un rechazo generalizado a quedar atrapados, reducidos a un partido político, bajo la sombra cuando otros capitalizan una marcha a la cual no convocan.

Los que marchamos no aceptamos, a pesar de tener nuestro corazoncito, que los demás nos cataloguen en algún lugar y en ese sentido tomamos como ejemplo a Campo+Ciudad porque no permiten ese encasillamiento.

No ser el cubito de hielo de ninguna cubetera. No ser líquidos fluyendo por donde el terreno lo guía.

El intento de reducir la vida política al área partidaria, nos obliga todo el tiempo a definirnos. ¿Conformamos al resto, nos sumamos a un equipo o nos plantamos en nuestros ideales, aunque no conformemos a nadie?

Basta de abusos, de exigirnos ser Shakira.

El referente de Campo+Ciudad Pablo Demarchi lo puso en palabras certeras: “Hay mucho abuso desde los dos bandos. Hay que tener mucho cuidado con no quedar atrapado en las casillas donde nos encajan los demás”.

Campo+Ciudad se opone, entonces, a medidas de este gobierno, “porque, lisa y llanamente, este gobierno se opone a todo lo que declaramos como nuestros principios. Podríamos oponernos igualmente a cualquier otro gobierno que haga lo mismo, y podemos estar en contra de esas medidas sin por eso casarnos con ningún espacio político opositor”.

Marcela Zadoff
Lic. en Letras Modernas de la Universidad Nacional de Córdoba. Redactora. Editora. Experta en Comunicación Institucional

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