Unión Europea, un proyecto liberal

En los últimos días, y tras el comienzo de la salida del Reino Unido de la Unión Europea (proceso que llevará 11 meses según lo establecido, aunque muchos creen que no se logrará en ese período), se ha visto a muchas personas defender el Brexit aduciendo que Gran Bretaña ahora tendrá “libertad de hacer lo que le plazca” o que “se libera de la Unión Europea”, o incluso que “su economía va a crecer exponencialmente”. Si se observa la red social del pajarito, innumerable cantidad de liberales festejan por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Y al ver sus mensajes, todos son de claro corte economicista (aunque muchos, sin fundamentos técnicos).

Lo que sí es llamativo, es que quienes se autodenominen liberales, piensen solamente en el liberalismo en términos económicos. El liberalismo no sólo es libertad de mercados, sino también defensa de las libertades individuales, de la Constitución, de la República, de las instituciones, de la democracia y de la paz. El liberalismo entiende que, a través del comercio, se logra la paz, porque es el comercio el que civiliza y genera intercambios (además de monetarios) culturales, y esto produce el mantenimiento de buenas relaciones entre diferentes partes, por intereses particulares.

Muchos creen que la Unión Europea es algo dado, que es una institución que “encorseta” a los Estados miembro y que limita su capacidad de acción, pero pocos conocen el porqué de la Unión Europea. Y para saber el porqué, hay que conocer una historia muy pintoresca, la historia de Jean Monnet (probablemente, una de las historias menos conocidas en Sudamérica, pero muy conocida en Europa y Estados Unidos. Tan conocida que, John F. Kennedy comentó alguna vez que, por medio de una sola idea constructiva, Jean Monnet había hecho más por unificar Europa en veinte años que todos los conquistadores en mil).

Jean Monnet nació en Cognac (costa norte de Francia), en 1888, en el seno de una familia de comerciantes y productores de cognac (Monnet&Co) que vendían a granel por la región canadiense de los Grandes Lagos y los países nórdicos.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Monnet concibe una idea audaz que sólo confía al abogado de la familia, Fernand Bennon, que también era abogado personal del presidente del Consejo de Ministros francés, entonces René Viviani. El paisano de Cognac atraviesa el país para llegar a Burdeos, a donde se ha replegado el Gobierno. Viviani recibe al joven con un “parece caballero que tiene proyectos interesantes para contar, le escucho”.

Inmediatamente después de la conversación, Monnet es enviado a Londres, sede del Gobierno aliado, al Servicio de Avituallamiento Civil, para el que redacta un Memorando donde detalla la dramática situación que se vivía en el frente de batalla, por la falta de alimentos. Así, Monnet diseñó un único programa de compras, realizado por un órgano central franco-británico. Básicamente, una gestión común de todos los fletes, haciendo las compras y pagos en común; intercambio permanente de la información militar, hasta entonces bajo celoso secreto nacional, sobre los problemas de transporte y avituallamiento, así como un precio único y cuando se impusieran restricciones en los abastos, reparto de forma proporcional según cada país.

A los 26 años y poco más, había puesto en marcha una primera plataforma, la más pequeña de las futuras “comunidades europeas”, para desarrollar la cooperación económica entre países muy distintos y reticentes cada uno del otro.

Desde 1938, en que los vientos de guerra volvieron a soplar sobre Europa, Monnet supo hacerse indispensable de nuevo. Comenzó a maquinar cómo se defendería Francia en caso de una invasión nazi. Redactó un informe sobre la necesidad de establecer una industria aeronaútica en el extranjero, lejos del alcance enemigo. El primer ministro Eduard Daladier podía compartir ese objetivo, así que Monnet movió cielo y tierra para ser invitado a una cena en la que el político estaba presente. Poco después se le encargó una misión secreta: ir a visitar al presidente Roosevelt para comprar aviones. Así comenzó una segunda carrera en el Consejo Superior Aliado de Guerra. Un año después, Daladier propondría a su ministro de Defensa que “un francés que es amigo de Roosevelt” se ocupara de las compras de los aliados en el extranjero.

Ya en los más pacíficos 50, Monnet, figura pública respetada en su país, vio una ventana de oportunidad para las sempiternas malas relaciones de Francia y Alemania. Buscó al hombre con poder para realizar su proyecto: el Jefe de Gabinete de Robert Schuman, ministro francés de Asuntos Exteriores, que estaba particularmente abrumado con las presiones americanas e inglesas para rearmar Alemania occidental ante la URSS.

“¿Podría leer este papel de Monnet el fin de semana?”, dijo al ministro cuando le despedía en la estación de tren. Era la gran oportunidad para sacar adelante su visión de la integración europea, poniendo bajo una autoridad supranacional la industria del carbón y del acero de los dos países. De esta forma la guerra sería reemplazada por la cooperación económica.

El lunes siguiente, Schumann comentó “lo he leído, estoy de acuerdo”. Un mes después, desde el salón del Reloj del Ministerio pronunciaría radiada la histórica Declaración Schuman, que llevará para siempre su nombre y no, por cierto, el de Monnet.

Así, Monnet fue un ciudadano francés que sirvió a su gobierno, como al gobierno británico y al americano.

Esta breve historia, de una persona poco conocida (pero tremendamente importante) para el mundo, es una demostración de cómo el comercio puede unir a las personas y a los Estados, y que fue particularmente la misma persona que allá por la Primera Guerra Mundial logró abastecer de comida a los aliados para continuar en batalla, la que luego organizara las compras bélicas de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, y que luego se encargara de evitar posibles nuevos conflictos bélicos entre Francia y Alemania (conflictos eternos por las tierras de Alsacia y Lorena, que podrían haber llevado a una nueva guerra) centrándose en lo que une a las sociedades civilizadas, el comercio. Y es esa idea de Monnet la que generó la Comunidad Económica del Carbón y del Acero, piedra basal de la Unión Europea.

Así, es posible ver que, si bien la UE tiende a ser hiperreguladora, la intención de la UE no es otra que la de esparcir la democracia y mantener la paz en Europa, por medio del comercio. Y eso, también, es liberalismo.

Sorprende cuando se lee a liberales festejar el Brexit, cuando en verdad se debería estar triste por ello. La pertenencia del Reino Unido (segunda potencia económica dentro de la UE) a la Unión Europea aseguraba paz, atraía inversiones, fomentaba el comercio y el intercambio cultural y educativo (por los convenios estudiantiles y la libre movilidad de las personas).

La partida del Reino Unido de la Gran Bretaña de la Unión Europea no deja más que incertidumbre para el futuro. Incertidumbre en términos económicos, términos políticos y de seguridad. Un nuevo mundo se está configurando, y aquel proyecto liberal que fue la UE, puede sufrir si no reacciona de inmediato.

Antonio Fratamico

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